Echarle la culpa al empedrado
A lo largo de esta Semana Santa hemos visto como las cifras de muertos en las carreteras han ido aumentando paulatinamente hasta llegar a un nivel alarmante: 106 fallecidos. Son cuatro menos que el año pasado. Una diferencia mínima que nos hace reflexionar no ya sobre el permiso de conducir por puntos, sino sobre la utilidad de todas las medidas aplicadas hasta la fecha. Ninguna de las iniciativas adoptadas los últimos años por la DGT ha sido realmente efectiva. Quizás sobre el papel sean eficaces, pero llevarlas a la prácticas es complicado. Requieren mucho personal y por tanto dinero. Y claro, todo tiene un límite.
O casi todo. Parece que la imprudencia de los conductores no lo tiene. El 40% de los muertos en accidente durante la operación de Semana Santa no llevaba puesto el cinturón de seguridad. ¿Qué medida más se puede tomar ante este dato? También un gran porcentaje de accidentados circulaban a una velocidad superior a la permitida en esa vía. Las cifras son verdaderamente sorprendentes.
Desde algunas asociaciones de automovilistas se achaca parte de los siniestros al mal estado de algunas calzadas. Es cierto. Según la DGT, la mayoría de los accidentes se producen en carreteras secundarias, donde a menudo el firme está en mal estado, las curvas no tienen apenas visibilidad y la señalización es deficiente. Pero también es verdad que el conductor debe estar formado para conducir bajo cualquier condición. En la autoescuela nos enseñan que tenemos que adecuar nuestro modo de conducción al estado de la vía sin que, en caso de accidente, pueda sirva como excusa el mal estado de la carretera.
¿Arreglar las carreteras reduciría el número de muertes? Rotundamente sí, pero también lo haría un mayor sentido común de los conductores. ¿Qué es más fácil de conseguir? No creo que la respuesta sea sencilla.