Osetia del Sur y la pasividad occidental
Es muy lamentable que, parafraseando a Celtas Cortos, «hagamos turismo invadiendo un país», o mejor dicho mientras otros lo invaden. Los informativos abren sus ediciones con nombres de países y territorios exóticos para nosotros como Georgia, Abjasia, Osetia del Sur y otras similares. Algunos de ellos nos suenan casi a la Tierra Media de Tolkien, pero por desgracia son zonas del mundo reales y en casi permanente conflicto.
El Caúcaso ha sido, desde antes incluso de la desmembración de la Unión Soviética, fuente de guerras y disputas. La fuerte personalidad e indentidad cultural de Georgia o de Armenia, con lenguas, alfabetos e incluso variantes religiosas propias, las hicieron recelar desde siempre del poder de Moscú. Con la caída del bloque comunista, muchas de estas repúblicas consiguieron su independencia de la metrópoli.
Pero la Gran Rusia, de capa caída durante los años noventa, ha resurgido con Vladimir Putin en el poder. Desde hace unos años ha intentado imponerse, si no sobre la soberanía de muchos de estos nuevos países, sí sobre sus recursos estratégicos. No es casualidad que por Georgia pase el único oleoducto hacia Europa que no controla Rusia. Recordemos los tiras y aflojas entre ésta y Ucrania por estos conductos de gas y petróleo.
En una maniobra nada discreta e indisimuladamente torpe, Rusia ha invadido violentamente el país con la excusa de defender a los rusos que viven en la región georgiana de Osetia del Sur. Desconozco hasta donde ha llegado el ejército ni la situación actual del conflicto, pero posiblemente nos olvidemos pronto de él. Se cerrará en falso y los informativos orientarán sus cámaras y micrófonos a cualquier otra parte del mundo, pero Rusia habrá demostrado su poder, habrá enseñado los dientes no sólo a los georgianos, sino a toda la comunidad occidental, que por cierto, ONU incluida, ha permanecido vergonzosamente pasiva en este tema.