La Obra Social de Caja España nos ofrece otro interesante ciclo de cine. Será entre el lunes 15 y el jueves 18 a las 20.15 en el Centro Cultural ‘La Marina’. En esta ocasión está dedicado a Eric Rohmer, que ya sabéis que es uno de mis directores favoritos. Concretamente son cuatro películas que se centran en la década de los ochenta, una etapa que quizás no sea la mejor del autor. Aún así, algunos de los films que se proyectarán son bastante interesantes, como ‘El Rayo Verde’ (16 de enero) y ‘Pauline en la Playa’ (18 de enero). El resto de películas son ‘Las Noches de la Luna Llena’ (15 de enero) y ‘La Buena Boda’ (17 de enero). Aunque ya las he visto todas (algunas varias veces), nunca está mal verlas en pantalla grande y en versión original subtitulada que es como deben verse.
Ya casi no nos acordamos, pero el DVD tuvo un antecesor hace años. Se trata del laserdisc, un invento pensado para convertirse en el nuevo estándar para la industria, pero que no consiguió hacerse con un hueco en el mercado, copado hasta el momento por el VHS. Sin embargo hasta que no surgió el DVD, se podían alquilar películas en laserdisc en casi cualquier videoclub.
La historia de este formato fue larga, tortuosa y muy desconocida. Sus orígenes se remontan a finales de los años cincuenta y hay que atribuírselo a David Paul Gregg, un ingeniero de la Gauss Electrophysics, quien lo bautizó como videodisco. Este formato nunca llegó a comercializarse, pero sirvió de punto de partida para otros desarrollos más perfeccionados. En 1969, la compañía Philips, presento una nueva evolución del videodisco. El proyecto fue abandonado por Philips, pero no por la MCA, que años antes había comprado la pequeña compañía donde trabajaba Gregg. En 1978, MCA lanzó comercialmente el invento con el nombre de DiscoVision, sin gran repercusión. Pioneer lanzó también su propio videodisco bajo el nombre de Laser Videodisc aquel mismo año. Hasta 1981 no se utilizó el nombre de Laserdisc para designar a estos nuevo discos ópticos de video. Vivió su mayor apogeo durante los años ochenta y principios de los noventa, justo antes de la irrupción de los nuevos formatos digitales. En 2000 se publicaron los últimos títulos en laserdisc.
Los discos laserdisc contienen información grabada analógicamente mediante microsurcos, similar a los discos de vinilo, pero sobre material reflectante, de forma que pudieran leerse con un cabezal láser. Su diámetro es de 30 centímetros, muy parecido a los discos tradicionales. Cuentan con dos caras. En el mejor de los casos podía almacenarse una hora de vídeo analógico por cada cara. Por supuesto la calidad de la imagen era muy superior al VHS (su resolución era casi el doble) y el sonido no tenía comparación, pudiendo almacenarlo en Dolby Digital. Para la época fue un gran avance, pero los precios prohibitivos de los reproductores y de los discos, unido su tamaño y a la imposibilidad de grabarlos en aparatos domésticos hizo que el sistema no tuviera (al menos en Europa y América) la aceptación que hubiera merecido.
El laserdisc quedó eclipsado por la aparición, a principios de los noventa, de los VideoCD y definitivamente sepultado por el DVD a finales de esa misma década. Hoy no es más que una curiosidad, un cadáver más de los que el vertiginoso ritmo de la tecnología va dejando por el camino.
No tenía ni idea. Cuando leí la noticia de que Morrissey, el ex-líder del legendario grupo The Smiths, se había ofrecido a representar al Reino Unido en el Festival de Eurovisión. Al parecer, la historia viene del año pasado, cuando hizo algunos comentarios en un tono irónico sobre su presencia en el próximo festival de la canción europea. Pues la BBC le ha tomado la palabra y ha establecido contactos con el músico para llegar a un posible acuerdo. Yo personalmente me tomo la noticia con mucha cautela, porque puede ser un simple golpe de efecto que se convierta en humo. Si al final se confirmara, sería algo insólito en los más de cincuenta años del festival, tradicionalmente destinado a participantes noveles poco conocidos.
Eurovisión, que durante los años ochenta y noventa llegó a estar bajo mínimos, ha recuperado en esta década parte de la popularidad perdida. La incorporación de grandes estrellas de la música transformaría el certamen en un gran evento. Pero… ¿tenemos nosotros un Morrissey? Me he hecho esta pregunta varias veces y no he encontrado una respuesta.
Steven Patrick Morrissey formó parte de la banda de culto The Smiths entre 1982 y 1987. En esos cinco años se labró una carrera impresionante y es considerado uno de mejores y más influyentes grupos de los ochenta, tanto para el mundo independiente como para el stablishment. Su carrera en solitario ha sido más discreta, aunque nunca ha dejado de ser brillante. Sus letras repletas de ironía y amargura son modelos a seguir por las generaciones que le han seguido.
¿Tenemos a alguien así en España? Podrían barajarse algunos nombres: Jaime Urrutia, de Gabinete Caligari, el maltrecho Antonio Vega, Josele Santiago, ex-Enemigos, Manolo García o… ¡Sr. Chinarro!. Sería interesante ver a alguno de estos clásicos nacionales cantando en Eurovisión. Pero me temo que eso no va a ocurrir nunca.
Es verdad que es mucho más importante el contenido que el continente. Eso es cierto, y quizás en el mundo de las aplicaciones informáticas lo sea más todavía. De nada sirve un bonito interfaz si el programa no cumple con su cometido. Pero cada vez más, una buena aplicación necesita un «envoltorio» atractivo y usable. Dentro de toda esa mercadotecnia el nombre es muy importante. Es lo primero que vemos, lo primero que conocemos, mucho antes de utilizarlo. Todos sabemos que el nuevo Windows se llama Vista, aunque muy pocos se han puesto frente a él.
A lo largo de la historia de la informática han aparecido y desaparecido miles de aplicaciones. Algunos de sus nombres se han quedado ya para la posteridad. Precisamente sobre los nombres se me ha ocurrido hacer un inventario sobre los nombres de aplicaciones más originales, ocurrentes o ingeniosas de la historia del software. Ahí va la lista:
Maya. Quizás el mejor de todos. Para quien no lo sepa, Maya es una aplicación profesional para la realización de gráficos tridimensionales. El nombre proviene de un concepto filosófico hinduista literalmente traducido como «lo que no es», «ilusión», «lo que no es real». Un poco rebuscado, pero muy elegante.
Sherlock. El famoso detective creado por Arthur Conan Doyle pone nombre al buscador de archivos del sistema operativo MacOS.
Dr. Watson. Una de las aplicaciones más desconocidas de Windows. En teoría es un diagnosticador de problemas del sistema operativo, aunque siempre que lo ejecuté me decía que todo iba bien, aunque el sistema se estuviera cayendo a trozos.
Norton Commander («Comandante Norton«). La españolización del nombre de esta aplicación es mucho mejor que el original. Se trataba de un muy popular navegador de archivos en los tiempos del MS-DOS. Dado el éxito que tuvo, pronto se lanzaron nuevas aplicaciones para el mantenimiento del sistema (Las famosas Utilidades Norton).
Safari. ¿Qué mejor forma de moverse por internet que en un Safari, sobre todo cuando los sistemas operativos de Apple se llaman Puma, Jaguar, Tiger, Panther o Leopard?
Sketchup. El programa para crear fácilmente dibujos tridimensionales (y recientemente comprado por Google para usarlo en Google Earth) tiene un nombre muy hábil, mezcla de sketch (dibujo) y ketchup.
Apache. ¿A quién se le puede ocurrir llamar Apache a un servidor web?. Quizás no lo sepáis, pero la red está llena de «Apaches». Sin ellos, internet probablemente no funcionaría.
Movable Type. Es un juego de palabras en inglés entre el «movable type» que son los tipos de imprenta utilizados antiguamente y el concepto de «escritura móvil» por la libertad de poder escribir en cualquier parte. El software para la creación de contenidos web, especialmente bitácoras, fue el rey del mambo durante los primeros años «bloggers».
eDonkey. Un burro electrónico para descargar de la red todo lo que quieras. El popular cliente para redes p2p que derivó en el no menos original nombre de eMule (mula electrónica).
Si se os ocurre algún otro nombre, podéis dejarlo en los comentarios.
Ayer, David Bowie cumplió 60 años. Y más de 40 años de carrera le contemplan. Desde que en 1967 publicara su primer y desconocido disco homónimo hasta hoy día, Bowie ha revolucionado el pop y el rock, ha inventado géneros y convirtió sus conciertos en espectáculos. Pero sobre todo ha sabido combinar una aparente frivolidad con un talento y una seriedad indiscutible. El «camaleón del rock» se ha reinventado y adaptado a todas las épocas por las que ha pasado. Ha sido extraterrestre, ser de sexo indescifrable, robot y hombre de negocios.
Decir más sobre David Bowie es en vano, hay que escuchar su música y leer sus biografías para conocer toda la dimensión del personaje. Yo por mi parte he escuchado de nuevo el magnífico recopilatorio ‘The Singles Collection’ (EMI, 1993) que recoge algunos de sus mejores temas y por supuesto de la historia del pop-rock. ‘Space Oddity’ (1969), ‘Changes’ (1972) utilizada hasta la saciedad, con variantes, en diversos anuncios publicitarios, ‘Starman’ (1972), ‘Ziggy Stardust’ (1972), ‘Life on Mars?’ (1973), ‘Rebel Rebel’ (1974), ‘Heroes’ (1977), ‘Ashes to Ashes’ (1980) o ‘Let’s Dance’ (1982) son algunas de las joyas que este excéntrico pero inteligente músico ha dejado para la posteridad.
La influencia de Bowie en sus contemporáneos y en los que vinieron después es enorme. Todo el movimiento glam le debe la estética y la actitud y es uno de los padrinos espirituales del brit-pop. No hay más que escuchar a Suede para darse cuenta.
Lejos de retirarse, Bowie sigue experimentando con sonidos, aunque quizás sin la genialidad de otros tiempos. Sin embargo, sus últimos trabajos no son nada despreciables y conservan toda la esencia que el músico británico sabe imprimir a todo lo que hace. Así son los clásicos, siempre modernos.
Hace unos días me metí a instalar Ubuntu bajo Windows con VMWare, un software de virtualización bastante bueno. Hoy he tenido la oportunidad de volver a probarlo con Mac OS X 10.4.1 Tiger para Intel y lo cierto es que me ha sorprendido para bien. Sinceramente no pensaba que llegara a funcionar.
Creé una nueva máquina virtual de tipo FreeBSD (el BSD es el «corazón» del sistema operativo de Apple) y un disco duro de 8 Gb. Nada más comenzar la instalación, el propio sistema tiene una aplicación para crear una partición MacOS, todo ello muy intuitivo. La instalación en sí es algo pesada. En el equipo en el que lo hice (un Pentium 4 a 2,5 GHz con 512 Mb de RAM y 64 Mb de gráfica) tardó casi una hora en completarla. Después, durante la configuración del equipo (nombre de usuario, hora local, red) se me colgó. Salir de VMWare no fue suficiente, así que tuve que reiniciar el ordenador. A la segunda vez completé la configuración sin problemas, aunque justo antes de arrancar por primera vez se me volvió a colgar. De nuevo tuve que dar un «botonazo». Pero por fin (a la tercera va la vencida) vi MacOS X Tiger virtualizado.
La primera impresión es que el sistema iba mucho más fluido de lo que esperaba. No estaba sobrado, porque a veces tardaba en responder, pero los efectos visuales no se veían nada ralentizados. Aún no he conseguido hacer funcionar la red ni la tarjeta de sonido. De todos modos, mi instalación es puramente experimental y no creo que pueda ser útil para uso cotidiano. En el vídeo que he colgado en YouTube puede verse el sistema en acción.
En definitiva, un nuevo mito (o reto) ha caído. Quizás ahora el objetivo sea instalarlo sin VMWare. En teoría es posible, aunque todos los intentos hasta la fecha han resultado inútiles.
De nuevo los hermanos Luc y Jean-Pierre Dardenne vuelven a colocar a sus personajes en un dilema moral, un peligroso equilibro en el que a un lado está la supervivencia y al otro la legalidad. De nuevo volvemos a ver la cara más desfavorecida de la «rica Europa», la que lucha en un submundo con normas borrosas y conciencias permisivas, todo en aras de poder comer todos los días. Cuando el entramado social de un Estado no funciona, sólo queda la búsqueda de un futuro a cualquier precio.
‘La Promesa’ fue producida en 1996 y se trata de la segunda obra de este peculiar tándem belga de los Dardenne. Me ha resultado una especie de prólogo a ‘Rosetta’, su siguiente película y con la que comparte forma y fondo. Ambas son dramas familiares en los bajos fondos de Seraing (donde se desarrollan también otras obras suyas como ya vimos en ‘El Niño’), en lugares difíciles y en situaciones extremas. Ambas están filmadas cámara en mano, sin concesiones al paisaje, sólo hay personajes y problemas que resolver. A veces la realización resulta angustiosa.
El argumento nace con la muerte de un trabajador inmigrante sin papeles, traído a Europa por una pequeña mafia familiar de tráfico de inmigrantes que forman padre (Roger) e hijo (Igor). A partir de ese momento todo serán problemas para ambos y para la mujer e hijo del inmigrante muerto, que no saben que lo está. Roger e Igor intentarán encubrir la muerte para evitar problemas.
‘La Promesa’ obtuvo la Espiga de Oro en 1996 en la SEMINCI de Valladolid.
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