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La bitácora personal de Ricardo Martín
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26 de octubre de 2011

‘Maravillas de la telefotografía’

Los buenos aficionados conocen ya la telefotografía ó sea el arte de hacer fotografías detalladas desde largas distancias.

Así comienza un texto publicado en una revista de curiosidades científicas e históricas llamada ‘Alrededor del Mundo’ [PDF] que pasaría desapercibido si no miráramos la parte superior, donde la fecha dice 24 de mayo de ¡1900!. ¿Y cómo era la telefotografía hace 111 años? Sigamos con el artículo:

El nuevo arte es la aplicación del telescopio a la fotografía. […] La telefotografía está prestando también grandes servicios para fotografiar la vida de los pájaros y de otros animales cuyas costumbres es difícil sorprender de cerca. […] Conocida es igualmente la dificultad de hacer buenas vistas de montañas; estas dificultades han desaparecido con los objetivos nuevos cuyos efectos venimos describiendo y con los cuales se han hecho desde una distancia de 92 kilómetros y medio unas fotografías verdaderamente maravillosas del Mont Blanc. […] Conviene tener en cuenta que los objetivos empleados en estos aparatos hacen desaparecer la distorsión de líneas que siempre resulta en las fotografías de monumentos que se hacen demasiado cerca de ellos; de este modo se obtienen las imágenes con las proporciones debidas.

Lo cierto es que el nombre de «telefotografía» hoy aún se sigue utilizando. Durante un tiempo también se vino usando para designar las experiencias científicas sobre la emisión de imágenes a distancia, precursor de la televisión. No puedo evitar sorprenderme continuamente con la cantidad de publicaciones curiosas, normalmente bajo el término de revista ilustrada, que podían leerse a finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX en España. Sus artículos muchas veces son proféticos –como el que os he traído hoy–, otros son ingenuos y algunos obsoletos, pero nunca está de más asomarse al pasado para tener la perspectiva de saber lo que nos puede deparar el futuro.

12 de octubre de 2011

Grabados románticos de Zamora

Desde hace mucho siempre me ha rondado en la cabeza un antiguo grabado que vi en alguna parte en el que podía verse el Palacio de los Momos de Zamora con un entorno poco reconocible. Aquel curioso dibujo volvió a mí cada cierto tiempo hasta que, por obra de internet, descubrí otras obras de ese mismo autor, con otros monumentos zamoranos y de otras ciudades. Aquel autor era Jenaro Pérez Villaamil, un artista que publicó en la casa londinense Hauser entre 1842 y 1850 treinta y seis cuadernos con el nombre conjunto de ‘España artística y monumental. Vistas y descripción de los sitios y monumentos más notables de España.’ donde recopilaba todos esos paisajes, algunos de ellos ruinosos o idealizados al gusto de los románticos. Villaamil viajó por toda España junto al también paisajista escocés David Roberts, del que aprendió buena parte de la técnica. Roberts había publicado en 1837 sus interesantes grabados en el libro ‘Picturesque Sketches in Spain’, centrándose en el sur de España.

Villaamil y Roberts pasaron por Zamora y dejaron testimonio en sus grabados. Además del ya citado sobre el Palacio de los Momos, existen al menos dos más referidos a exteriores de monumentos de la ciudad, como son el de la iglesia de La Magdalena y el de la fachada sur de la Catedral. También realizó algunos grabados de interiores, por ejemplo el ya referido de la iglesia de La Magdalena. En ‘España Artística y Monumental’ los dibujos estaban coloreados en tonos cálidos (también existen copias en blanco y negro) y está lejos de crear ese ambiente inquietante y tormentoso de los pintores y dibujantes del romanticismo. Aunque no sabemos hasta que punto los paisajes son fieles a la realidad de la época, es de suponer que Villaamil aplicó los gustos de la corriente artística de moda a cada uno de los monumentos retratados.

Aquí os muestro los tres grabados que realizó Villaamil de monumentos zamoranos. Empezamos por el más conocido de todos. Se trata del Palacio de los Momos, hoy situado en la Plaza de Zorrilla, en los primeros metros de la calle de San Torcuato. Como curiosidad puede verse la calle que partía de una de las esquinas del edificio, hoy inexistente, y que la comunicaba con la iglesia de San Vicente (la torre que se ve al fondo):

Continuamos con la Catedral. La fachada sur con la famosa Puerta del Obispo ha sido desde siempre objeto de retrato por parte de fotógrafos y dibujantes. Ya lo vimos en el caso del pionero de la fotografía Charles Clifford. En este caso se trata evidentemente de una idealización, ya que el espacio entre la fachada de la Catedral y el palacio del Obispo es mucho más angosto que lo que se muestra en el grabado:

La iglesia de La Magdalena puede considerarse como uno de los mejores ejemplos del románico zamorano, especialmente su impresionante pórtico. Sin duda Villaamil se dio cuenta de ello y no pudo evitar inmortalizarlo. Mi mirada va directamente al campanario, casi ruinoso, y que hoy se encuentra reconstruido con dudoso gusto:

Todos los grabados de paisajes y monumentos españoles de Villaamil pueden verse a gran resolución en esta página web.

14 de septiembre de 2011

Visita fallida a las Cuevas de Hércules de Toledo

Uno de los problemas de no ir bien informado a un viaje es que nos podemos dejar lugares interesantes por visitar. Algo así ocurrió en nuestra reciente visita a Toledo. Mi intención era ver aquellos lugares más típicos. A saber, la Catedral, el Alcázar, la Casa del Greco, la sinagoga de El Tránsito y un larguísimo etcétera. Como era un viaje relámpago de un solo día, era materialmente imposible verlo todo, así que dedicamos las tres últimas horas a vagar por esas callejuelas menos típicas del casco antiguo, donde no hay turistas y el silencio es casi total.

En cada una de esas calles encontramos algo curioso o al menos digno de ser recordado. Caminamos entre edificios ruinosos, en obras, con ropa tendida bajo las ventanas y las puertas de las casas abiertas de par en par. También bonitos patios absolutamente ocultos y supongo que casi vírgenes para los objetivos de las cámaras fotográficas. Recordé que existe una leyenda (¡hay tantas!) en Toledo acerca de las Cuevas de Hércules. Aunque con casi toda seguridad se trate precisamente de eso, de una leyenda, pensé que merecería la pena acercarse hasta el entorno de la calle de San Ginés, en pleno corazón del montículo sobre el que sitúa la Ciudad Imperial.

Dicha leyenda se entronca con lo más antiguo de la historia de España. Un relato en el que se mezclan cristianos, moros, romanos, visigodos, arqueología bíbllica, tesoros ocultos y maldiciones entre otros ingredientes. Según la entrada que dedica la Wikipedia:

Según la leyenda, Hércules edificó un palacio encantado cerca de Toledo, construido con jade y mármol, y ocultó en su interior las desgracias que amenazaban a España. Puso un candado en la puerta y ordenó que cada nuevo rey añadiera uno, ya que las amenazas se cumplirían el día en que uno de ellos fuera curioso y entrara. Según la leyenda, Don Rodrigo fue ese rey, y del palacio sólo queda la actual cueva que ocultaría maravillosos tesoros, entre ellos la famosa Mesa de Salomón.
En los últimos años, buscadores de tesoros investigan por las cuevas y subterráneos de Toledo, dando por hecho que el verdadero tesoro de los reyes visigodos nunca fue encontrado ni abandonó la capital.

Pero lo cierto es que se desconoce qué parte de realidad contiene dicho relato e, incluso, su ubicación real. Aunque la tradición lo sitúa en el subsuelo del ya citado callejón de San Ginés, nada hace suponer que las cuevas rehabilitadas en 2009 lo sean. Lo único cierto es que el lugar fue habitado desde al menos los tiempos romanos, que construyeron allí un depósito de agua. Con posterioridad, en época visigoda se construyó un templo cristiano, que sirvió de base para erigir otras iglesias en los siglos sucesivos. En 1841 fue demolida debido a su estado de ruina.

Tras pasar por San Ginés y no encontrar rastro de la cueva, comenzamos a caminar por los alrededores, visitamos unas termas romanas en la cercana plaza de Amador de los Ríos y a la salida dimos con la entrada a las cuevas, en el callejón de San Ginés número 3, pero por desgracia ya estaba cerrado. Habíamos pasado cerquísima y no dimos con su ubicación…

Y para terminar, una crónica publicada en el Semanario Pintoresco Español en 1840 sobre las Cuevas de Hércules. Recordemos que hasta el año siguiente no se derribaron los restos de la iglesia de San Ginés. El artículo, firmado por M. Magán, cuenta entre otras cosas lo siguiente:

[…] Su existencia es segura e indubitable. Tiene su entrada y principio en la iglesia parroquial de san Ginés, situada casi en lo más alto de la ciudad. El arco o puerta por donde se entra está en una bóveda de la misma iglesia, que llena de escombros y cadáveres, le encubre casi todo, advirtiéndose tan solo la estremidad de la clave, y un poco del muro o tabique que cierra la entrada.

Camina esta cueva, según dicen los que hablan de ella, por bajo de tierra hasta el espacio de tres leguas, y aunque en su principio no fuese tan grande, los usos para que en lo antiguo la aplicasen, serían causa de su engrandecimiento y latitud. Su fábrica y adorno interior aseguran que es raro, por la compostura de arcos, pilares y labradas piedras de que está adornada, y para prueba de la longitud de la cueva refieren que un muchacho despaborido, huyendo del justo castigo que le iba a imponer su amo, se entró sin reparar por ella adentro, y andubo tanto espacio, que vino a salir a tres leguas de la ciudad, camino de Añover de Tajo.

31 de agosto de 2011

Los descifradores del manuscrito Voynich

Aprovechando que estos días se está reponiendo en La 2 el documental ‘El códice Voynich. El manuscrito más misterioso del mundo.’ y que nunca he hablado de este enigmático libro hasta la fecha, voy a dedicar este post al ya mencionado manuscrito Voynich. No voy a entrar en la historia interesantísima del documento, ni a su polémica autoría. He preferido centrarme en los esfuerzos que muchos estudiosos, investigadores, criptógrafos y bibliófilos en general han realizado para descodificar un libro que está escrito en un idioma desconocido. O al menos con unos caracteres nunca antes vistos. De ahí su fama.

Existen dos principales estudiosos que, a lo largo del siglo XX, han realizado investigaciones sobre el tema (aparte del propio descubridor, Wilfrid Voynich). Son William Newbold y Robert Brumbaugh. Aunque vivieron en diferentes épocas, ambos defendieron la teoría de que el manuscrito fue ideado por Roger Bacon, monje británico del siglo XIII, siguiendo un sistema de cifrado más o menos complejo. Newbold publicó en 1922 un ensayo titulado ‘The Cipher of Roger Bacon’ donde propuso un método que se basaba en la transcripción de pares de símbolos. Creó una tabla con todas esas posibles combinaciones y les asignó una equivalencia en el alfabeto latino. Por su parte, Brumbaugh expuso en su ‘The Voynich Roger Bacon Cipher Manuscript’ (1976) un método basado en criptografía avanzada. Todo demasiado complejo…

Quizás pensando en el principio de la navaja de Occam, Edith Sherwood presentó su teoría ante el gran público en 2009. Se trataba de un método de descodificación extraordinariamente sencillo. La clave es que, mientras sus colegas siempre pensaron en la autoría de Roger Bacon, un británico que tal vez escribió en latín o en inglés medieval, ella apuesta por un origen italiano, en mi opinión mucho más acertado. Sherwood apuesta por que cada palabra no es más que un anagrama de un vocablo del italiano antiguo. Como no tenía ni idea del idioma de Dante, se las ingenió para hacerse con un buen número de manuscritos italianos de la época para comparar palabras y conceptos con las que aparecen en el Voynich, principalmente tratados medievales de botánica.

Y lo cierto es que, en su exposición, resulta convincente. Primero se convierte el alfabeto (según la teoría latino, aunque estilizado, del manuscrito) en caracteres más legibles y posteriormente se reordenan las letras para formar una palabra coherente con el contexto. Bien es cierto que aún no ha conseguido descifrar todo el texto, pero al menos ha proporcionado más respuestas y más coherentes que todos los que la precedieron. En su página web explica con detalle y sencillez el sistema que ha seguido.

Para terminar, os dejo con el documental que volvió a despertar mi curiosidad por este documento:

26 de agosto de 2011

Nuevos billetes de pesetas, un ejercicio de diseño

Como muchos sabréis, soy muy aficionado al diseño de papel moneda. En varias ocasiones he dedicado posts a este tema, normalmente coincidiendo con lanzamientos de nuevas series de billetes o con concursos de diseño de diferentes bancos centrales. Incluso me atreví a contar la historia de Yugoslavia a través de billetes, en una serie de cinco capítulos. Pero en esta ocasión me apetecía quedarme en casa, en nuestro Banco de España, para hacer un ejercicio de economía ficción. Se me ha ocurrido la peregrina idea de diseñar una nueva serie de billetes de nuestras queridas y añoradas pesetas. ¡Quién sabe si alguna vez nos toca volver a ella!

Lo primero que me planteé son los valores. Tradicionalmente, en las dos últimas series, la de 1979 y la de 1992, se han emitido billetes siguiendo la famosa regla 1-2-5 (es decir, 1000, 2000, 5000, 10000 pesetas) con algunas excepciones en el primer caso, como el inusual billete de 200 pesetas o el de 500. Se supone que un retorno a la moneda nacional supondría una devaluación, con lo que quizás el valor de 1000 pesetas (6 euros) sobraría y podría plantearse la incorporación a la familia de uno de 20000 (120 euros). Finalmente opté por no variar los clásicos 1000, 2000, 5000, 10000.

El segundo aspecto consistía en elegir la temática de la serie. Como sabéis, la de 1979 se dedicó a literatos (Leopoldo Alas «Clarín», Rosalía de Castro, Benito Pérez Galdós y Juan Ramón Jiménez) y la de 1992 a personajes relacionados con el descubrimiento de América (Francisco Pizarro, Hernán Cortés, José Celestino Mutis, Cristóbal Colón y Jorge Juan). En un principio barajé la idea de usar pintores españoles del siglo XX (Picasso, Dalí, Miró y Tàpies concretamente), pero finalmente pensé que sería una buena idea recuperar a aquellos científicos, ingenieros e inventores que, no siendo excesivamente conocidos, marcaron un antes y un después en la historia de la técnica y la ciencia de España. A la vez también se pretende fomentar la imagen de España como un país de innovación, de grandes personajes que contribuyeron a nivel mundial a crear el mundo tal y como ahora lo conocemos.

Las efigies que finalmente aparecen en los billetes son:

  • 1000 pesetas. Juanelo Turriano. Aunque italiano de nacimiento, Turriano ideó una gran cantidad de ingenios, desde autómatas (el Hombre de Palo), relojes y, sobre todo, un artefacto que permitía elevar el agua desde el Tajo hasta la ciudad de Toledo.
  • 2000 pesetas. Miguel Servet. Político, teólogo y científico aragonés, ha pasado a la historia por sus descubrimientos en torno a la circulación de la sangre.
  • 5000 pesetas. Leonardo Torres Quevedo. Uno de nuestros ingenieros más injustamente olvidados. Artífice del control remoto por radiofrecuencia (el telekino), la calculadora eletromecánica o el transbordador aéreo que cruza las cataratas del Niágara y que aún permanece en funcionamiento.
  • 10000 pesetas. Severo Ochoa. Junto con Santiago Ramón y Cajal, el científico español más importante del siglo XX y premio Nobel por su descubrimiento sobre la síntesis del ARN.

Algunos datos técnicos. Los diseños han sido realizados con Adobe Photoshop e Illustrator y he tomado como inspiración algunos diseños de billetes verticales como los suizos. Sobre las medidas de seguridad que todo billete ha de llevar hoy día no han sido contemplados, ya que sólo es un prototipo, un diseño conceptual, aunque la idea es incorporar un holograma en la zona blanca. Además, el material en el que estarían fabricados sería plástico polímero en vez de papel, lo que proporciona más versatilidad a la hora de incluir elementos diferenciadores, como relieves para invidentes o transparencias, muy difíciles de falsificar.

21 de agosto de 2011

Coches eléctricos en el siglo XIX

Se suele decir que ya está todo inventado. Este refrán, a veces tan manido, nunca pensé que podría aplicarse al mundo de la tecnología. Pero lo cierto es que, revisando unos números de ‘La Ilustración Española y Americana’ me topo con un artículo dedicado ni más ni menos que a unos coches eléctricos que funcionarían en la Exposición Universal de París de 1900. La sorprendente historia viene con varias fotografías de rudimentarios automóviles (apenas hacía diez años que el invento había visto la luz). El cronista de la época lo contaba así:

De aquí a dos o tres semanas, la Compañía de coches que con tanto acierto preside Mr. Bixio, cuyo nombre es popularísimo en el mundo comercial, pondrá al servicio público un centenar de coches movidos por la fuerza eléctrica y destinados a servir de experimento, de ensayo práctico, si así puede decirse. De los resultados de esta tentativa audaz depende que los visitantes de la Exposición de 1900 encuentren un servicio cómodo, rápido, elegante y barato para visitar París recorriéndolo en todas direcciones sin los inconvenientes de la tracción animal y sin el touf touf desagradable del motor de petróleo.

La velocidad máxima de estos artilugios era, según el texto de 15 km/h. Esta limitación no era precisamente por la tecnología, sino que es una autorregulación para evitar atropellos a los transeúntes, acostumbrados a los vehículos de caballos fácilmente esquivables incluso si el peatón circulaba por el medio de la calle. Muchos de vosotros pensaréis que esto del coche eléctrico fue algo minoritario, pero la verdad es que fue la tecnología que predominó hasta los años 20. Al comenzar a escribir este post no tenía ni idea, pero el dato es cierto. Sólo a partir del final de la primera guerra mundial, el petróleo comenzó a distribuirse masivamente y su precio descendió. Al mismo tiempo, la técnica hizo los motores de combustión más silenciosos y fiables. Los coches eléctricos entraron entonces en declive.

Pero no deja de ser sorprendente que, algo que ahora estamos redescubriendo, fuera algo habitual en los automóviles de hace más de un siglo…

10 de agosto de 2011

Zamora en la vieja prensa ilustrada (y III)

Cerramos esta serie de artículos con la tercera entrega. Quizás rebuscando un poco más podrían extraerse infinidad de artículos, fotografías y detalles curiosos, pero mi tiempo es limitado. Comenzamos con un recorte que no pertenece a ‘La Esfera’, sino a otra publicación llamada ‘El Lábaro’. También cambiamos de época. De los años 1910s y 1920s nos retrotraemos hasta 1906, concretamente al 1 de febrero. El autor del texto, Baldomero G. Galán, se dedica a la alabar sin descanso la ciudad y sus gentes. Un pequeño ejemplo:

Vosotros, los que sólo sabéis de ella lo que la vieja historia cuenta, los que no la conocéis por vista de ojos, ignoráis cómo es Zamora. […] Cierto que todavía ciñe, en parte, a la ciudad un gracioso ceñidor de cubos y de almenas, y que aquella famosa «torre mocha» del romance da su imagen a las ondas del Duero caudaloso […] Pero, entrad en la ciudad, recorred sus limpias calles placenteras, inundadas de luz que baja a chorros del más alegre de los cielos […] asomáos a las murallas que, más que para la defensa de la ciudad, parecen construidas para que los moradores de ésta gocen de la vista deliciosa de aquel campo […] ¡Qué bien se vive en Zamora! A los ocho días de llegar a ella ya el forastero es conocido y conoce a la población entera; ya son todos sus amigos. Ya juega en el casino una partida de palos con «coro general» […] y ha saboreado las anguilas del Duero en el cañal de Guerra, y comido exquisitos cangrejos y lechugas, guisados por «la Gregoria», en los Tres Árboles…

Este artículo tan laudatorio se acompaña de algunas fotografías bastante interesantes, sobre todo la de la derecha, donde podemos ver una vista prácticamente inédita de la catedral desde el interior de la llamada Casa del Cid, que hoy es una propiedad privada:

Ya para finalizar una última curiosidad. Dos fotografías que nos ofrecen una panorámica de Zamora tomadas casi desde el mismo lugar (quizás San Frontis o Pinilla). Una de ellas es de Charles Clifford, el fotógrafo galés al que le dedicamos ya un artículo y que recorrió España para dar a conocer nuestro patrimonio a través de ese nuevo invento que era la fotografía. La imagen es de 1854, fecha en la que está datada esta imagen, con lo que podemos decir, que junto con aquella, es la foto más antiguas tomada de la ciudad. La segunda es de J. Laurent y está datada hacia 1870. La diferencia entre ambas fotografías (salvo el encuadre) es prácticamente nulo. Los mismos edificios, las mismas huertas e incluso los mismos carros. 16 años de diferencia a mediados del siglo XIX no debían suponer gran cosa en una sociedad donde la tradición mandaba y las generaciones pasaban sin apenas novedades. Quizás algunos de los habitantes de esas casuchas llegarían a ver el esplendor del siglo XX…




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