rmbit - La bitácora personal de Ricardo Martín
La bitácora personal de Ricardo Martín
Comentando cosas desde 2004
14 de octubre de 2010

Harinezumi, la moda por encima de todo

El mercado de los artilugios que hacen vídeo es posiblemente uno de los más competitivos que existen. Cuesta mucho hacerse un hueco, diferenciarse para encontrar un nicho adecuado donde subsistir. Las compañías de tecnología son conscientes que de hoy cualquier teléfono móvil graba vídeo en condiciones más que razonables. Al mismo tiempo la miniaturización de los sensores y de los objetivos es galopante. Por eso propuestas como la extraña cámara de vídeo japonesa Harinezumi es un síntoma claro de que en un mercado saturado la solución es apostar por otras características. El País lleva hoy en sus páginas un pequeño reportaje sobre este asunto.

La Harinezumi es algo así como la Lomo del vídeo digital. Un aparato sencillo de usar, pequeño, rústico y cuyos resultados finales son… digamos modestos. Por cierto, lo que no es modesto es su precio. El último modelo del fabricante japonés cuesta unos 150 euros. Por esa cantidad se puede adquirir una cámara digital convencional que grabe vídeo a una calidad notable. Pero claro, el valor añadido de la Harinezumi es que «mola» y que está de moda, aunque sea uno de los cacharros más feos que haya visto nunca. La usan los famosos y en los ambientes artísiticos (supongo que en los menos rigurosos) es lo último.

Del análisis que hacen los chicos de QueSabesDe.com pueden sacarse esas conclusiones. Que nadie piense que esta cámara graba en HD ni que haga fotos de muchos megapíxeles. Ni siquiera que la imagen resultante sea fidedigna respecto de la realidad. Nada de eso. Viendo los clips que hay por ejemplo en YouTube ni siquiera creo que tenga nada peculiar que no pueda hacerse con cualquier móvil o con una videocámara de gama baja. Tiene un sensor CMOS de 3 megapíxeles para fotos y una resolución de 640×480 para vídeo. Pero claro, la Harinezumi, igual que la Lomo (¿Quién ha utilizado realmente esa cámara?), es puro culto al objeto más que a su función. Es el signo de los tiempos.

13 de octubre de 2010

Mapas mentales o el arte de memorizar visualmente

A lo largo de las últimas semanas he estado experimentando con diversas técnicas de memorización. En breve me presentaré a un examen y me apetecía probar cosas nuevas. He ensayado métodos como el de las asociaciones inverosímiles, la habitación romana o los mapas mentales. Han sido precisamente esta última la que me ha parecido más curiosa e interesante (también la más efectiva y rápida para mí). Básicamente consiste en dibujar un esquema donde vamos reflejando los diferentes conceptos que queremos memorizar. Sólo debemos seguir tres sencillas reglas:

  • Usar una estructura jerárquica, que bien puede ser la emulación de las ramas o las raíces de un árbol, cada vez más delgadas según avanzamos en el esquema.
  • Utilizar colores para diferenciar las ramas principales. Cuantos más colores usemos, mejor.
  • Evitar las líneas rectas. Son aburridas para nuestro cerebro, nos las presta atención. Cuanto más extrañas sean las «ramas» de nuestro esquema, más peculiar será y por tanto más fáciles de memorizar.

A partir de aquí la única regla es que no hay reglas. Podemos combinar los mapas mentales con, por ejemplo, las asociaciones inverosímiles, hacer pequeños dibujos esquemáticos (o no) para fijar los conceptos. Siempre hay que tener en cuenta que el cerebro memorizará antes lo más extraño, aquello más raro o menos habitual, lo más chocante o lo más humorístico.

Buscando por internet encontraréis muchos ejemplos y esquemas hechos para aprender más rápido. He de reconocer que al principio cuesta soltarse. Como cualquier técnica, requiere práctica, sobre todo para depurar los conceptos y esquematizarlos a partir de, por ejemplo, un texto. Pero una vez hecho este esfuerzo tenemos la memorización asegurada. En el examen, si lo hemos hecho bien, recordaremos todas esas peculiaridades de nuestro mapa. Si tal concepto lo dibujamos en verde o si lo asociamos con un florero, con una rana o con un coche. Si lo dibujamos haciendo una espiral o formando escalones. Si estaba cerca de ese otro concepto o en la esquina superior derecha del folio. Si tenéis curiosidad, podéis consultar «El Libro de los Mapas Mentales» [PDF] de Tony Buzan.

12 de octubre de 2010

El ¿falso? documental de/sobre Banksy

Acabo de ver ‘Exit Through the Gift Shop’, el largometraje documental de Banksy. Ha sido una sorpresa, porque no tiene absolutamente nada que ver con lo que me había imaginado. Cierto que el grafitero y artista urbano de Bristol Banksy sale en pantalla (convenientemente pixelado o encapuchado), pero, como bien dice al principio, no es un documental sobre él, sino sobre Thierry Guetta, un personaje que ha utilizado casi como una metáfora viviente del alocado mundo del arte y las tendencias contemporáneas.

Y lo cierto es que Guetta da mucho de sí. Francés emigrado y casado en Los Ángeles, tenía una manía compulsiva por grabar con sus videocámaras todo aquello que veía. Por una casualidad tomó contacto con el mundillo del street art a través de su sobrino en Francia, llamado Invader. Él fue quien lo introdujo y le permitió grabar a los más famosos artistas y activistas del movimiento urbano a lo largo de varios países. Hasta dar con Banksy, que ya en aquellos momentos (hace unos cuatro años) era una celebridad underground. Se convierte en el único que le permite filmar sus acciones. Guetta aprende de sus maestros, eso sí, a su manera y bajo el pseudónimo de Mr. Brainwash se lanza a crear su propio arte y sus acciones. En 2008 organiza una enorme exposición en Los Ángeles con la ingente cantidad de obras que ha creado, a menudo copiando descaradamente a quienes fueron objeto de sus filmaciones.

Mucho se ha comentado sobre si realmente Mr. Brainwash es real o un alter ego del propio Banksy. Si es así, el falso documental sería una verdadera genialidad. Incluso sin conocer nada sobre Banksy o el arte urbano, la película es muy disfrutable. Tiene momentos memorables y en su conjunto es ágil, fresca y entretenida, con toques de ironía. Pero si alguna vez se confirmara oficialmente la falsedad de la historia contada, podría ser una de las obras cinematográficas más innovadoras y sorprendentes de los últimos tiempos (quiero decir décadas). Como siempre, Banksy jugando con los medios y con los espectadores, borrando el límite entre lo real, lo imaginario y aquello que nos hace reflexionar sobre el mundo actual o nos remueve algo por dentro. ¿Aún alguien duda de que es el artista del siglo?.

8 de octubre de 2010

‘Madrid Me Mata’

El próximo número del fanzine digital ‘200 Días en Sing Sing’ estará dedicado a las publicaciones gráficas más emblemáticas de los ochenta en España. Mientras llega vamos a recordar una de las revistas más influyentes de esa etapa: ‘Madrid Me Mata’. Fue el soporte en papel necesario para un movimiento ecléctico, heterogéneo e iconoclasta como fue la «movida» madrileña. Sólo se publicó durante dos años, entre 1984 y 1986, pero sentó las bases del diseño, la maquetación y la comunicación gráfica actual –tal y como hoy la conocemos– en nuestro país. El encargado de este diseño era un primerizo Óscar Mariné junto con Juan Antonio Moreno.

Como bien cuenta Javier Reguera en ‘Así Se Fundó Carnaby Street‘, Mariné se inspiró –al menos a nivel gráfico– en publicaciones foráneas de vanguardia como el magazine británico I-D, siguiendo una estética cuyo origen hay que buscarlo en el pop-art, en el collage y en el «do it yourself» del movimiento punk. Pero no todo era contenido gráfico. También sirvió de aglutinante para autores, literarios o no, que dejaron su impronta en la revista. Aquí dejaron sus textos el irreverente, surrealista y anárquico Moncho Alpuente. De hecho el nombre de ‘Madrid Me Mata’ proviene de un espacio radiofónico de Radio El País en 1983 que él presentaba.

José Manuel Lechado, en su libro ‘La Movida: Una Crónica de los 80’, decía lo siguiente de ‘Madrid Me Mata’:

Esta revista se caracterizaba por su formato apaisado […]. El papel y la impresión eran de mejor calidad, y el número de páginas, más razonable. […] No solía incluir cómix y, sin embargo, presentaba mucho más petardeo, cotilleo y demás. También tenía un punto más cachondo y humorístico. […] Madrid Me Mata tenía secciones de moda, fotografía, música, actividades nocturnas y, por supuesto, mucho Madrid. A menudo sus contenidos se orientaban de acuerdo al tema de portada, y entre sus páginas desfilaba mucha publicidad «normal», lo que no le privó, sin embargo, de dificultades financieras. (Pág. 174)

6 de octubre de 2010

El Libro de Urantia

Quizás el mayor error que se puede cometer al hablar de un libro es criticarlo o comentarlo sin haberlo leído. El llamado Libro de Urantia va a ser una excepción. Permitidme que no me lo haya leído, pero es que son casi 2100 páginas y su verdadero interés es extraliterario. A grandes rasgos, este grueso volumen de tan extraño nombre está dentro de lo que se denominan libros revelados, es decir, textos que pasan de una supuesta «entidad» al papel a través de uno o varios intermediarios que lo escriben. No hace falta que os diga que yo no creo en los libros revelados. Pero el caso del Libro de Urantia es un tanto particular.

Según la mayoría de las fuentes, su origen hay que buscarlo en el Chicago de los años 20-50 (la Wikipedia establece el período entre 1924 y 1955). La historia «oficial» nos cuenta que fueron varios los receptores de los conocimientos del libro, todos ellos antiguos pacientes del reputado psiquiatra William Sandler, y agrupados bajo el nombre de The Forum. Sandler, como hombre de ciencia, siempre había sido escéptico acerca de los fenómenos inexplicables como el espiritismo o los médiums, pero lo cierto es que, mientras el grupo se reunión consiguió recopilar miles y miles de folios manuscritos. La lógica nos hace pensar que, efectivamente fueron él y su grupo los autores del libro, pero no por inspiración de seres extraterrestres o espirituales, sino bien terrenales. En 1955, finalizado el proceso, fue publicada una primera edición en inglés.

La particularidad del libro, además de su número de páginas, es que trata una gran variedad de temas. Sus supuestos autores no terrestres desgranan capítulo a capítulo la formación del universo, del Sistema Solar, la naturaleza de Dios, la historia del propio planeta de Urantia (o sea, la Tierra) y la vida y enseñanzas de Jesús de Nazaret, ¡año a año!. Todos estos asuntos son descritos con una minuciosidad y un detalle insólitos, además de con su propia terminología. El libro entra además en teorías científicas, físicas, teológicas y de otro pelaje, aportando puntos de vista radicamente diferente al conocimiento convencional y demostrando un derroche de imaginación y conocimientos en todas las disciplinas del conocimiento admirables. Por eso es posiblemente la novela de ciencia-ficción más conseguida de todos los tiempos.

Martin Gardner es uno de los estudiosos del libro más escépticos. Matemático y divulgador científico, publicó el libro ‘Urantia, ¿Revelación Divina o Negocio Editorial?’ contando sus hallazgos sobre el hermético mundo de Urantia. Descubrió también múltiples incongruencias científicas y teorías que hoy están deshechadas pero que fueron muy populares en los ambientes académicos de la época en que fue escrito el libro. En contra de lo que sería lógico, el Libro de Urantia no ha provocado tras de sí ningún movimiento de tipo mesiánico o sectario. Al contrario: apenas son un puñado los seguidores, estudiosos que analizan el tocho. Para los más curiosos y con más ánimo lector, desde 2001 el libro está bajo el dominio público, por lo que puede descargarse libremente en castellano de la web oficial de la Fundación Urantia.

5 de octubre de 2010

Llívia y la «guerra de los stops»

Los que seguís habitualmente rmbit sabéis de mi gusto por las curiosidades geográficas, o más bien las rarezas. En este caso nos quedamos en España. Bueno, entre España y Francia. Llívia es uno de esos curiosos casos, fruto de los caprichosos tratados políticos de otros tiempos. Se trata de un «exclave» de la provincia de Gerona dentro de territorio galo. Son menos de trece kilómetros cuadrados situados a siete kilómetros de distancia de la frontera española y contiene además de la población de Llívia, los de Cereja y Gorguja, aunque sin apenas habitantes. En total lo pueblan unos 1600 gerundenses.

Todo comenzó con la firma en 1659 del Tratado de los Pirineos, con el que se zanjaba entre España y Francia la Guerra de los Treinta Años. Nuestro país cedía el Rosellón, parte de la Cerdaña y otros territorios pirenaicos. Al año siguiente se completó la operación con el Tratado de Llivia, por la que pasaban a soberanía francesa treinta y tres poblaciones españolas. Lo curioso del asunto es que Llívia se quedó fuera del traspaso por tener el título de villa y no de pueblo. Una cuestión de nomenclatura (o de categoría) hizo que el municipio catalán quedara exento y se convirtiera en una rareza geográfica.

Un lugar tan peculiar como este es fuente, como os podéis imaginar, de paradojas y cuestiones extrañas. La más sonada fue la llamada «guerra de los stops», un contencioso entre Francia y España que se alargó más de veinte años. Llívia está conectada con España a través de una carretera nacional, la N-154. No es necesario por tanto cruzar ninguna frontera para llegar. La carretera española discurre por territorio francés. En 1866 se estableció por medio de un tratado que la vía sería de libre circulación, entendiendo por tal que no existiría ninguna restricción para su tránsito. El problema llegó cuando en los años sesenta del siglo XX Francia construyó dos carreteras que cruzaban la N-154, colocando señales de STOP para que los llivienses se detuvieran ante el tráfico francés. Las señales fueron sucesivamente arrancadas y vueltas a colocar por unos y otros dando lugar a este kafkiano fenómeno. El diario La Vanguardia, el 12 de mayo de 1971, llevaba la noticia a sus páginas bajo el titular de «La instalación de una señal de «stop» provoca la reacción de los vecinos»:

El cruce de la carretera internacional Llivia-Puigcerdá con la francesa de Ur a Bourg-Madame, paralela al ferrocarril francés, es punto de frecuentes accidentes de circulación, debido en gran parte al intenso tráfico y sobre todo a existir en terreno francés una casilla de Aduanas que obstaculiza la visión del cruce. Para evitar esta situación de peligro se reunió en Madrid el pasado octubre la Comisión Internacional de los Pirineos, sugiriendo los comisionados franceses que qe situara un disco de stop en la carretera Puigcerdá-Llivia en lugar de un semáforo, por lo que el prefecto de los Pirineos Orlentales, recientemente autorizó la instalación de dicha señal, que ha provocado el mal, humor justificado de los vecinos de Llivia, habiendo sido reiteradamente colocada y arrancada por autores desconocidos. Informado el Gobernador Civil se ha dirigido a través del Ministerio de la Gobernación a los poderes públicos, para que la Comisión Internacional reconsidere la cuestión del stop.

Hoy el tema está resuelto con un puente por el que transcurre la dichosa N-154. Eso sí, el mantenimiento corre a cargo del gobierno francés.

29 de septiembre de 2010

En Barcelona (y X): Perdidos por La Ribera, los «bastaixos» de Santa María del Mar y «burros coceadores»

Con esta entrega finaliza la serie que ha llevado diez días contando las aventuras y desventuras en Barcelona. Cerramos pues con el final del viaje.

Cuando uno se monta en el tren, en la cómoda butaca, se olvida de todos los momentos de cansancio y de falta de sueño. Era el momento perfecto para comenzar a recuperar los buenos recuerdos. Ocurre a veces que uno vive los viajes cuando los invoca a través de las fotografías, los vídeos y los folletos turísticos de todos los lugares por los que hemos pasado. Pero vamos con la última parte de nuestro cuarto día en Barcelona.

Tras la comida, y con algo de adormecimiento, bajamos hasta Portal del Ángel para visitar otra vez la escondida y desconocida iglesia de Santa Ana. Esta vez tuvimos más suerte: la valla que da a la plazoleta de Ramón Amadeu estaba abierta, pero el recinto de la iglesia, junto con el claustro, estaba cerrado. Afortunadamente, a través de los barrotes se podía ver aquel lugar que tenía un innegable ambiente mágico. Parece mentira que un lugar así pueda estar a pocos metros de la Plaza de Cataluña y casi pared con pared con el imponente edificio del Banco de España.

Por último también queríamos ir a ver Santa María del Mar, uno de los grandes monumentos de la ciudad que nos quedaba por ver. Hubiera sido imperdonable no haber estado. Llegar hasta allí fue una nueva aventura. Otra vez nos perdimos por los callejones del barrio de La Ribera. Calles con mucho encanto y a las que no pude evitar hacer algunas fotografías. A posteriori, reconstruí este recorrido, que nos llevó (saliendo desde la plaza de Ramón Berenguer el Grande) a cruzar la Vía Layetana para seguir las calles Bòria, Corders, Assaonadors, Flassaders y finalmente el Paseo del Born, con el mercado del mismo nombre en un extremo y la imponente mole de Santa María del Mar en el otro. Frente a la puerta trasera del templo, la llamada puerta del Born, está el Fossar de les Moreres, un lugar emblemático para los catalanes y en especial para los barceloneses, ya que en este antiguo cementerio se enterraron todos aquellos que cayeron defendiendo la ciudad durante el sitio de Barcelona de 1713-1714. Hoy día en ese lugar hay una pequeña y austera plaza, con una llama que recuerda permanentemente a los mártires fallecidos. Una corona de flores con la senyera yacía en su base.

Entramos en el templo por su puerta principal, donde sus dos enormes torres y su no menos grande rosetón (de nueve metros de diámetro) nos dieron la bienvenida. Por mi mente pasaban algunos pasajes del libro de Ildefonso Falcones «La Catedral del Mar». La novela trata sobre la construcción por parte de los bastaixos (algo así como los estibadores del puerto, aquellos encargados de descargar las mercancías de los barcos atracados) de este templo allá por el siglo XIV. De hecho, en los portones principales pueden verse dos relieves con dos de estos bastaixos acarreando sobre sus espaldas sendas piedras destinadas a su construcción:

“Los humildes bastaixos, con su trabajo de transportar gratuitamente las piedras hasta Santa María, son el más claro ejemplo del fervor popular que levantó la iglesia. La parroquia les concedió privilegios y hoy su devoción mariana queda reflejada en las figuras de bronce del portal mayor, en relieves en el presbiterio o en capiteles de mármol, en todos los cuales se representan las figuras de los descargadores portuarios.”

Si el exterior era espectacular, el interior lo era aún más. Sin apenas decoración, las vidrieras destacan aún más en medio de ese ambiente tan sobrio. Algunas de ellas datan del siglo XIV, como las del rosetón o de la nave sur, que son de 1460 y 1494 respectivamente. O otras son de… ¡1996!, realizadas en un estilo postmoderno de difícil definición (y justificación). Ildefonso Falcones también habla de ellas, de las antiguas, se entiende, en su libro:

“Las vidrieras orientadas al sol son de colores vivos, rojos, amarillos y verdes, para aprovechar la fuerza de la luz del Mediterráneo; las que no lo están son blancas o azules. Y cada hora, a medida que el sol recorre el cielo, el templo va cambiando de color y las piedras reflejan unas u otras tonalidades. ¡Qué razón tenía el maestro! Es como una iglesia nueva cada día, cada hora, como si continuamente naciera un nuevo templo, porque aunque la piedra está muerta, el sol está vivo y cada día es diferente; nunca se verán los mismos reflejos.”

El calor dentro era sofocante, pero merecía la pena permanecer unos minutos contemplando extasiados las nervaduras de los techos, las columnas y el resto del armonioso conjunto en uno de los ejemplos de gótico menos contaminados que se conservan en España. Salimos de Santa María del Mar con otros ojos… Sin duda un lugar mágico que es visita obligada. Fue uno de los lugares que más nos impresionó.

Una vez fuera y al tomar la calle Argentería pasamos delante de la tienda de Kukuxumusu, presidida por dos burros en los balcones (símbolo de Cataluña). Y en medio, tras una ventana, un simpático asno coceaba a un toro que salía por los aires.

Aún era pronto para ir a la estación, por lo que callejeamos de nuevo por el Barrio Gótico hasta la Plaza del Rey que se ha convertido en uno de nuestros lugares favoritos. En la fachada del Palacio del Lloctinent, sede del Archivo de la Corona de Aragón, un músico callejero se puso a tocar un extraño instrumento con aspecto de ovni y color broncíneo que resultó llamarse hang y que es un invento suizo del año 2000. Vamos, que no es un milenario instrumento tibetano ni nada por el estilo. Nos quedamos embobados al ver cómo lo tocaba. Es un instrumento de percusión, ya que se toca golpeándolo con las manos, pero que tiene un peculiar sonido.

En ese momento sonó la alarma del móvil, la señal de que nuestro tiempo en Barcelona se había terminado. Llegaba la hora de marchar a la estación. Entramos por Jaume I y tras un trasbordo en Verdaguer, llegamos a Sants. El viaje había llegado a su fin.



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