No sé si será una percepción personal o no, pero esta mañana al intentar caminar sobre los restos de lo que fue la calle de San Torcuato fue como caminar entre un caos absoluto. Los peatones circulábamos por las zonas que a nuestro criterio considerábamos más estables mientras pequeñas máquinas perforadoras sobre ruedas de oruga daba marcha atrás sobre una montaña de adoquines. Detrás un ciudadano se apresuraba por cruzar una de las pasarelas metálicas emulando a Indiana Jones antes de que llegara la máquina. Los obreros se mezclaban con el resto de viandantes taladrando, excavando y realizando otras tareas.
Los más ancianos se detenían desesperados ante la vorágine buscando una vía para escapar acorde con su agilidad. Harto difícil, porque los desniveles y los obstáculos bien en forma de agujero o de adoquín suelto son la norma.
Es verdad que las obras suponen una molestia, pero también que debe organizarse y canalizarse a los peatones de manera clara para minimizar este impacto en nuestra vida diaria. No tengo noticia de que se haya producido algún incidente, algo que me extraña visto lo visto. La remodelación de San Torcuato llevan más de dos meses y aún no están muy avanzadas, así que la cosa parece que va para rato. No critico esta duración, sino la incapacidad de organizar la obra para que el transcurrir normal de la vida se vea poco afectada. Aunque quizás sea mucho pedir.
Es muy extraña la situación que se ha creado en Navarra tras las pasadas elecciones municipales. El escenario de fragmentación de las fuerzas políticas resultante ha dado y está dando auténticos quebraderos de cabeza a los partidos políticos, tanto a nivel regional como nacional. La estrategia ante las elecciones generales del próximo año están tensando las negociaciones para formar un gobierno foral estable.
La incertidumbre ha sido total y los continuos giros han sorprendido incluso a las direcciones nacionales de sus propios partidos. UPN, filial del PP en Navarra, fue la lista más votada, aunque no lo suficiente como para obtener la mayoría. El PSN por su parte consiguió un notable ascenso junto con los grandes vencedores, Nafarroa Bai, que fue la sorpresa de las elecciones.
Con estos mimbres, las negociaciones comenzaron pronto. A primera vista la opción más lógica era la alianza entre los nacionalistas vasco-navarros de NaBai y los socialistas navarros del PSN. Quizás fuera esa la coalición natural. La segunda opción posible era que UPN gobernara en minoría. Las cosas habían cambiado mucho en cuatro años. La estrategia de los conservadores navarros de llevar el tema de la autonomía de Navarra y su presunta «venta» a Euskadi como un tejemaneje más de los supuestos acuerdos del Gobierno central con ETA no dieron resultado. La manifestación por una «Navarra española» fue un grave error que debería costarle a UPN la presidencia. Sería un buen escarmiento ante esas posturas tan radicales e irracionales. Es por esto que creo que la decisión de la dirección nacional del PSOE de pararle los pies al PSN ante su intención de pactar con NaBai es errónea y a la larga contraproducente.
Y es aquí donde entran las estrategias nacionales. Según el PSOE, este pacto sería contraproducente electoralmente, algo que yo no veo tan claro. El PP ha venido cacareando la misma cantinela de la increíble y delirante PSOE=PSN=NaBai=ANV=ETA. Pero no creo que este discurso tan fuera de la realidad haya calado verdaderamente en la gente. Un votante del PSOE no verá con malos ojos la alianza socialista-nacionalista. Al menos no veo motivos para ello.
Quizás lo que pueda pasar factura a los socialistas sea ese miedo, ese terror a que el discurso demagógico del PP pueda penetrar en el electorado. El veto a esta coalición es una prueba definitiva de que el Partido Popular escribe el guión y los demás lo llevan a la práctica. Para mí, esto es algo inaudito e inconcebible. Nunca un partido democrático y nada sospechoso de vender a España (por mucho que algunos digan) ha de estar al dictado de nadie ni nada que no sean los intereses generales de la comunidad. El espectáculo que ha dado la dirección del PSOE me parece de lo más lamentable.
Esta tarde viendo el documental ‘Los Pioneros Psicodélicos’ me ha resultado curioso el origen del término «psicodelia», tan popular desde los años sesenta. Humphry Osmond, científico y psicólogo que utilizó la dietilamida de ácido lisérgico o LSD, recientemente descubierto, para tratar con éxito a enfermos de esquizofrenia, se convirtió sin saberlo en uno de los personajes más influyentes del siglo XX. Fue a causa de su amistad con el intelectual británico Aldous Huxley (al que todos recordamos por haber escrito ‘Un Mundo Feliz’). Solían intercambiarse versos, cartas y bromas.
Huxley ya había experimentado en sus propias carnes con la mescalina (de efectos similares al LSD) de la mano de Osmond y quedó tan impresionado con la vivencia que decidieron poner un nombre a esta nueva conciencia. La palabra «psicodelia» fue creada por Osmond y es el resultado de unir los vocablos griegos psyché (alma) y délomai (manifestar). En un principio sólo se utilizó como nombre para las terapias médicas experimentales en las que se utilizaba esta droga, pero pronto se extendió a toda la sociedad.
Parte de la culpa de esta popularización la tuvo Huxley al publicar en 1954 ‘Las Puertas de la Percepción’ (origen del nombre de la mítica banda californiana The Doors). En él, Huxley relata sus experiencias con estas drogas psicodélicas. La obra tuvo una gran repercusión sobre todo el los círculos artísticos norteamericanos e influyó notablemente a la generación beat de los cincuenta.
Y el resto del movimiento psicodélico ya lo conocemos todos. De experimento científico salido de madre a nueva era, nueva forma de entender el mundo, el arte, la música, la vida. En definitiva, el ácido alimentó a la contracultura y la dotó de nueva conciencia. El LSD realmente abrió las mentes de miles de personas, incluso después de que fuera prohibido incluso para uso médico en 1966 aduciendo efectos secundarios perjudiciales para la salud.
Me he quedado de piedra al ver el trailer de ‘Vantage Point’. Sería una «americanada» más de no ser por que el escenario de la acción se desarrolla en España, y más concretamente en Salamanca. Además de ser de lo más espectacular, en el avance la película se reconocen escenarios de la ciudad charra muy familiares como la Clerecía y sobre todo la Plaza Mayor, donde transcurren muchas de las escenas. No se trata precisamente de una película de serie B. En ella participan Sigourney Weaver, Forrest Whitaker, William Hurt, Dennis Quaid o Eduardo Noriega y los efectos digitales son impresionantes.
También es llamativo que ni una sola de las secuencias (salvo las vistas aéreas) fue rodada con los actores en Salamanca. Todo es fruto de la maestría de los encargados de los efectos y de los decoradores. Las escenas de persecución por las calles fueron rodadas en la ciudad mexicana de Cuernavaca y casi que dan el pego.
El argumento, por lo que he podido deducir, transcurre durante una cumbre mundial sobre terrorismo celebrada en Salamanca. Unos terroristas tienen un plan para cometer un atentado. Los buenos tendrán que impedirlo. En la parte formal, aparte de la espectacularidad, sorprende que no aparezca ningún torero ni se muestre a España como un país atrasado. ¿Estaremos dentro de los países desarrollados para el imaginario del americano medio? En general la producción parece bastante buena. Todos los detalles están bastante cuidados. Incluso los coches de policía son parecidos (incluso más bonitos) a los auténticos de Policía Nacional y el resto de automóviles son los modelos que puede haber en cualquier ciudad de nuestro país.
Si digo la verdad, todo esto huele a promoción turística de la ciudad. ¿No estará el Ayuntamiento salmantino detrás de parte de la financiación de la película? Es posible que sí. Si Barcelona y Oviedo serán escenarios de la próxima obra de Woody Allen previo paso por caja, ¿por qué Salamanca iba a ser menos? ‘Vantage Point’ se estrenará en 2008.
Leo en El País que al precio de entre 125.000 y 450.000 dólares, la empresa de aeronaves Moller ha lanzado unos estrafalarios vehículos aéreos o skycars. Estos vehículos tienen la forma típica de los clásicos platillos volantes y un diámetro de 10 metros. Dispone de seis turbinas similares a las de los aviones a reacción que le permiten despegar y aterrizar verticalmente. Por internet corren unos espectaculares vídeos en los que se puede ver en acción a estos aparatos.
Viendo las imágenes me pregunto si estamos preparados para los coches voladores. Me refiero sobre todo a los posibles obstáculos con los que puede encontrarse. A pesar de que no supera los 80 kilómetros por hora, un aparato que vuela a escasa altura es vulnerable a corrientes de viento, cables eléctricos o incluso a la falta de pericia del piloto, que no requiere ninguna preparación especial. El fabricante dice que cuenta con todo tipo de medidas de seguridad (airbags, paracaídas), pero en una caida por poca que sea la altura, el resultado puede ser fatal.
El platillo volante de Moller creo que sólo será una excentricidad más de los yanquis pensada como un caro juguete para los niños ricos (¿cuánto costará mantener el aparatito?). Para que un artilugio así sea realmente útil sería necesaria una infraestructura diseñada para ellos, algo que por supuesto no va a ocurrir (en muchas ocasiones no existe ni para un instrumento tan pedestre como una bicicleta). A pesar de todo, los vídeos no dejan de ser sorprendentes:
Escuché ‘Diario Pop’ por primera vez un sábado de marzo de 1995. Por entonces el programa se emitía en horario de tarde los fines de semana. Fue el comienzo de mi andadura por el mundo de la música independiente, aquella que permanecía al margen y que rara vez se podía escuchar en otros medios. Rápidamente me aficioné al programa y me sirvió para descubrir a muchas nuevas bandas. Apenas hacía unos meses que Los Planetas habían publicado su debut en la multinacional RCA y Manta Ray o Nosoträsh aún sonaban en maqueta. Al frente de este oasis de independencia estaba Jesús Ordovás, un tipo que trataba con un respeto exquisito a cualquier banda de chavales ilusionados con cuatro canciones bajo el brazo. Quizás eso fue lo que más me impresionó. Ordovás era un descubridor de talentos y jamás cerró la puerta.
Lejos de motivaciones comerciales, ‘Diario Pop’ fue un escaparate del Estado de la Nación Indie durante muchos años y supuso un poco de aire fresco. Yo aprendí sobre música, sobre las últimas novedades del subsuelo musical (cuando aún no había internet) y tomé conciencia de que había vida más allá de los estantes de discos de las grandes superficies. ‘Diario Pop’ cumplía la función de servicio público. Otorgaba unos minutos de gloria a las pequeñas bandas, sonaban sus maquetas por mal grabadas que estuvieran, todo de forma directa.
La culminación de esta admiración por Ordovás y por ‘Diario Pop’ tuvo lugar el año pasado en Zamora, durante las conferencias del Festival Proactive. En una de ellas pudimos pasar un largo rato con él y preguntar a placer sobre todo lo que se nos ocurría. Pero todo eso son sólo buenos recuerdos. Jesús Ordovás deja, después de 25 años, su ‘Diario Pop’ para acogerse a la jubilación anticipada como empleado de RTVE que es. Es la segunda marcha tras José María Rey y su ‘Bulevar’. Me inquieta pensar en cómo será la nueva Radio 3 post-regulación, pero temo que las cosas vayan a peor.
El 30 de julio ha sido un día en el que dos etapas se cierran. Han desaparecido dos grandes figuras que cambiaron el cine y por extensión el arte del siglo XX. Ingmar Bergman (Uppsala, 1918) y Michelangelo Antonioni (Ferrara, 1912) son dos realizadores de una calidad indiscutible, aunque de trayectoria muy diferente.
El caso de Antonioni es algo diferente. Hasta hace muy poco era un completo desconocido para mí. Y aún lo es en cierto modo. Sus películas ‘Las Amigas’ (1955), la excelente ‘El Eclipse’ (1962) y ‘Blow Up’ (1966) son las únicas tres obras que he visto hasta la fecha. La carrera de Antonioni, igual que las de otros colegas suyos de la Nouvelle Vague, es bastante irregular. Su primera etapa quizás sea la mejor. A partir de la segunda mitad de los años sesenta su cine se vuelve más experimental y menos inspirado para mi gusto. El ejemplo es la antes mencionada ‘Blow Up’, que a mí personalmente no me acaba de convencer.
Bergman y Antonioni, dos referentes para la intelectualidad de los sesenta y setenta y que han dejado su huella en el complicado arte del cine.
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