23 de abril de 2014
La semana pasada tuve la ocasión de ver ‘Rocío’, un documental de 1980 sobre el fenómeno de la romería religiosa de El Rocío. No se trata de un trabajo cualquiera. Supuso el fin de la carrera de su director, Fernando Ruiz Vergara, y el secuestro judicial de la cinta por varios tribunales, entre ellos la Sala Segunda del Tribunal Supremo, quien dictó sentencia en 1985. Desde entonces, las contadas emisiones de ‘Rocío’ son de versiones censuradas, sin los 13 minutos que completaban los 80 originales. La copia que vi es la que hay colgada en YouTube y que se corresponde con la grabación emitida en La 2 hacia 1990. Hace no mucho tiempo, con motivo del estreno de un documental sobre ‘Rocío’ –‘El Caso Rocío’– se organizaron proyecciones de la película completa más allá de nuestras fronteras, en Portugal.
Pero ¿Qué contienen esos minutos prohibidos? Básicamente el testimonio de un almonteño (vecino de Almonte, la localidad onubense donde se halla la Virgen del Rocío) que culpaba Jose María Reales Carrasco, alcalde de Almonte antes de la II República, de la represión brutal y de los asesinatos que tuvieron lugar en el entorno de El Rocío en los albores de la guerra civil. Muchos de ellos aparecen en el documento con fotografía, nombre, apellidos y el mote por el que se conocía. En total fueron 100. Los hedereros de Reales Carrasco interpusieron una denuncia por injurias y por ultraje y escarnio a la religión católica. Las sentencias se fueron sucediendo entre 1981 y 1984, prohibiéndose progresivamente en las provincias andaluzas primero y el todo el territorio español después.
Ruiz Vergara tocó en ‘Rocío’ dos de los temas que en la época de la transición y aún hoy son intocables: Religión y política. Y pagó por ello un alto precio. Se explica, por ejemplo, cómo la religión sirvió durante siglos para controlar a la población y mantener los privilegios de los poderosos a costa de la ignorancia del pueblo llano. Una estrategia organizada por la Iglesia escondiendo figuras de madera en los lugares más «rebeldes» para que después los campesinos las encontraran. Al margen de todo esto, la película cuenta con una calidad plástica innegable, retratando muchas de sus secuencias sin palabras, solo con los gritos de los romeros y los llantos de los niños pequeños, hasta componer un retrato de la irracionalidad humana convenientemente dirigida y fomentada por los estamentos políticos y religiosos.
Ojalá podamos verla algún día completa. Eso será síntoma de vivir en un país que verdaderamente ha dejado atrás los fantasmas del pasado que aún en 2014 no se han superado.
5 de abril de 2014
«Living is easy with eyes closed» cantaba John Lennon en una de las estrofas de ‘Strawberry Fields Forever’, uno de los dos temas del sencillo (doble cara A, puede que el primero de la historia) que precedió en 1967 al legendario ‘Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band’. Se dice que el tema fue escrito durante la estancia de Lennon en Almería para rodar su primera película como actor, ‘How I Won The War’, dirigida por Richard Lester. Precisamente esa estrofa de ‘Strawberry Fields Forever’ traducida al castellano, es el título de la última película de David Trueba.
Se inspira en la historia real de Juan Carrión, un profesor de inglés que viajó hasta la provincia andaluza para conocer a John Lennon. Aunque la versión cinematográfica está mucho más adornada, con una historia de amor a dos bandas incluida, conserva sin duda el espíritu de lo veraz. ¿Quién iba a creerse esta historia en la pantalla si no hubiera pasado en la realidad? Dudo que nadie hubiera tenido el talento de inventarse una historia tan audaz y original. El profesor Juan se transforma en Antonio –interpretado por Javier Cámara–, que usa a los Beatles para enseñar inglés en una escuela de provincias. En su camino hacia Almería se encontrará con Belén, una joven que viaja a Málaga al encuentro de su madre, y de Juanjo, otro adolescente huido de su casa en Madrid. El choque entre una España que en 1966 era lo contrario a la modernidad y una juventud que buscaba abrirse paso con nuevas ideas es el argumento troncal en torno al que gira todo el fondo de la historia.
El trabajo de los actores es quizás lo que más hay que destacar, con un Javier Cámara inmenso (bien por el casting) que encaja perfectamente en el papel. Sus acompañantes de viaje –Natalia de Molina y Francesc Colomer– no le van a la zaga. Prometen una larga y exitosa carrera. La historia está muy bien construida y consigue que los personajes se ganen la simpatía y la complicidad del espectador desde casi el primer minuto. Y sobre todo es una película fresca y agradable de ver, lo que no es poco hoy día. Por contra, hay momentos un tanto forzados y falsos, como la relación entre los dos chicos. Me parece algo artificial. Y otros sobran. Pero se pasan por alto a la vista del resultado final.
22 de febrero de 2014
El cine y la tecnología siempre han ido de la mano. Desde sus orígenes. En los últimos tiempos estamos viendo películas sobre cómo los móviles, internet y la nueva forma de relacionarnos que nos proporciona influye en nuestras vidas. ‘Her’ (2013) es posiblemente el último exponente de este afán de hacer una radiografía de nuestro tiempo. Su director, el peculiar Spike Jonze, lo hace proyectando a un futuro cercano lo que hoy ya vivimos. Un futuro en el que los dispositivos de alta tecnología está completamente integrados en nuestras vidas.
La película cuenta la historia de Theodore. Tiene un curioso empleo: Escribe cartas para los demás. Su imaginación no conoce límites. Su reciente divorcio le hace refugiarse en la tecnología. Un nuevo sistema operativo con un desarrollado algoritmo de inteligencia artificial promete ser de un realismo nunca visto. Pronto, su dependencia de este software será total. El papel protagonista de Joaquin Phoenix es de lo más notable del escueto elenco. La voz de Scarlett Johansson en la versión original puede que sea un acierto, pero termina por saturar un poco y a la hora y media ya me pone de los nervios.
La idea de ‘Her’ es absolutamente original y –en mi opinión– genial y llena de posibilidades. Por eso con tal potencial es complicado realizar una película que esté a la altura. Jonze factura una cinta irregular, con momentos magistrales y también con otros ridículos. Mientras estaba delante de la pantalla tenía la sensación de que no se exprimía todo el jugo que podía dar el argumento. Hay momentos supuestamente dramáticos que usando un ácido sentido del humor, son de risa. El desenlace también decepciona por lo inverosímil y lo tramposo. La grandilocuencia y la trascendencia impostada de esta última parte de la película resulta patética. Con todo esto no quiero decir que sea una mala película. Tampoco es memorable. Haciendo la media entre la primera y la segunda hora nos sale una película aceptable, entretenida, incluso buena, pero muy lejos de lo que podía haber sido. Una lástima.
15 de febrero de 2014
Una de las cosas que más me gusta hacer es bucear por la red y recuperar viejos documentos sobre Zamora, ya sean escritos –testimonios de otros siglos–, mapas, fotografías o –los más escasos y preciados– imágenes en movimiento. Hace casi tres años os comenté el descubrimiento del que fue probablemente el documental más antiguo sobre Zamora. Su título era ‘Por Tierras de Zamora’ y fue realizado en 1933 por Fernando López Heptener.
En este caso se trata de ‘Zamora, Ciudad Sin Años’. Su autor, José Luis Viloria, es uno de los cineastas zamoranos más notables. En 1960 dirigió este reportaje de diez minutos con la colaboración de lujo de Cristóbal Halffter en la música y del poeta Claudio Rodríguez en el guión. La copia colgada en YouTube no es de muy buena calidad. Desconozco si existe otra mejor. En cualquier caso hay que agradecer a Zamora Channel el trabajo de valor incalculable que han realizado al rescatar este pequeño tesoro. El documental hace un repaso por los principales monumentos de la ciudad en la primera parte y una segunda parte dedicada íntegramente a la Semana Santa. No son muchos minutos, pero suficientes para conservar la memoria de otros tiempos y que no se pierda de cara al futuro.
3 de febrero de 2014
Para bien o para mal, el cine de Álex de la Iglesia tiene un sello inconfundible que se reconoce desde su primera película, o mejor aún, desde su primer corto. Ya en aquellas ‘Mirindas Asesinas’ (1991) con el gran Saturnino García o en su debut ‘Acción Mutante’ (1993) podían verse las peculiares señas de identidad del realizador vasco. La acción, la violencia, el humor negro, los tópicos hispánicos y una producción y ambientación muy diferentes a lo que siempre se ha visto en el cine español. En aquellos tiempos supuso un soplo de aire fresco en el rancio panorama nacional. En veinte años, De la Iglesia ha dirigido una decena de películas.
En la última, ‘Las Brujas de Zugarramurdi’, retoma el tema del satanismo que ya tocó en ‘El Día de la Bestia’. Un grupo de atracadores de poca monta junto con el hijo de uno de ellos, tras cometer un robo en Madrid, acaba en un misterioso pueblo navarro huyendo de la policía. Da la casualidad de que la localidad está repleta de brujas y malas personas que secuestrarán al niño para intentar ofrecerlo en sacrificio a las fuerzas de Satán.
Álex de la Iglesia vuelve al entretenimiento puro y duro, al humor exacerbado –y exagerado–, a la violencia excesiva y paródica. El resultado es una película muy bien rodada, bien llevada, pero cuyo guión llega donde llega. La trama está repleta de tópicos repetidos en miles de películas –quizás sean guiños intencionados– y sin más pretensión que la diversión. Y en mi opinión lo consigue. Interesante para pasar un rato con un producto nacional bien facturado.
26 de enero de 2014
Hay veces cuando uno ve una película en las que piensa en lo mal aprovechadas que están a veces las buenas ideas. ‘Gente en Sitios’, la película de Juan Cabestany realizada en 2013 y todavía en cartelera, es un buen ejemplo de ello. Cabestany plantea un puzzle en principio inconexo de situaciones de lo más diverso y absurdo, con el denominador común de la paranoia social y personal que vivimos en la actualidad.
Esa es la excelente idea a priori. Por desgracia, el resultado final, está muy lejos de esas intenciones. Cierto que hay pasajes más logrados que otros, pero el conjunto general es a veces ridículo, otras incomprensibles, otras sin rematar y otras fallidas. El aspecto de amateurismo que muchos han criticado a mi no me resulta molesto, es más, es de las pocas cosas acertadas de la película porque le aporta frescura y un toque de espontaneidad. Para el reparto, Cabestany ha contado con la flor y nata del panorama nacional, con caras muy conocidas como Ernesto Alterio, Adriana Ugarte, Coque Malla –en uno de los pasajes más logrados–, Maribel Verdú, Ernesto Sevilla o Eduard Fernández.
Es verdad que necesitamos ver en el cine español más películas diferentes a lo que estamos acustumbrados, pero aquí se echa de menos un poquito más de elaboración, de ingenio y –tal vez– de talento en el guión. Una lástima.
30 de diciembre de 2013
Aunque se ha empezado a hablar de Ulrich Siedl hace poco tiempo, a raíz del estreno de su trilogía ‘Paradies’, el realizador austríaco ya nos ha dejado algunas obras dignas de mención que hemos visto por aquí, como la brutal ‘Import/Export’, donde denunciaba el comercio de seres humanos en un amplio sentido de la palabra. Siempre guiado por un afán documentalista y social, Seidl utiliza en sus películas actores no profesionales que imprimen a su obra una dosis extra de veracidad. ‘Paradies: Hoffnung’ (2013) cierra la trilogía que comentaba antes, y que completan ‘Paradies: Liebe’ (2012) y ‘Paradies: Glaube’ (2012). Es decir, amor, fe y esperanza.
Toda la acción transcurre en un campamento para jóvenes que quieren perder peso. El lugar, de aspecto algo oscuro, siniestro y casi filofascista, será testigo de las aventuras y desventuras de estos adolescentes que sufrirán con un tratamiento de dudosa efectividad. En el desarrollo de la cinta comprobaremos como sus problemas van más allá del sobrepeso, y éste quizá sólo es un síntoma de algo más profundo.
Al igual que en sus trabajos anteriores, la cámara de Ulrich Siedl se mantiene siempre al margen de lo que le ocurre a los protagonistas, siendo un mero testigo de los hechos, sin predisponer al espectador. Esta manera de narrar del austríaco, tan fría como delicada, puede irritar a muchos, pero también ofrece muchas visiones e interpretaciones de los mismos hechos. Se intuye claramente una fuerte carga de denuncia social –soterrada, disimulada– hacia un entorno que, en todos los ámbitos de la vida, está continuamente presionando para conseguir un determinado modelo estético y de comportamiento, uniforme y falso. Aunque no es una grandísima película, sí es una obra con muchos matices y detalles para reflexionar después de ser vista.