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La bitácora personal de Ricardo Martín
Comentando cosas desde 2004
3 de noviembre de 2014

Roma en Cromavista

Una vez procesadas todas las fotografías que trajimos de nuestro periplo romano –unas dos mil más o menos– he seleccionado 287 que formarán parte de mi colección de imágenes de Cromavista. Son en total veintidós galerías con todo aquello que visitamos en Roma y el Vaticano. He aprovechado para organizar alfabéticamente por ciudades y países las galerías, así será más sencillo encontrar un lugar determinado. Espero que os gusten.

29 de octubre de 2014

Santa Maria in Cosmedin de Roma

Lo malo de no ir suficiente informado a visitar lugares históricos es que a la vuelta uno se arrepiente de no haber profundizado más en esa visita. La iglesia de Santa Maria in Cosmedin es una de las más populares de Roma, pero no precisamente por lo que atesora en su interior, ni por su arquitectura. En una de las paredes de su pronaos se encuentra desde el siglo XVII la tapa de cloaca más famosa del mundo, conocida como la Bocca della Verità (Boca de la Verdad). Cada día cientos de turistas meten la mano en su boca desgastada esperando no ser mordidos por sus mentiras.

Cuando estuvimos, no pasamos de ser uno más en la cola, a la que llegamos justo en el límite de la hora de cierre. Tras la foto de rigor entramos en el templo para salir por la sacristía, que hacía las veces de tienda de recuerdos. Pero en ese breve trayecto nos fijamos en su interior. No era, desde luego, como las otras iglesias que habíamos visto. Más nos recordaba a una sinagoga, como las que habíamos visto en Toledo, con un artesonado de madera y unas paredes sin apenas decoración. Estaba bastante oscura y no nos detuvimos demasiado. La tienda/sacristía estaba presidida por un antiguo mosaico del siglo VIII que, según se contaba, provenía de la vieja basílica vaticana de San Pedro.

Pero había un par de cosas más que a priori no encajaban. Los vigilantes que controlaban la cola del exterior, donde se agolpaba todo el mundo, tenían aspecto y nombres árabes, según podíamos leer en sus acreditaciones. También el letrero de «Templo Católico de Rito Griego Melquita» llamó nuestra atención. Era evidente que no estábamos ante una iglesia más de Roma. Ya en el hotel buscamos por internet y encontramos una entrada dedicada a la Iglesia Greco-Católica Melquita. Se trata de una antigua secta cristiana oriental escindida durante varios siglos (desde 1052 hasta 1829) del catolicismo oficial. En la práctica es un fósil viviente de la antigua religión cristiana de rito bizantino, pero no ortodoxa, sino católica. Su origen está en Siria y Egipto y uno de los idiomas litúrgicos, además del griego o el latín, es el árabe. Es posible que los cuidadores provinieran de alguno de estos lugares. Es, en definitiva, una de las iglesias católicas orientales que aún se mantienen con un millón y medio de fieles aproximadamente.

Además, por lejano que nos parezca, tiene cierta relación con España. Según la Wikipedia: «La iglesia Melquita y a la cabeza su Patriarca es además Protectora de la Orden Militar y Hospitalaria de San Lázaro de Jerusalén, Belén y Nazaret cuyo Gran Maestre es en la actualidad Francisco de Borbón y Escasany, V Duque de Sevilla.»

Por último, una cita literaria. Santa Maria in Cosmedin aparece en la novela ‘El Último Catón’, de Matilde Asensi:

—¿Santa María in Cosmedín? —preguntó Glauser-Röist, poniendo cara de no saber de qué le estaba hablando.
Farag sonrío.
—¡Es increíble! —dijo—. ¿Hay un templo en Roma que tiene un nombre griego? Santa María la Bella, la Hermosa… Creí que aquí todo sería en italiano o en latín.
—Increíble es poco —murmuré, paseando arriba y debajo de mi pequeño laboratorio—, porque, además, resulta que es una de mis iglesias preferidas. No voy tan a menudo como me gustaría porque queda lejos de casa, pero es el único templo de Roma en el que se celebran oficios religiosos en griego.
—No recuerdo haber estado allí nunca —comentó la Roca.
—¿Ha metido la mano alguna vez en la «Boca de la Verdad», capitán? —le pregunté—. Sí, ya sabe, esa efigie terrorífica cuya boca, según dice la leyenda, muerde los dedos de los mentirosos.
—¡Ah, sí! Claro que he visitado la «Boca de la Verdad». Es un lugar imprescindible de Roma.
—Bueno, pues la «Boca de la Verdad» está situada en el pórtico de Santa María in Cosmedín. Gentes de todas partes del mundo descienden de los autocares que abarrotan la plaza de la iglesia, hacen cola en el pórtico, llegan a la efigie, meten la mano, se hacen la foto de rigor y se van. Nadie entra en el templo, nadie lo ve, nadie sabe que existe, y, sin embargo, es uno de los más hermosos de Roma.
—«El templo de María está bellamente adornado» —recitó Boswell.

21 de octubre de 2014

Pequeñas cosas sobre Roma

Roma. Cuando uno piensa en Roma le vienen a la cabeza dos cosas: El Vaticano y su influencia y el Antiguo Imperio que se expandió por todo el mundo conocido durante once siglos. Y no iríamos mal desencaminados. En mi reciente visita he podido comprobarlo. Pero antes de comenzar con otros asuntos, empezaremos con esas pequeñas cosas que sorprenden al viajero que aterriza en la capital italiana:

  • Tráfico y caos. Al igual que con otros asuntos, parece que las normas del tráfico son simplemente orientativas. No se suelen respetar los pasos de peatones, y los semáforos según. También los que vamos a pie cruzamos por donde mejor nos viene, formándose a menudo una confusión tremenda entre pitidos, coches, motos, bicis, viandantes y sus improperios. A pesar de esto, es la única ciudad que conozco que cuenta con tres colores para indicar el paso de cebra. Al rojo y al verde habitual existe un ámbar que para unos será precaución y para otros temeridad. También es habitual ver vehículos aparcados en medio de un paso de peatones o encaramados en la acera (si la hubiera, que no en todas las calles del centro la hay). Es entonces cuando los que vamos a pie nos lanzamos al medio de la calle. De nuevo el caos.
  • Música y/o ruido ambiente. Es curioso comprobar cómo en todas partes hay una radio, una televisión o música puesta. Parece que a los romanos no les gusta el silencio. No es casualidad que sea la ciudad más ruidosa de Europa. Hasta en las escaleras mecánicas de las estaciones de metro podemos escuchar a volumen considerable la radio pública. En general la música, y en particular la italiana, está omnipresente.
  • El país de los mil canales. En cuestión de TDT Italia es la antítesis de España. Echando un vistazo a los canales que teníamos en el hotel, uno puede gastar las pilas del mando a distancia antes de visitar todo el dial. Eso sí, muchos son simplemente canales de televenta.
  • Una de las mejores cosas de Roma son sus fuentes. Y no me refiero a las ornamentales, sino a las que sirven agua fresca –incluso con el clima caluroso que tuvimos esos días– a los sedientos locales y visitantes. Y si no queremos agua, tenemos una amplia gama de bebidas, muchas de ellas prácticamente desconocidas para nosotros, como el chinotto (con base de zumo de naranja amarga) o el ubicuo zumo de naranja roja o sanguina, mucho más presente que el tradicional que se bebe en el resto del mundo. Eso sin contar las bebidas alcohólicas…
  • El laberinto de la pasta. Como todo, la pasta es un mundo. En Italia mucho más. Encontramos un universo de denominaciones que pueden hacer dudar al viajero no versado en el tema, sobre todo en un restaurante o en el supermercado: Linguini, tagliatelle, gnocchi, cameroni, ziti, bucatini, farfalle, rotini, agnolotti y un etcétera muy largo… Y los modos de elaboración: Los trefilados –-al bronce, al oro, al teflón–, las salsas… Pues eso, un mundo.
  • Roma, el imperio de los Smart. Estos pequeños vehículos fabricados por Mercedes-Benz están por todas partes. En general, los romanos suelen tener pequeños coches para moverse por las angostas calles del centro y poder aparcar en lugares imposibles. Le siguen otros utilitarios, generalmente de marcas italianas, como Fiat, Lancia o Alfa Romeo. En la actualidad, la policía –tanto la municipal como la estatal– cuenta con el modelo C-Zero de Citroën, un pequeño coche eléctrico para patrullar por zonas turísticas y peatonales.
2 de septiembre de 2014

Muestra Musical 104

Cuatro meses después de la edición 103, os presento Muestra Musical 104. En esta nueva entrega, y a la espera de las novedades que llegarán a partir de septiembre, repasamos algunos temas de discos ya publicados en lo que llevamos de año –algunos de ellos estarán entre lo mejor de estos doce meses– junto a otras que no habían aparecido hasta el momento. Lo mejor es dejar aquí el listado de temas y los clips que he encontrado (que no han sido muchos):

  1. The New Pornographers – Champions of red wine
  2. The Merrylees – For you
  3. Temple Songs – Point of origin
  4. The Yearning – Chasing shadows
  5. The Raveonettes – A hell below
  6. Bleached – For the feel
  7. Linda Guilala – Verano
  8. Grises – Animal
  9. Templeton – 39300
  10. Nacho Vegas – Adolfo suicide
  11. El Columpio Asesino – Ballenas muertas en San Sebastián
  12. Jack White – Lazaretto
  13. Marie Modiano – La fille à la balafre
  14. Lorena Álvarez y el Coro de Ladinamo – Cuesta abajo
  15. Sílvia Pérez Cruz y Raül Fernández Miró – Abril 74

Y los clips:

26 de agosto de 2014

León en Cromavista

Una de las pocas capitales de Castilla y León que me quedaba por fotografiar –aún queda Valladolid y Soria– es León. Son algunas calles y lugares emblemáticos, incluyendo la catedral y la Colegiata de San Isidoro, donde pudimos ver –pero no fotografiar– el famoso Cáliz de Doña Urraca. Completan el recorrido el Museo de Arte Contemporáneo de Castilla y León (MUSAC) y el Hostal de San Marcos. También nos acercamos a echar un vistazo al románico mudéjar de Sahagún con sus iglesias de San Lorenzo y San Tirso. Todas estas galerías las tenéis en mi web personal de fotografía Cromavista. Espero que os gusten.

5 de agosto de 2014

En vacaciones, ¿Muchas o pocas fotos?

A lo largo de los últimos meses estoy leyendo varios artículos en blogs que ya parece que crean tendencia. La idea implícita en todos ellos viene a decir que durante las vacaciones es mejor hacer pocas fotos que muchas, aludiendo a los viejos tiempos donde teníamos uno o dos carretes de 36 exposiciones para todo nuestro viaje. Por entonces es cierto que pensábamos mucho antes de disparar, en si el encuadre y la luz eran buenos y si verdaderamente queríamos inmortalizar ese momento. Pero el resultado no necesariamente era mejor que en los tiempos digitales. Mi reflexión es la siguiente: Tirar más fotos no nos hace mejores fotógrafos, pero tampoco lo hace el hecho de limitarnos artificialmente. La calidad no tiene nada que ver con la cantidad, pero la cantidad ayuda, al menos en mi caso.

Uno de los grandes aciertos de la fotografía digital es que pulsar el disparador de nuestra cámara nos sale casi gratis, podemos repetir el encuadre de la foto, ver el resultado en el momento o corregirla por software posteriormente. Lamentablemente en la práctica, los viajes que hacemos, sobre todo al extranjero, no nos permite pararnos a sentarnos y buscar la mejor composición. Casi intuitivamente voy probando posibles encuadres interesantes, diferentes, a veces fruto de la casualidad, de la experiencia o de las dos. Todo ello a gran velocidad y sin preocuparme de si estoy tirando muchas o pocas fotos. Para eso llevo seis o siete tarjetas de memoria.

El proceso de selección viene después, ya en casa. Y muchas veces es complejo y largo. Si de un viaje de una semana puedo volver con unas cinco mil fotografías, finalmente en mi disco duro guardaré seiscientas o setecientas como mucho. Para mí, una de las claves es poder elegir entre varias. Es raro que entre veinte o treinta tomas similares no encuentre una que me guste.

Pero por supuesto, cada uno tenemos nuestra técnica y nos va bien siguiendo unos determinados procedimientos que quizás a otros espante. Al final, lo importante es que el resultado nos satisfaga.

10 de julio de 2014

Renfe, una reflexión sobre la mala gestión

A lo largo de los últimos meses he viajado en tren más de lo que lo solía hacer, por razones que no vienen al caso. La cuestión es que he notado como en los últimos viajes, concretamente los dos últimos, han sido bastante accidentados. El primero fue en mayo y me llevaba de Cáceres a Madrid en un Intercity no muy antiguo. A medio camino la máquina se quedó sin tracción. Tras varias decisiones erróneas nos quedamos tirados en medio del campo en la provincia de Toledo. El retraso final fue de unas tres horas. Por supuesto se nos reintegró el importe del billete. El segundo, ya en junio, cubría el trayecto Madrid-Zamora en un Alvia 730. Aquí el problema no vino por el tren en sí, sino por el retraso acumulado del Alvia procedente de A Coruña que le precedía. Salió con 33 minutos de retraso y llegamos a Zamora con 44. Se nos reintegró la mitad del importe.

Estos hechos, que hacen reflexionar a cualquiera, quizás sean síntomas de que algo no funciona bien en Renfe. Puede sonar obvio, pero cuando el revisor de aquel primer viaje, parados en medio de un olivar sin energía eléctrica ni potencia en los motores, se lamentaba de la falta de mantenimiento en unas máquinas que apenas tenían diez años. A nuestra memoria vino inmediatamente el accidente del Alvia del verano pasado, el mismo trayecto y un tren idéntico al que se retrasó 44 minutos el otro día… ¿Dónde ha quedado la época gloriosa del Talgo, hito de la ingeniería española y una de las tecnologías más exportadas de nuestra historia?

Para concluir, también en aquel primer viaje en el Intercity se escuchaban en las conversaciones del pasaje palabras como privatización. Recordé de inmediato la catastrófica «externalización» del modélico sistema de ferrocarriles británicos durante la era Tatcher: Retrasos, falta de mantenimiento, accidentes y subida de precios. En definitiva, dejaron de ser competitivos frente a otros transportes. El tren es mi medio de transporte favorito, el más seguro para distancias medias y cortas, y también el más cómodo con diferencia. Lamentablemente en España la red está obsoleta y sólo se está poniendo el foco en la alta velocidad, muy cara de construir, de mantener y que quizás en el futuro no pueda sostenerse. Por contra, las líneas de trenes convencionales languidecen poco a poco –aquellos que no languidecieron hace años ya–. Pero esa es otra historia.



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