Hace más o menos una hora me he sentado delante del ordenador intentando escribir algo interesante, algo curioso, algo con cierta reflexión de cosecha propia, pero no he sido capaz. Las musas hoy deben estar de vacaciones… Como digo no será por no haberlo intentado. Y eso que los temas que tenía pensados para hoy eran de lo más variopinto:
El asunto del día, desgraciadamente, ha sido el nuevo atentado de ETA con una víctima mortal, varios heridos y muchos destrozos. Tenía intención de escribir sobre ello, sobre si sólo existe la solución policial y si esa solución podría dar alguna vez frutos definitivos. O si quizás en el futuro, se debería plantear otro marco, otro tablero de juego para que el que, por supuesto, no hiciera falta saltarse la legislación vigente… Una negociación «de verdad». Pero me resultaba un tema demasiado polémico y quizás alguien malinterpretaría mis palabras.
Pasé a la segunda opción para hoy. Últimamente estoy viendo unos cuantos blogs con un diseño bastante interesante. Todo fue a partir de haber leído un artículo sobre los 15 mejores ejemplos de uso de la tipografía en sitios web. Todas esas webs se ven perfectas en el Mac, pero no sé si serán tan bonitas en un triste PC… Pero como podéis imaginar, esto tampoco daba para una entrada del blog.
La tercera bala de la recámara era sobre un tipo que colecciona etiquetas de limonada soviética, aunque no es exactamente limonada, sino una bebida llamada tarhun (Тархун). Parece ser que a lo largo y ancho de la extensa Unión Soviética existían muchos fabricantes de este refresco y sus botellas llevaban unas etiquetas como mínimo curiosas que este hombre se ha dedicado a coleccionar. Lo leí en el impagable Papel Continuo, pero me parecía un asunto demasiado friki y poco interesante…
Así que al final se me acabaron los temas y quizás también las ganas de ponerme a escribir sobre algo nuevo… Otro día será.
Estos días he estado viendo unos documentales impresionantes sobre las filmaciones en color de la segunda guerra mundial, muchas de ellas inéditas. De entre todas las secuencias me quedo con las que reflejan el estado de la ciudad de Berlín en mayo de 1945, pocos días después de la rendición nazi, captadas por dos militares norteamericanos desde un avión. Un ejemplo del resultado de la barbarie, el fanatismo y la cerrazón humana (la música no le pega mucho pero bueno…).
Hemos tenido que esperar cuatro años para poder escuchar el nuevo trabajo de Serpentina. El dúo valenciano nos sorprendió en 2004 con su debut en largo ‘Blancamañana’ (Annika Records). Su estilo, a pesar de basarse principalmente en referencias de los años sesenta, sonaba completamente diferente a cualquier otra cosa hecha en nuestro país en los últimos tiempos, quizás con la única excepción de los desaparecidos Niza. Aquel disco nos dejó al menos un par de temas antológicos y no exentos de cierta ironía y mala leche. Me refiero a ‘El apartamento’ y ‘Demasiado azúcar’. Aún hoy forman parte de mis listas de reproducción.
El nuevo ‘Planeando en Tu Azotea’ (Elefant Records, 2008) era muy esperado, y creo que no ha defraudado a nadie. Los temas que contiene, siempre cortos y sencillos, superan en su conjunto a su predecesor aunque no tiene «canciones bandera», el resultado es más coherente y luminoso. A mi me ha resultado mucho más difícil elegir mis cortes favoritos.
Su primer sencillo es ‘Querido miedo’. Quizás es un tema que no le hace justicia a todo el conjunto. Otros como ‘El universo’ o ‘Tan fácil’ me gustan más. Pero bueno, para gustos se hicieron los colores. ‘Querido miedo’ es además, si no me falla la memoria, su primer videoclip. Es interesante, pero poco original (sobre todo esos cuadraditos en plan Mondrian) y un pelín soso.
Hoy sale en muchos blogs la noticia de que la corporación RTVE ha colgado una versión preliminar de su nuevo website corporativo. Reconozco que tenía grandes expectativas sobre los resultados. Había escuchado hablar bastante sobre los servicios que incluiría, sobre todo el archivo. Pero por desgracia, esas expectativas no se han visto satisfechas. No de momento…
Con esto no quiero decir que no mejore respecto a la antigua web. Aunque claro, tampoco había que hacer mucho esfuerzo para hacer algo mejor. Nada más entrar, la vista se me ha ido hacia esa rayita de colorines que se mueve… ¿De quién habrá sido la brillante idea? Siguiendo con lo puramente estético, llama la atención el desprecio absoluto por los colores corporativos de la cadena. Es más, los colores que se utilizan en la web chirrían un poco. No sé a qué vienen esos rótulos en plan CNN pero con tonos rosas y azules o el fondo negro de la cabecera. Ved, por ejemplo, las webs de la BBC o de France 2, donde en ningún momento se rompe la armonía.
Una de las características que había despertado más expectación es el archivo. En teoría allí se va a volcar buena parte del abundante material que nuestra televisión guarda. De momento podemos ver poca cosa. Sólo algunos fragmentos de pocos minutos de programas y momentos históricos, pero nunca en sus emisiones originales, sino dentro de otros espacios recientes dedicados a recordar aquellas imágenes. Esperemos que cuando la versión final de la web esté lista, sea un verdadero archivo con programas completos, tal y como se emitieron. Donde sí tenemos los programas completos (algunos) es en otro nuevo servicio llamado TVE a la carta, donde podremos ver espacios ya emitidos, incluidas las series de producción propia.
Es pronto para emitir un veredicto y aprecio el esfuerzo que la televisión pública está haciendo por modernizarse, pero pienso que aún quedan algunos obstáculos que salvar, «soltarse un poco» con el tema de internet y darle a la web la excelente imagen que puede verse en las cortinillas y cabeceras de televisión.
Desde que empecé a hojear publicaciones técnicas foráneas, bien a través de internet o bien en libros, empecé a apreciar (y a envidiar) la forma tan exquisita en la que estaban maquetados, sin dejar al azar ningún detalle. No hay duda de que en el mundo anglosajón hay mucha más tradición y se pone más cuidado a la hora de hacer documentos con «buen aspecto». Desde los documentos administrativos hasta los científicos, ingleses y norteamericanos siempre me han maravillado en ese tema.
Por estas tierras tenemos algunos vicios y defectos que hemos de desterrar si queremos que tomen en serio nuestros trabajos. En mi día a día he visto documentos oficiales de la Administración escritos con Comic Sans, con cuerpos de letra enormes (16 o 18 píxeles, no exagero), títulos hechos con el nefasto WordArt, márgenes descuadrados y demás horrores. Supongo que ante eso poco se puede hacer. No importa que uno domine el Word o el procesador de textos de turno mientras la cultura de confección de documentos sea nula. Y menos mal que todas las administraciones dictan normas estrictas, con plantillas incluidas, sobre la apariencia que han de tener los escritos. Pero ni con esas…
Así que me he decidido a hacer un «octálogo» de obviedades (porque es lo que son) fruto del sentido común. Nada más. La idea que subyace en cada uno de estos «mandamientos» es el de aprovechar las enormes posibilidades que nuestro procesador de texto nos permite hacer. En nuestro día a día apenas utilizamos un 2 o un 4% de las opciones. Muchas de ellas nos pueden facilitar mucho las cosas y ahorrar tiempo.
Antes de nada conviene tener claro de antemano qué aspecto le vamos a dar a los diferentes elementos de nuestro documento. Improvisar no suele dar buen resultado. Lo mejor es elaborar un «documento piloto» con todos los elementos y sus formatos respectivos para saber si el resultado es el esperado. Incluso si nos queremos tomar la molestia podemos crear un estilo propio. Es aconsejable sobre todo cuando tengamos muchos documentos que formatear.
Usa las fuentes adecuadas y no intentes combinaciones imposibles. Los tipos de letras que vienen con Word u otro procesador son más que suficientes para cualquier tipo de documento. No instales nuevas fuentes sólo porque te parezcan bonitas, los resultados no suelen ser buenos. Hay tipos que entre ellos no se llevan nada bien. No hay ninguna regla sobre ello, así que hay que confiar en el gusto y el sentido común de cada uno.
Juega con los tamaños y los formatos de las fuentes. Una buena combinación de cursiva, negrita, fuentes en versalita y otros formatos puede dar un resultado muy profesional. No olvides ajustar el interletrado si utilizas cuerpos de letra muy grandes. Suele proporcionar un efecto más agradable a la vista. También es importante el interlineado, sobre todo para textos densos, porque ayuda a la lectura. ¡Cuidado con los colores! Evita su uso a menos que sea imprescindible, y siempre de forma discreta.
Cuida los márgenes. Procura que sean generosos si hay mucho texto. Los renglones cortos son más fáciles de leer. Mantén una coherencia a la hora de tabular tu texto porque ayuda a jerarquizar mentalmente los párrafos.
Cuida que los símbolos (porcentaje, euro, guiones, comillas) estén bien puestos y sean coherentes. Ya no digamos si hay fórmulas matemáticas. En ese caso usa el editor de ecuaciones. Te facilitará mucho el trabajo.
No menosprecies el poder de tu procesador de textos. A lo largo de los años, las aplicaciones de edición de documentos han mejorado mucho y han incorporado funciones que ni siquiera sabemos que existen. Con el procesador de textos Word (y con cualquier otro también) se pueden hacer muchas más cosas de las que imaginas (índices, citas al pie, hiperenlaces dentro del documento, columnas).
Pon cabeceras, encabezados y pies de página (y que sean discretos) y numera las hojas del documento.
Cuida la ortografía. No necesita comentarios. Me he encontrado muchos documentos presuntamente serios pero con faltas.
Sé original y elegante. Un documento ha de ser legible, eso es lo primero. Pero no significa que no pueda tener algo de creatividad, siempre que sea en aras de una mayor claridad. Así de repente se me ocurre usar sombreados, grandes márgenes o tipos de tamaños exagerados para marcar por ejemplo el comienzo de una nueva sección.
A ver si conseguimos entre todos que nuestros documentos sean un poco más elegantes…
Siempre me ocurre lo mismo a la hora de comentar una película oriental, sobre todo si es japonesa. Uno sabe lo que quiere escribir pero nunca acierta con las palabras exactas. El análisis se vuelve casi imposible, indescifrable. Algo así me ha pasado con ‘Shara’ (2003) de Naomi Kawase. A pesar de haber leído unas cuantas críticas, ninguna de ellas en mi opinión, consigue reflejar el punto de vista sobre la película. Muchas caen en la pedantería, en las explicaciones enrevesadas que contrastan con la sencillez apabullante de la cinta.
La historia cuenta la vida de Shun y cómo vive la desaparición de su hermano Kei mientras jugaban en un jardín. Esa desaparición marcará su existencia y la de su familia y vecinos del barrio. Pero lejos de resignarse, Shun decide mirar adelante porque la vida sigue y el oscuro pasado queda cada vez más atrás.
Kawase tiene esa rara virtud que sólo tienen sus compatriotas de aunar esa simplicidad y esa parquedad de palabras tan cortante. Desconcierta pensar que ‘Shara’ cuenta más con sus elipsis y con las miradas de sus protagonistas que con sus palabras. De hecho, el film tiene muy pocos diálogos y muchas largas escenas en principio intrascendentes, pero que arman una estructura que cobra sentido a medida que avanzan los minutos. El simbolismo también tiene un papel muy importante. La naturaleza, la vida y la muerte (real o figurada), las relaciones familiares o el arte se mezclan con la vida cotidiana japonesa.
Estoy seguro de que en la traducción de los subtítulos se quedan muchas claves para entender la película. Sólo conociendo la idiosincrasia y la cultura del país asiático puede comprenderse por completo. Para quien quiera leer un artículo infinitamente más profundo de la película le recomiendo uno en la (abandonada) web de cine Tren de Sombras.
La primera vez que oí hablar de las baladas Child fue leyendo el libro ‘The Drifters’ (1971) (aquí peregrinamente traducido como ‘Hijos de Torremolinos’) de James A. Michener, una de mis novelas de cabecera. En él, una de las chicas protagonistas llevaba siempre una guitarra con la que tocaba estas baladas. Hace ya unos doce años de aquello, y en su día me picó la curiosidad sobre esas baladas, pero no llegué a encontrar nada. Buscando estos días por internet he encontrado algo de información, tampoco mucha, y casi siempre en inglés.
Las baladas Child reciben su nombre del investigador Francis James Child que fue quien, entre 1882 y 1898, se dedicó a recopilar cánticos populares de Escocia e Inglaterra. Estas baladas emigraron junto a los primeros colonos hacia el nuevo mundo, por lo que existen versiones «americanizadas» de muchas de ellas. Todas ellas llegaron a nuestros días a través de viejos documentos que Child recopiló. En total son 305 baladas que abarcan cinco siglos (entre el XIII y el XVIII). Viendo la lista completa de títulos, puede adivinarse que la temática predominante era la fantástica, los cuentos de hadas, las gestas épicas del Rey Arturo, de guerreros, reyes, princesas, elfos y demás personajes del imaginario popular medieval. Unos cincuenta de estos cantos narran las hazañas y aventuras de Robin Hood.
Pero fue durante los años sesenta cuando el movimiento folk (y a veces no tan folk) reivindicó y versionó muchas de estas baladas. Joan Baez o Art Garfunkel están entre ellos. A pesar de su popularidad dentro del mundo anglosajón, apenas son conocidas fuera. De hecho, que yo conozca, ninguna de estas baladas han sido traducidas ni se ha publicado ningún libro sobre ellas en castellano. No hay más que echar un vistazo por la internet en español para darse cuenta de que apenas existe información en nuestro idioma. Así que ahí queda este apunte…
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