El mail art o arte postal es una curiosa y minoritoria forma de arte. De hecho hasta hace sólo unos días desconocía su existencia. Consiste en el envío por correo de cualquier cosa realizada mediante un proceso creativo y original. Por supuesto que lo que se considera arte es muy discutible, pero ese sería otro debate. Lo más usual es el envío de fanzines, tarjetas, poesías o dibujos, pero también hay piezas que superan los convencionalismos y aprovechan todas las peculiaridades del correo postal en beneficio del arte convirtiendo, por ejemplo, un simple sobre en parte indispensable del arte.
El origen del mail art como tal hay que buscarlo en los años 60 en Estados Unidos. Es en esta época cuando el teléfono ha sustituido en parte las comunicaciones. El correo queda como medio alternativo a la frialdad de los métodos electrónicos y como una forma de comunicación artística y «física». En 1962, el artista pop Ray Johnson fundó la New York Correspondance School of Art, que concentró buena parte de los artistas que trabajaban en el país. Su apogeo llegó en los años setenta y comienzos de los ochenta.
Aunque hoy día el mail art sigue vivo, ha sido sustituido en parte por el correo electrónico y la web, que son sus herederos naturales. Las nuevas técnicas de arte electrónico están ya muy desarrolladas y acabarán tarde o temprano con el mail art analógico. Pero simplemente será una evolución más en las formas de lo que puede ser el arte. Creo que el medio es lo de menos.
El diseño de interacción es quizás uno de los aspectos más importantes del éxito de un sistema interactivo, ya sea éste una aplicación informática, un sitio web, el menú de un reproductor de DVD, un manual de instrucciones o un servicio automatizado de atención telefónica. El desarrollo de interfaces siempre me ha interesado precisamente porque es la parte visual de todo proyecto y la clave de su atractivo. Un atractivo que va mucho más allá de lo puramente estético. Los interfaces no sólo han de ser agradables al uso, sino sencillos, intuitivos y deben adelantarse al propio usuario. Cada día interactuamos en nuestra vida con muchos sistemas y su progresión va en aumento.
El otro día descubrí una nueva revista sobre diseño de interacción llamada Faz. No nace con la vocación de llegar a todos los públicos, pero es una estimable fuente de información para profesionales, aficionados y curiosos. El primer número de Faz se presenta en formato revista PDF bajo un diseño exquisito. Sus artículos están firmados por algunos de los grandes teóricos de la interacción en el mundo hispano.
La publicación cuenta con artículos sobre el dilema especialización contra homogeneización, sobre interfaces e intuición, una comparación formal entre la web española y la chilena, una entrevista con Eduardo Manchón sobre mapas interactivos en sistemas de navegación GPS, un interesante reportaje sobre los cajeros automáticos y muchos más contenidos. Le he echado una ojeada y merece la pena leerla con detenimiento.
Acabo de ver los informativos de televisión y me ha sorprendido el eco que ha tenido la noticia de los disturbios entre fascistas y antifascistas aquí en Cáceres. Digo que me ha sorprendido porque me he enterado a través de los medios de comunicación de que hubo problemas. El detonante ocurrió hace un par de semanas cuando se celebró una concentración en pleno centro de la ciudad para protestar por el asesinato del joven antifascista Carlos Palomino en Madrid. La continuación de los incidentes nos llevan al día de ayer, cuando en la Plaza Mayor de Cáceres un skinhead atacó con una najava a un joven. Hasta ahí los hechos.
La repercusión que han tenido todos estos tristes acontecimientos en los medios nacionales ha sido, a mi juicio, desproporcionada. No quiero decir que no sea grave, sino que algunos medios, sobre todo televisiones, magnifican la noticia peligrosamente creando un clima que quizás no haya. Hace unos minutos, en ‘Noticias Cuatro’ se hacía un gran despliegue con conexión en directo desde aquí, con el subtítulo sobreimpresionado de «Calma tensa». Desde luego la calma era total. Yo mismo he podido comprobarlo hace escasas dos horas. Lo de la tensión es algo subjetivo, pero yo ni siquiera vi un dispositivo policial especialmente numeroso. Lo normal tratándose de un sábado por la noche. Para aquellos que vean el informativo desde otras partes de España pensarán que estamos casi bajo toque de queda o en alerta y que las peleas entre extremos políticos son contínuas.
Pienso que los medios tienen que tener cuidado con la forma de proporcionar información a los ciudadanos. Adornar la noticia puede dar audiencia y vistosidad al asunto, pero también extendiende una sensación falseada de inseguridad, algo que hay que evitar a toda costa.
He visto hace poco el documental ‘Outfoxed: Rupert Murdoch’s War on Journalism’. Dirigido y producido por Robert Greenwald, un conocido activista muy crítico con la actual administración norteamericana, disecciona con multitud de testimonios y cortes de vídeo la política empresarial y de información de la que hoy día es Fox Corporation, el mayor conglomerado de medios de comunicación del planeta que llegan a más de cuatro mil millones de espectadores potenciales. Si ya de por sí tal uniformidad es mala, no lo es menos la práctica informativa.
El canal Fox News, inaugurado en 1996, es quizás el medio más polémico y el principal protagonista del documental. De todos es conocido su papel durante la elección de George W. Bush, los atentados del 11-S o las guerras en Afganistán e Irak. Fox News hizo en todos estos asuntos alarde de parcialidad, compadreo y complacencia con la derecha más conservadora y no dudó en tergiversar la realidad cuando lo creyó conveniente. En el documental se dan unas cuantas pruebas de ello. Por ejemplo hablan varios periodistas despedidos de su trabajo por no plegarse a las exigencias o simplemente hacer comentarios inadecuados sobre temas espinosos. Se denuncia también el gusto de Fox News por los publirreportajes políticos hacia figuras como Ronald Reagan o el propio Bush. El canal de Murdoch maneja como pocos el borroso límite entre la noticia y la opinión, entre la realidad deseada y la verdadera. Para ello utiliza varias técnicas:
Para los asuntos que le resultan incómodos: confundir, difundir un mensaje confuso. Mostrar rótulos que distraigan la atención, la desvíen o distorsionen la percepción de la noticia.
Simplificar la realidad hasta límites infantiles. Sólo existe el blanco o el negro.
Ridiculizar a quienes no sirven a sus intereses. Hacer comentarios burlescos.
Modificar las declaraciones del adversario hasta hacerlas irreconocibles y llevarlas a su terreno. El proceso es lento, pero implacable.
Aludir a fuentes de información confusas (inventadas) para introducir mensajes e ideas subjetivas para después convertirlas en un mantra a repetir hasta la extenuación.
Me ha llamado la atención especialmente un caso que trata el documental. Me refiero a la intervención de Jeremy Glick en ‘The O’Reilly Factor’, uno de los programas más ultras de Fox News (que ya es decir). Glick es un joven que perdió a su padre en los atentados del 11-S y que firmó un manifiesto en contra de la guerra de Afganistán. Sabiendo a quién se enfrentaba, se preparó a conciencia estudiando a O’Reilly con vídeos grabados. Se dió cuenta de que cuando los invitados que acudían al programa era «hostiles», el tiempo que tardaba en hacerlos callar era muy similar. De este modo, planificó su intervención casi al segundo. En él hablaba de que la Fox había utilizado en beneficio propio los atentados de Nueva York y que el pueblo de Afganistán no eran los culpables, sino que los radicales islamistas fueron armados y formados por la administración norteamericana para que lucharan contra los rusos durante la invasión del país. Para nosotros eso son obviedades, pero supongo que para el espectador medio de la Fox News supuso un shock. O’Reilly mandó cortar el micro de Glick y le acusó de ser un radical izquierdista. En los meses siguientes, O’Reilly tergiversó sus argumentos para desacreditarlo. Pero para entonces, el joven era ya un héroe entre los opositores de la guerra de Afganistán y de Irak.
Aquí dejo el vídeo de la intervención. Está en inglés, pero no lo he encontrado con subtítulos:
Por último decir que muchos de estos métodos tan poco éticos me recuerdan casi milimétricamente a los de otros medios muchos más cercanos a nosotros. Y no quiero señalar…
No hace mucho tiempo que llegó a mis manos el último disco del dúo neoyorkino Ratatat ‘Classics’ (XL Recordings, 2006). Como puede verse, no es un trabajo reciente, pero es ahora cuando la banda se está dando a conocer, al menos en Europa. Buena parte de la culpa viene de sus demoledores directos. Pero no, no hablamos de una banda de rock, ni de heavy metal. Ratatat han elegido el camino de los instrumentales mitad electrónicos mitad eléctricos que en ‘Classics’ tienen vocación precisamente de eso, de clásico. No me refiero a ser referencia obligada para las generaciones futuras, sino a que el corte de sus composiciones nos remite a la música clásica.
Por eso quizás nos pudieran recordar a unos Tortoise sin referencias jazzísticas o al hieratismo de Boards of Canada, pero seguramente el símil no sea del todo ajustado. Ratatat usan en algunos temas órganos casi religiosos. Podemos encontrar además desarrollos lentos pero imparables, nunca estridentes, como si midieran cada uno de los acordes. Se ha dicho, y creo que con mucho acierto, que Ratatat suenan como «si un robot tocara la guitarra». Y si esto fuera poco, hay algo que también lo emparenta con el hip hop. Los ritmos sincopados y las bases sampleadas parecen esperar a que un MC comience su fraseo. De hecho han remezclado a los grandes del ritmo urbano en sus ‘Mixtapes’ que pueden descargarse gratuitamente desde su web oficial.
Para hacerse una idea de quiénes son, lo mejor es escucharlos, bien a través del MySpace de la banda, de sus dos disco publicados hasta la fecha ‘Ratatat’ (XL Recordings, 2004) y el antes mencionado ‘Classics’, o ver un vídeo no oficial de ‘Wildcat’, el primer sencillo de su segundo trabajo:
En el imaginario popular, la maquinaria del Estado está compuesta de instancias, oficios, fotocopias, resoluciones, cartas, notificaciones y un sin fin de documentos. El «papeleo» lo solemos llamar. Cuando se ve desde dentro, uno se da cuenta de que esa sólo es la punta del iceberg. Internamente, el papel todavía es moneda común en las comunicaciones internas entre las diferentes unidades y delegaciones. Es cierto que el correo electrónico ha conseguido en los últimos años reducir algo el volumen y agilizar las gestiones, pero por otro lado también lo ha ampliado. Inexplicablemente, en mi oficina los correos electrónicos se archivan después de ser imprimidos. Nunca lo entenderé.
Un asunto aparte es el papel que se pierde por errores o duplicados no necesarios. Durante los últimos días he estado llevando un pequeño control de lo que se imprime por una de las nueve impresoras que hay en el departamento donde trabajo. Siendo benevolentes, en torno a una cuarta parte de los papeles que salen de la impresora son inútiles. Eso significa que, de los aproximadamente 1000 o 1500 folios utilizados a lo largo de una semana laboral, entre 333 y 375 van directamente a la papelera, víctimas muchas veces de la precipitación, de la falta de conocimientos informáticos o sencillamente de tener «gatillo fácil» con el botón de imprimir.
Aún así, creo que se pueden aprovechar los recursos muchísimo más. La informática ha de servir para simplificar nuestro trabajo y también para agilizarlo, no para generar más problemas y más papel. Si no se imprimieran los correos electrónicos de mi oficina para archivarlos y se guardaran «virtualmente», se ahorraría por lo menos un tercio del papel. Cada vez más, las nuevas aplicaciones informáticas que utiliza la Administración en sus distintas facetas, van dirigidas a minimizar el papel.
Parece mentira que a estas alturas, el sector público esté aún en la fase inicial de la informatización. En mi opinión, la culpa es principalmente de los directivos locales, a menudo faltos de cultura informática, que intentan combinar el antiguo sistema de «papeleo analógico» con los nuevos medios digitales, cuando de lo que se trata es de sustituirlo. El único papel que debe aparecer es el que entrega o recibe el ciudadano. Y cada vez menos, gracias a la Administración Electrónica.
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