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La bitácora personal de Ricardo Martín
Comentando cosas desde 2004
17 de septiembre de 2013

‘Ilustres Ignorantes’

A menudo suelo decir que la televisión no es sólo telebasura, debates políticos estúpidos, noticias manipuladas y sensacionalistas o fútbol. Existe una televisión un tanto «oculta» que para acceder a ella hay que «rebuscar» un poquito. Internet nos ha facilitado mucho ese trabajo. Uno de esos espacios que hacen que todavía nos guste la «caja tonta» es ‘Ilustres Ignorantes’. Se trata de un programa de humor que lleva emitiendo Canal+ desde el otoño de 2008. Pero lo que podemos ver no es comedia al uso, sino más bien divagaciones, pensamientos, «idas de olla» disfrazado en forma de concurso.

Presentado por Javier Coronas, a quien conocimos en ‘Lo + Plus’ (otro programa de la casa cuando aún era en abierto), en cada emisión se invitan a dos personajes más o menos conocidos que participan junto a los dos habituales, que son los humoristas Javier Cansado (de Faemino y Cansado) y Pepe Colubi, que tratarán un tema concreto. La grabación se realiza bien en un plató o bien en la sala Galileo Galilei de Madrid y tiene una duración de media hora.

El resultado de los programas suele ser bastante irregular y depende mucho de quiénes sean los invitados. Los hay que dan mucho juego y también otros que no tanto. En cualquier caso siempre es interesante ver a una celebridad metida en un brete a costa del resto de participantes. Posiblemente el gran logro de ‘Ilustres Ignorantes’ sea su libertad para hablar de cualquier cosa sin las cortapisas de una televisión en abierto. Y eso se nota bastante porque se suelen abandonar las poses para convertirse en una conversación casi privada.

Otra cosa interesante es que todos (o casi todos) los programas pueden verse en la propia web de Canal+ y comprobar como se desenvuelven Mario Vaquerizo, Miguel Ríos, Paula Vázquez, Millán Salcedo, Berto Romero, Flipy, Florentino Fernández, José Mota, Jorge Garbajosa y un etcétera muy largo.

Os dejo con uno de los programas, el especial quinto aniversario celebrado este año:

10 de septiembre de 2013

La Fundación Robo

El mundillo del pop y del rock independiente nacional se sigue moviendo. De hecho pocas veces en el pasado ha estado más vivo. Internet permite nuevas formas de colaboración y nuevas posibilidades a la hora de crear iniciativas originales. Una de las que más me ha llamado la atención últimamente es la Fundación Robo, un proyecto colectivo formado por músicos independientes de todo tipo que firman canciones colectivas bajo el nombre genérico de Robo.

De clara inspiración revolucionaria –la idea surgió durante los eventos del 15M y su espíritu está en todas sus canciones– el asunto ha cristalizado en una colección de treinta y dos temas entre los que hay versiones y composiciones originales realizadas por gente muy conocida del mundillo como Lisabö, Nacho Vegas, Atom Rhumba, Grande-Marlaska, Grupo de Expertos Sol y Nieve, Jonston, Tachenko, Albert Pla, Fernando Alfaro, Refree, Pony Bravo o Triángulo de Amor Bizarro, pero ocultos bajo el seudónimo de Robo. Según la web, querían hacer una especie de ente colectivo artístico a lo Wu Ming (grupo colectivo de novelistas italianos).

El resultado son un grupo de canciones peleonas, de letras inquietas y reivindicativas que reflejan por una parte las injusticias de la sociedad actual y por otro las formas de luchar contra ellas. Además de la música, se han filmado tres videoclips y un documental de título ‘Populismo Musical’ con el que os dejo a continuación. Por cierto, tanto los temas como los vídeos pueden descargarse libremente de su página de Bandcamp.

Populismo musical: películas caseras de la Fundación Robo from Coopernic on Vimeo.

6 de septiembre de 2013

‘Los Misterios de Madrid’ de Antonio Muñoz Molina

Entre agosto y septiembre de 1992, Antonio Muñoz Molina publicó en 27 entregas para el diario El País ‘Los Misterios de Madrid’. El por entonces recién galardonado premio Planeta con ‘El Jinete Polaco’ recupera uno de los personajes de ese universo tan personal que retrató magistralmente en su galardonada obra.

Lorencito Quesada es un cincuentón dependiente de un rancio local de tejidos de nombre ‘El Sistema Métrico’ en la localidad imaginaria de Mágina (Jaén). Quesada, amable, beato, ingenuo, anacrónico pero inteligente, tiene ínfulas de periodista, aunque sólo ha publicado algún artículo menor en el diario local ‘Singladura’. Quien haya leído ‘El Jinete Polaco’ ya lo sabrá. Pero en ‘Misterios de Madrid’ se embarcará en una aventura como poco rocambolesca, digna de un folletín decimonónico, repleto de momentos cómicos, disparatados e inverosímiles.

La acción se ambienta en el Madrid de la capitalidad cultural europea. El Santo Cristo de la Greña, una imagen señera de la Semana Santa de Mágina ha sido robada. En el delito está implicada una insigne celebridad de Mágina. La acción llevará a Lorencito Quesada a emprender una investigación en la Villa y Corte durante la cual se sucederán hechos increíbles en los más insospechados escenarios de la capital, desde la pensión de Santa María de la Cabeza hasta la Torre Picasso.

Esta obra, considerada menor dentro de todas las de Muñoz Molina, se disfruta a cada momento. Quizás sea por su formato original por entregas, pero en cada página existe un pequeño clímax o un giro de su alocado argumento. Mientras lo leía me acordaba de esas desternillantes obras del detective loco de Eduardo Mendoza (‘El Misterio de la Cripta Embrujada’, ‘El Laberinto de las Aceitunas’ o ‘La Aventura del Tocador de Señoras’), en los que las descripciones son más caricaturas que reflejo de la realidad. Sin embargo, hay algo que no acaba de encajar. Da la impresión de que Muñoz Molina no se encuentra del todo cómodo con este género, aunque sale razonablemente airoso del lance. La obra que sacará más de una sonrisa, especialmente a quienes, como yo, hayan leído más de una vez ‘El Jinete Polaco’ y lo tengan siempre a mano, casi como un libro de cabecera.

2 de septiembre de 2013

Una semana en París: Louvre de «garrafón»

El museo del Louvre es un pequeño mundo en el que uno puede perderse días y días. La cantidad de pasillos, habitaciones y escalinatas son inabarcables. Mucho más para el pobre visitante que siempre ha de jugar contra el tiempo, el cansancio y la saturación. Nuestra visita, de unas cinco horas, apenas sirvió para hacernos una idea de la grandeza del recinto y de la cantidad inmensa de obras que conserva.

Mi obsesión era –no sé si finalmente lo conseguimos– fijarme sobre todo en el edificio y todo lo que ocurrió allí dentro en el pasado con ojos distintos que los del turista «normal». El mero hecho de intentar ese ejercicio tal vez nos dio otra perspectiva con el que contemplar el museo. El Louvre es un buen lugar para escrutar al ser humano –absorto con sus planos o sus cámaras–, su comportamiento y cómo al final se deja arrastrar por lo banal. Basta tener un poco de espíritu crítico y sentarse en uno de los bancos de cualquiera de las salas. Veremos pasar a cientos de personas que no parecían mostrar ningún interés por el arte (muchos no habrán visitado el museo de su ciudad), como si miraran el escaparate de unos grandes almacenes de una calle comercial. Con suerte veremos detenerse a alguien delante de un cuadro, una escultura o un objeto cualquiera. Lo fotografían y se marchan. Pero la gran mayoría pasa de largo camino no sé muy bien de dónde. O sí. La Mona Lisa es, por supuesto, la estrella indiscutible. Decenas de personas se amontonan permanentemente delante de la obra de Da Vinci. Todos se afanan en fotografiar con móviles, iPads y cámaras ese pequeño cuadro que la mercadotecnia del arte ha elevado a icono del mundo occidental.

El Louvre es, con todo lo bueno y todo lo malo, el máximo exponente de ese horrible término denominado la «industria de la cultura». Varias tiendas repartidas por todo el recinto animan a llevarse un recuerdo –todos bastante feos, por cierto– a un precio abusivo. Y como si la mercantilización de la cultura no estuviera suficientemente clara, una de las entradas/salidas se realiza desde los años noventa por una galería subterránea de nombre Carrousel du Louvre, con varias boutiques no solo de «souvenirs», sino de firmas exclusivas de todo tipo. Toda esta «contaminación» comercial, junto con la masificación, emborrona y distorsiona bastante el concepto de museo como centro de cultura, conocimiento y reflexión.

El «turismo de garrafón» mueve a demasiada gente. Afortunadamente, el museo es tan grande que siempre hay rincones casi desiertos. Ese oasis de paz lo encontramos, por ejemplo, en los apartamentos de Napoleón III, el último emperador francés que gobernó en la segunda mitad del siglo XIX. Hizo construir en unos aposentos de extensión sobrehumana que decoró de forma suntuosa. Como digo, en algunas de estas salas el silencio es absoluto y sin gente. Otro de los lugares interesantes para quienes huyen de las hordas es el llamado Louvre Medieval. Se encuentra situado bajo el patio del pabellón Sully y es lo que se conserva de los cimientos del antiguo castillo, edificado por el rey Felipe Augusto en el siglo XII. Está bien poder dar una vuelta por toda la base del recinto y hacerse una idea de lo que en un momento dado fue el origen del actual palacio. Para mi gusto, uno de los lugares más sorprendentes, auténticos y diferentes del museo. Ojo a la bonita maqueta que recrea el viejo palacio.

29 de agosto de 2013

Koana, un país imaginario que viene de Australia

Cada cierto tiempo llega a mi conocimiento un nuevo proyecto relacionado con los países imaginarios, ficticios, microestados o como queramos llamarlos. En esta ocasión ha sido algo diferente, porque me ha parecido verdaderamente interesante, sobre todo a nivel estético y cartográfico. Incluso la revista Wired se interesó por este extraño país isleño que sólo existe sobre el papel y en la cabeza de su autor, Ian Silva, un australiano que parece que tiene muchísimo talento y tiempo libre para elaborar unos mapas que me han dejado impresionado. Silva es conductor de los trenes metropolitanos de Sídney, algo que queda bastante claro en sus diseños, con planos de metro de varias ciudades y una red de trenes en todo su país. En contra de lo que pudiera parecer, jamás ha realizado estudios relacionados con la cartografía o el diseño gráfico.

La inspiración para estos mapas proviene de una metódica observación de ciudades europeas a través de Google Maps. Pero evidentemente la creación de un país con decenas de ciudades y cientos de barrios y pueblos no es cosa de un día. Dedicó años a madurar la idea y, según cuenta en la entrevista para Wired, le llevó tres semanas pasar esas ideas y planos primigenios a Adobe Illustrator. Dedica unas ocho horas semanales al proyecto. Todo ese material ocupa ya 250 Gb. Como diríamos en estos casos extremos, Ian Silva es un auténtico «friki» de los mapas, un genuino obseso de la cartografía imaginaria. Estoy seguro de que no soy yo el único al que al ver esos diseños se le mueve algo por dentro y anima e inspira a retomar los eternamente dormidos proyectos propios de países imaginarios.

Desde mi punto de vista, el proyecto de Koana cojea un poco en algunos aspectos, como el idioma, tratado muy por encima, la organización política o la historia. Tampoco los topónimos son un dechado de originalidad, copiando nombres de ciudades europeas, sobre todo nórdicas y anglosajonas. También me ha parecido poco realista la distribución muy homogénea de la población –demasiada población para un país que según comenta tiene la extensión de España y Suecia sumadas–

A pesar de todo esto, igual que Silva, en mi caso voy madurando muy poco a poco los aspectos más peregrinos e inimaginables de mi país. Los voy apuntando o dibujando, retocando, etc. Poblaciones, nombres de ciudades, posibles nombres de empresas de telecomunicaciones, de transportes públicos, hitos importantes en su historia, tradiciones, organización territorial y política, leyes, economía, moneda propia y un larguísimo etcétera. En cuanto a los mapas, sé que nunca llegaré a su nivel de realismo y detalle, pero un mapa básico diseñado con Illustrator y del que estoy razonablemente orgulloso descansa en mi disco duro a la espera de un momento de inspiración. Sin duda este caso ha supuesto un buen acicate para dar más pasos.

Los diseños y la información sobre las islas de Koana pueden verse en su página de Reddit.

27 de agosto de 2013

Shambles Square de Manchester, un curioso ejemplo de conservación

La rehabilitación, restauración o recuperación de viejas edificaciones no sólo es un deber con la historia de nuestras ciudades, sino también puede ser un gran activo de cara al turismo. En España lo sabemos muy bien y por eso nos lamentamos de las malas políticas que durante décadas se ha seguido demoliendo edificios históricos de incalculable valor en nombre del progreso. Es cierto que aún se conservan gran cantidad de templos y estructuras defensivas, pero es una mínima parte de todo el patrimonio que en un momento dado existió.

Uno de los ejemplos más curiosos de conservación de edificios históricos está en el Reino Unido. Posiblemente se trata de uno de los países del mundo que más ha respetado su historia, tanto a nivel documental como patrimonial. Hasta niveles insospechados. En Manchester existen un par de viejos edificios de vetusta apariencia situados frente a la catedral. Se trata del Old Wellington Inn y del Sinclair’s Oyster Bar, dos inmuebles construidos en los siglos XVI y XVII respectivamente y conocidos como The Shambles o The Old Shambles (o más recientemente Shambles Square).

Su historia es increíblemente azarosa pues se trata de los dos únicos edificios anteriores a 1800 que se conservan en la ciudad mancuniana. Sobrevivieron a los planes en ensanchamiento de calles de finales del siglo XIX, a los brutales bombardeos nazis de 1940, a la construcción de un complejo comercial en 1974 y a un atentado del IRA en 1996.

Precisamente en 1974 se llevó a cabo la operación de rescate más espectacular. En un primer momento se pensó en derribar los históricos edificios, que por entonces estaban situados en una zona de solares bastante degradada de la ciudad, para construir una plaza de modernos edificios, pero finalmente se decidió poner en marcha un plan ambicioso para salvarlos. Para ello se elevó su nivel construyendo bajo ellos unos pilares de hormigón que los situaría a la altura de la nueva plaza. El resultado fue algo extraño, como un trozo de otro tiempo en medio de la vorágine contemporánea. Pero fue esto lo que los salvó de ser destruidos durante el atentado del IRA. Las paredes de hormigón que los rodeaban sirvieron de parapeto y sólo sufrió daños mínimos. En 1999 ambos edificios fueron desmontados y trasladados hasta su ubicación actual, a unos 100 metros del lugar original y frente a la catedral de Manchester. Parece que este nuevo viaje será el último, al menos por mucho tiempo. La conservación parece que está asegurada.

Esta historia me ha llevado a una reflexión. Me refiero al edificio y su contexto. ¿Verdaderamente tiene sentido un lugar que ha perdido su significado histórico al carecer de correspondencia en su entorno? Cierto que su ubicación actual está en la almendra de los viejos edificios de Manchester, pero no es su lugar original. Una posible solución (aunque muy cara) pudo haber sido reconstruir la zona con edificios similares a los existentes antes de 1940, recreando al menos las fachadas y conservando el trazado antiguo de las calles. Pero se optó por el hormigón. Quizás hoy se hubiera hecho de otra manera…

22 de agosto de 2013

‘Bron/Broen’

La moda del género policiaco nórdico pasa de la novela a la televisión. La serie ‘Bron/Broen’ (‘El Puente’ en sueco y danés) supuso un pequeño hito en el mundillo de las series. Aunque no es muy conocida, sí lo es su versión norteamericana ‘The Bridge’, de reciente producción. Hace unas semanas dediqué un tiempo a ver los diez episodios de que consta, al principio sin mucha fe y con bastante curiosidad y lo cierto es que ha conseguido engancharme, también movido por la curiosidad de ver una serie para televisión nórdica.

La historia comienza cuando aparece el cadáver de una mujer en medio del puente de Oresund, que une Malmö en Suecia con Copenhague en Dinamarca. El cuerpo se haya literalmente en medio de línea fronteriza que delimita cada uno de los países. Por tanto, la competencia es de ambos. Martin y Saga formarán una extraña pareja de policías cuya relación dará mucho juego. Ella, sueca y metódica, maniática y solitaria. Él, danés, vividor, casi mediterráneo, con formas poco ortodoxas y algo chapucero, pero con mucho que decir sobre el caso. A lo largo de las entregas veremos como el inteligente asesino va aportando pistas de su enfermizo plan…

Quizás nosotros, españoles, no seamos capaces de apreciar las sutiles diferencias entre los países nórdicos, ni sus chistes, ni siquiera sus idiomas (ciertamente sueco y danés son bastante parecidos), pero eso no significa que no se pueda disfrutar plenamente. Los actores realizan un muy buen trabajo y el guión, tan bien planteado, va desgranando poco a poco la historia aumentando la tensión a la vez que ata cabos. El final –cosa que es sorprendente en estos casos– está bastante bien resuelto. En definitiva, una buena serie sobre todo si eres amante de la novela negra (y su adaptación a la pantalla).



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