7 de agosto de 2013

Los zombis están de moda. Decenas de variantes de estos regresados de la muerte invaden las pantallas, las grandes y las pequeñas, desde hace unos años. En televisión este boom empezó con la norteamericana ‘The Walking Dead’, basada en el cómic de Robert Kirkman y Tony Moore. Después llegaron algunas más. En el Reino Unido, por ejemplo, vimos ‘In The Flesh’. Pero un poquito antes de esta última (en 2012) llegaba a los televisores franceses ‘Les Revenants’ de la mano de Canal+. Hace unos días he terminado de ver los ocho capítulos de que consta.
La acción se desarrolla en un pueblo de nueva construcción en medio de las montañas y con un embalse a sus pies. Precisamente el viejo pueblo, hoy bajo las aguas, esconde un secreto detrás de la catástrofe que lo arrasó 35 años atrás. Todo comienza cuando tras un accidente de autobús escolar, una de las chicas fallecidas regresa cuatro años después de su muerte sin recordar nada de lo ocurrido ni siendo consciente del tiempo transcurrido. Su contrariada familia intentará buscar sentido a su retorno. Con el tiempo comprobará que no es la única, existen otros muchos fallecidos en otros tiempos que están volviendo a la vida…
‘Les Revenants’ es una serie de buena factura, muy entretenida y con un guión inteligente, que no deja cabos sueltos. Los acontecimientos se van produciendo con precisión tan milimétrica como lógica e implacable. Más que una serie de terror, como lo serían por ejemplo ‘The Walking Dead’, puede considerarse de suspense, o como mucho, de terror psicológico. Lo que en un inicio puede suponer una alegría, dista mucho de serlo y se convierte en fuente de conflictos, descuadrando vidas ya reconstruidas, abriendo viejas heridas o recordando rencillas olvidadas. Respecto a la puesta en escena, a veces me ha recordado a ‘Twin Peaks’, quizás por esas montañas, esas relaciones entre los personajes o el ambiente enrarecido en el pueblo que es transmitido a la perfección por el realizador. La banda sonora, elaborada por el grupo escocés de post-rock Mogwai encaja como un guante en el argumento y se funde con los paisajes y las escenas más perturbadoras.
En definitiva, una serie sorprendente que gustará a aquellos que buscan algo distinto a lo que estamos acostumbrados a ver…
4 de agosto de 2013

Los gallegos de Triángulo de Amor Bizarro se han convertido con tan sólo tres discos en una de las bandas más respetadas del mundo independiente. Ya su debut fue muy sonado, allá por 2007. Reconozco que en un principio no me llamó excesivamente la atención y ha sido el tiempo quien ha demostrado que los chicos tienen discurso, talento y actitud.
En este tercer trabajo recién publicado, de título ‘Victoria Mísica’, se puede apreciar un sonido menos árido y ruidista, más cercano al pop y a las melodías que interpreta muy bien Isabel, que ha ganado peso en el aspecto vocal (canta en seis de los nueve cortes). Esto no significa que su ADN haya sido alterado. Siguen siendo los mismos de siempre, con la misma pegada y la misma visceralidad, pero a lo largo de estos nuevos temas se respira un ambiente algo diferente.
Dos de esos temas ya los conocíamos (‘Ellas se burlaron de mi magia’ y ‘Estrellas místicas’). Ciertamente encajan perfectamente con el resto del repertorio. Se abre con ‘Robo tu tiempo’, con homenaje incluido a Esplendor Geométrico (ese «acero del partido» les delata) y a partir de aquí el sonido imponente, canciones rápidas y sin concesiones, con letras a veces ininteligibles, pero con ese nuevo toque que antes comentaba. La prueba la encontramos en ‘Un rayo de sol’, que tiene un innegable aire «planetario».
Es complicado afirmar si se trata de su mejor trabajo. Probablemente aún les quede mucho recorrido por delante, pero esta evolución es siempre una señal de inteligencia y de que desean explorar nuevos caminos sin perder su personalidad. Y eso es bueno. Un gran disco que gustará mucho a sus seguidores y quizás enganche a otros muchos nuevos.
2 de agosto de 2013
Muchas veces me he quejado en este blog sobre las restricciones que determinadas instituciones aplican a museos, templos religiosos y otros lugares que los viajeros suelen visitar. Ahora que ya conozco tres grandes países europeos además de España (Reino Unido, Alemania y Francia) se puede hacer una pequeña evaluación sobre la permisividad con los que llevamos cámaras. Sin lugar a dudas, es precisamente en nuestro país donde se aplican más restricciones o al menos se cumplen de forma más tajante, tengan o no sentido. Le seguiría Reino Unido y a cierta distancia Alemania.
Pero el caso de Francia, o al menos de París, es muy distinto. Las restricciones en los museos, iglesias, catedrales u otros recintos visitables eran inexistentes, y si existían a menudo se hacía la vista gorda. Sólo encontramos una restricción en el museo d’Orsay, donde sólo se puede fotografía desde los balcones interiores (por cierto, bonitas vistas de la antigua estación ferroviaria remodelada), los exteriores (buenas vistas del sena y Montmartre) o las zonas de cafetería y restaurante.
En el resto de lugares que visitamos tuvimos total libertad para fotografiar absolutamente todo lo que quisiéramos. Nos resultó extraño que en reliquias de la historia como el palacio de Versalles, la basílica de Saint-Denis, la Sainte-Chapelle o la catedral de Notre-Dame se pudieran realizar fotografias con flash, aun a riesgo de dañar los frescos medievales que se conservan en sus paredes. Lo mismo podría decirse del museo del Louvre. No es difícil encontrarse con ráfagas de flash sobre cuadros de primer orden como La Gioconda o vidrieras que tienen ochocientos años.
Por otra parte, París tiene miles de rincones fotogénicos dignos de ser fotografiados, especialmente al atardecer y por la noche. Aunque nosotros hemos ido en pleno mes de julio, estoy convencido de que en cualquier otra estación del año las vistas son diferentes aunque igualmente increíbles.
Si algo he aprendido durante estos viajes es que tiene que existir algún tipo de restricción a la fotografía, no una prohibición radical y absoluta. Nos gustó mucho la idea del palacio de Charlottenbourg de Berlín de pagar un suplemento de tres euros a quienes quisiéramos hacer fotografías. De este modo solo los verdaderos aficionados (por lo general respetuosos con el resto del público y con el objeto fotografiado) podríamos disfrutar de nuestra afición/vicio.
1 de agosto de 2013
Aunque probablemente todos los aficionados a este programa británico sobre automóviles ya lo sepan, e incluso hayan estado durante el rodaje del capítulo, Top Gear dedicó el segundo episodio de la vigésima temporada a recorrer desde Gibraltar hasta (casi) Madrid. Con su peculiar humor e imaginación –que ha cautivado incluso a quienes no somos muy aficionados a este tipo de programas–, Jeremy Clarkson, James May y Richard Hammond se ha paseado en «superdeportivos asequibles» por el aeropuerto de Ciudad Real, por un par de urbanizaciones recién construidas pero sin habitantes y por alguna que otra autopista ruinosa que nadie utiliza.
La imagen de España para los británicos es la de la crisis financiera, la del despilfarro y la urbanización desaforada, la de las infraestructuras brillantes pero ya insostenibles. En realidad bastante fiel a lo que vivimos. Me ha sorprendido que no hayan caído en los tópicos (bueno, la horrible paella de May) y hayan mostrado a España no como un país atrasado (que en muchos aspectos lo es y podían haber hecho mucho daño por ese camino) sino como uno moderno aunque ruinoso.
Digo esto porque famosas son las polémicas que Top Gear tuvo a su paso por México –con incidente diplomático incluido– o más recientemente por Italia (todavía recuerdo al gruista vago o los baches de las calles de Roma). Creo que resulta injusto tomarse tan en serio estas críticas. Ellos mismos no dejan títere con cabeza cuando hablan de las tradiciones inglesas y de su industria del automóvil. Son los primeros en criticar, a veces ferozmente, a su propio país.
Pero volviendo al tema de España: ¿Se habrá cambiado en el imaginario mundial a los toreros y las sevillanas por ladrillos y pistas desiertas?
29 de julio de 2013

Hace tan sólo unos días volvimos de nuestro viaje a París. Una semana frenética de visita a la capital gala dan para mucho. Vuelvo con gran cantidad de material, tanto fotografías (unas dos mil), clips de vídeo (varias horas) o sonidos grabados. Incluso casi he gastado mi moleskine anotando todo aquello digno de mención, curiosidades y vivencias. Algunas de estas experiencias las compartiré aquí con vosotros, siempre intentando alejarme de los tópicos de una de las ciudades más conocidas y pateadas (¿La que más?) del mundo. Como siempre, dentro de un tiempo colgaré las fotografías en mi web Cromavista y mucho más adelante los vídeos.
Como primera entrega de esta serie de artículos sobre París, voy a hacer un guiño especial a los zamoranos. Días antes de marchar me documenté sobre los cementerios de la ciudad, quién y dónde estaba enterrado para posteriormente visitarlos. Durante esa pequeña investigación descubrí que el escultor zamorano Baltasar Lobo, fallecido en la capital francesa en 1993, yacía en uno de estos camposantos. Lamentablemente esos documentos se me traspapelaron y a última hora sólo pude imprimir unos mapas turísticos con las tumbas de los personajes más célebres. Entre ellos no estaba Lobo.
Pero en el último momento, en una visita al cementerio de Montparnasse que además no estaba prevista inicialmente, nos topamos con una escultura verdosa y una lápida de mármol negra con el nombre del escultor. Pura casualidad. Podíamos haber tomado otra de las muchas calles de que consta el recinto y no haberla encontrado nunca. Pero ahí estaba. Si os interesa el arte y conocéis la vida y obra del artista o simplemente sois zamoranos y queréis saludar a un paisano, sabed que su tumba se encuentra en la Avenue de l’Ouest, en el sector 8º.
27 de julio de 2013
Hoy os ofrezco la segunda parte del vídeo sobre Las Merindades, que por cuestiones de espacio y de servidor no he podido realizar en una sola pieza. Espero que os guste:
25 de julio de 2013
Televisión Española a lo largo de su historia ha proporcionado al medio grandes obras maestras. Una de ellas es, en mi humilde opinión, ‘El Pícaro’, una serie ideada y protagonizada por Fernando Fernán Gómez en 1974 con el ánimo de recuperar las historia del genero más español de la literatura del siglo de oro. Hace unas semanas vi los 13 episodios de que consta esta producción. Capítulos de apenas media hora cada uno en el que se retrata la vida de Lucas Trapaza, un simpático personaje que se gana la vida al borde de la legalidad en un mundo brutal, donde quien sabe algo, por poco que sea, puede usarse para engañar al prójimo y así poder medrar.
Lucas recorre varias ciudades de España y algunas del extranjero buscándose la vida. En algunos capítulos se alía con un jovenzuelo, Alonso de Baeza. Una de las cosas que llama la atención es la puesta en escena, la ambientación, con decorados y escenarios naturales, mucho mejor y sin duda más auténtico que en series más recientes. Ciudades como Pedraza, Sevilla o Cáceres serán habituales en algunos capítulos. Otro aspecto notable de ‘El Pícaro’ es el excelente guión, entretenido, nada facilón y con situaciones cómicas de primer orden. Por último señalar el trabajo de los actores. Al ya nombrado Fernán Gómez tenemos que añadir un elenco de figuras muy conocidas en el teatro, el cine y la televisión de la época como Emma Cohen, Mari Santpere, Charo López, Enrique San Francisco, Josep María Pou, Juan Diego, Luis Ciges, Luis Escobar, María Luisa Ponte o un jovencísimo Javier Bardem.
Es sencillo poder ver esta buena serie de las que ya no se hacen. En YouTube están todos los capítulos (si es que no los han borrado ya). Os dejo como muestra el primero de ellos: