O «Weniger, aber besser» que diría en su alemán materno Dieter Rams. Rams es probablemente uno de los diseñadores industriales más influyentes del momento, sobre todo desde que primero Steve Jobs –fundador de Apple— y luego Jonathan Ive –jefe de diseño de productos de la compañía de la manzana–, los pusieran de moda aplicando su famoso decálogo. Este lema, «Menos, pero mejor» lo llevó a rajatabla durante el tiempo que estuvo diseñando productos para Braun. Muchos de ellos se han convertido en iconos del diseño hasta tal punto que se exponen en museos de todo el mundo.
La principal característica de sus trabajos es la sencillez, la sobriedad de las líneas o el color blanco o gris. Es precisamente eso lo que lo hace atemporal, fuera de las modas pasajeras del diseño y anteponiendo la función a otros parámetros. El uso es el que impone el diseño y no al revés. A mucha gente puede parecer que sus creaciones son excesivamente frías o incluso feas. Sin embargo, yo aprecio mucho los acabados casi perfectos de todos esos aparatos, los materiales o las combinaciones de ellos que son utilizados, el tacto, o la fiabilidad. Esas cualidades la tenían por ejemplo su famoso equipo musical Braun SK4, diseñado en 1956 y que todavía hoy parece moderno, el proyector de diapositivas Braun D45 de 1966 o varias generaciones de maquinillas de afeitar de la misma marca.
Los diez mandamientos de los que hablaba antes son los siguientes:
Innovar de acuerdo a los avances de la tecnología.
Todo elemento de un diseño ha de tener su utilidad.
Tiene que ser bonito.
Saber usarlo sólo con verlo.
No ha de llamar excesivamente la atención, ha de ser discreto.
Honestidad del diseño. No debe tener elementos ocultos ni falsos.
Por fin ha llegado uno de los –en mi opinión– discos del indie nacional más esperados del año. La puesta de largo de Lorena Álvarez y su Banda Municipal se llama ‘Anónimo’ y está publicado por el sello barcelonés Sones. Son dieciséis canciones, la mayoría de ellas ya conocidas de antes, aunque regrabadas con mayor o menor fortuna. Normalmente estamos acostumbrados a encontrar producciones cuidadas o incluso deslumbrantes cuando comparamos los cortes con las maquetas o los discos autoeditados. En este caso esa diferencia no es tanta, y es quizás uno de los puntos débiles del disco: su excesivo amateurismo.
Pero vayamos por partes. Lorena Álvarez y su Banda Municipal irrumpieron en la escena independiente a primeros de este año, aunque ya llevaban tiempo tocando y componiendo canciones. Fue el famoso concierto en el Centro Asturiano de Madrid lo que dio a conocer al mundo ese folk desaliñado que, por primera vez no se inspiraba totalmente en la tradición anglosajona, sino en los cantares tradicionales españoles. Así, sin despeinarse van desgranándose recias jotas, con sus castañuelas, tambores y todo, pero con letras adaptadas a los tiempos. Algunos toques de psicodelia, realismo mágico contemporáneo y un poquito de folclore foráneo. La mezcla desde luego funcionaba, y muy bien.
‘Anónimo’ me parece un disco demasiado largo y monótono. Aquí es donde la producción flojea. El último tramo –las últimas cuatro canciones– se hace algo pesado, comparado con la intensidad de la magistal ‘La boda’, ‘Novias’, ‘Ya no me acuerdo de ti’ o la asilvestrada ‘Adiós y a la Virgen’. Una poda antes de su publicación no habría estado mal. A pesar de todo, ‘Anónimo’ no es un mal disco, por su materia prima, por la originalidad de su propuesta y por su autenticidad.
Para terminal os dejo con el clip del sencillo de adelanto. Se trata de ‘La boda’:
Llevo ya unos cuantos años cargando con mis cámaras réflex por todos los confines de la península ibérica y de parte de Europa. Durante este tiempo he aprendido mucho sobre cómo convivir con una cámara a veces muy voluminosa y pesada, cargando con ella durante horas, comiendo con ella o sentándome en coches, trenes y buses con ella. Todo ello con las más variadas condiciones climatológicas. Ya sea lloviendo, a veces nevando, con un sol de justicia o en medio de una tormenta de arena de playa.
Aunque no soy ningún experto ni mi experiencia es muy larga (seguro que otros podrían dar consejos mucho más sabios), sí que os voy a contar algunas cosas que he ido aprendiendo a lo largo del tiempo:
Tamaño del equipo. Resulta elemental si vamos a viajar en avión y no queremos facturar maletas. Yo actualmente tengo dos bolsas para guardar y transportar mi Canon EOS 60D. Una pequeña que me permite llevarla con un objetivo montado de tamaño medio-grande (cualquier todo terreno cabe), la batería de repuesto y tres o cuatro tarjetas de memoria. Y otra más grande donde puedo, además de la cámara con un objetivo montado y el cargador de baterías, llevar un objetivo adicional dentro de la bolsa y quizás otro en la redecilla, aunque esto no es muy recomendable si vamos a cargar con ella durante mucho tiempo. La razón, además del peso, son los posibles golpes accidentales que podemos darle. Concretamente los modelos de mis bolsas son de la marca Lowepro, la Toploader Zoom 50 AW y la Nova 170 AW. Me gusta esta marca porque sus acabados son muy buenos y son increíblemente resistentes.
Comodidad. Resulta fundamental si vamos a llevar la cámara durante mucho tiempo fuera de la bolsa. Tened en cuenta que a veces durante horas hemos de tener sobre nuestros hombros la bolsa quizás con un objetivo adicional y la propia máquina. Hasta hace poco más de un año usaba la correa suministrada por Canon para llevar la cámara. No es que sea una correa mala, pero es muy incómoda si se le va a dar un uso intensivo. Había días que acababa con el cuello destrozado. Estuve buscando soluciones para cargar con mi cámara de otro modo y di con la compañía BlackRapid. Fabrica unas correas cruzadas de alta calidad que se apoyan en el hombro y que dejan colgar el equipo sobre el costado contrario. A pesar de que no es una compra barata, es una de las mejores inversiones que he podido hacer. La que yo tengo actualmente es el modelo RS-4.
Objetivos. Uno de los grandes dilemas a la hora de hacer un viaje con equipaje limitado es que hay que elegir los objetivos. En realidad para cualquier viaje. Una sabia elección evita que nos pasemos todo el día cambiando de objetivo o tirándonos de los pelos por no haber cogido el gran angular. Es evidente que en estos casos la opción ganadora es la del objetivo todo terreno. Si se trata de un viaje cómodo –en coche o en bus, no vamos a cargar durante mucho tiempo con el equipo y vamos a tener mucho tiempo para hacer nuestras fotos– yo suelo llevar mi objetivo Canon EF-S 18-135mm montado por defecto. En la bolsa guardo el gran angular Tokina 11-16mm y la red el teleobjetivo, un Canon EF-S 55-250mm. En viajes largos o que presumiblemente voy a pasar mucho tiempo cargado elijo otras opciones. A Londres me llevé un Tamron 18-270mm, por cuestión de espacio más que nada. No es el mejor objetivo del mundo, pero es bastante digno. A Berlín cargué con el 18-135mm y el gran angular. Creo que ambas veces acerté y no eché de menos ni me sobró nada.
Actitud. A menos que hagas un viaje expresamente para hacer fotografías, lo mejor es dejarlo de un lado y que las cosas vayan surgiendo. Lo que sí hemos de tener siempre es «vista de fotógrafo», controlando siempre la luz que disponemos, de donde nos va a dar el sol, a qué hora anochece, etc, y por supuesto, sabiendo de antemano donde hay una foto. Podemos planificar nuestro viaje teniendo en cuenta estos detalles para evitar sorpresas o tener que hacer fotografías con poca luminosidad o a contraluz. La cámara, si no fuera de su bolsa, deberíamos llevarla siempre a mano, lista para disparar y apagarla solo cuando vayamos a dormir.
Viajes y vídeo. El tema del vídeo es bastante más complejo. Si ya de por si hacer fotografías durante un viaje es a veces complicado, ya no digamos el vídeo. Si no disponemos de mucho tiempo para visitar un lugar, es mejor no hacer vídeo y centrarnos en tomar buenas fotos. Sólo si contamos con el tiempo suficiente, tenemos espacio en nuestras tarjetas de memoria o si el motivo se presta a ello (un artista callejero, un evento en movimiento, una actuación musical, etc) es mejor –en mi opinión– tirar algunas fotos y el resto hacer vídeo. Siempre hemos de tener en cuenta que el vídeo es mucho menos agradecido y «luce menos» que unas fotos bien hechas.
Seguridad. Nunca dejéis vuestras bolsas en ningún sitio y cuando las llevéis colgadas, cerradlas. Si podéis llevar una correa neutra para vuestra cámara, mejor que mejor. La inscripción CANON EOS DIGITAL (ya no digamos si pone 5D Mark II o III) que llevan algunas cámaras es un «róbame por favor», especialmente en países o barrios «conflictivos». Aseguraos de que la correa esté bien atada a la cámara, especialmente cerca de acantilados y llevadla al cuello o cruzada, nunca apoyéis la correa solo sobre el hombro. Obviamente tampoco os arriesguéis a acceder a lugares o situaciones comprometidas para tomar «la foto de vuestras vidas» porque podría ser la última. El visor de la cámara proporciona una sensación de falsa seguridad muy peligrosa. El ejemplo clásico son los eventos taurinos de pueblos y ciudades.
Como véis, ya mayoría de estos consejos-recomendaciones son puras obviedades, pero que pocas veces nos paramos a pensar. En mi caso, a fuerza de cometer errores, se va aprendiendo. Y lo que nos queda todavía…
Ocurrió el pasado 3 de septiembre, y me había dado cuenta de que nos había comentado los cambios radicales que se han producido en la Cadena SER. Más allá de los cambios de programación, me han interesado especialmente las sus sintonías. Todas –o al menos las de sus programas señeros– son nuevas. El artífice de estos cambios tan delicados es Ricard Aymerich.
El resultado, desde mi punto de vista, es muy bueno en casi todos los casos. La que menos me ha gustado es la del boletín informativo horario, que me resulta demasiado «orquestal» para un boletín ágil de 4 o 5 minutos como mucho. Y mi favorita sin duda es la de Hora 25. Todas mantienen como leitmotiv la famosa y clásica ‘Sinfonía Azul’, compuesta en los años 40 por Federico Mompou.
Os dejo con un vídeo de la propia Cadena SER en donde el propio autor comenta estas sintonías nuevas:
El cine ruso actual, a pesar de ser muy desconocido para el gran público, es una mina de hallazgos. Si ya nos sorprendimos con el cine puro de Tarkovski y de su principal discípulo Sokurov, el tercero en discordia es Andrei Zvyagintsev. De Zvyagintsev ya vimos por aquí ‘El Regreso’ (2003) y ‘El Destierro’ (2007) y lo cierto es que, aunque ‘Elena’ (2011) tiene el sabor críptico y enigmático de sus predecesoras, el camino que el realizador ha tomado es mucho más personal. Se aleja por tanto cada vez más de su mentor y maestro, apostando por un cine neutro y naturalista, pero a la vez comprometido política y socialmente.
Elena es una mujer mayor casado en segundas nupcias con un médico acaudalado. Su relación, aunque correcta, parece bastante fría. Ella proviene de una familia de clase baja y con una familia en situación económica complicada. Los acontecimientos se precipitan cuando el hombre sufre un infarto. Elena no desaprovechará la oportunidad de hacer lo mejor para los suyos.
Zvyagintsev convierte al espectador en testigo de las andanzas y las maniobras de Elena. Los largos planos secuencia recogen con un realismo y una eficacia apabullante la distante relación del matrimonio y también las relaciones que tanto ella con su hijo como él con su hija mantienen. De hecho, estas dos relaciones paralelas se puede considerar el eje de la trama y el verdadero sentido de la película. ¿Qué haría un padre o una madre por sus hijos? ¿Y al contrario? Como siempre ocurre en este tipo de cine, el magnífico guión se sostiene en unos actores excelentes. En principio cine difícil para el neófito, aunque mucho más asequible que el de Tarkovski o Sokurov.
Como siempre que hago un gran viaje, me gusta compartir con vosotros en Cromavista algunas de las fotografías de lo que vi. Sobre Berlín he seleccionado 213 imágenes que, y esto será norma de aquí en adelante, he dividido en diferentes galerías. Concretamente diecinueve. Son las siguientes:
Aunque ya había visto hace años ‘El Cielo Sobre Berlín’ (‘Der Himmel über Berlin’) (1987), quizás la obra más destacable de Wim Wenders junto con ‘Paris, Texas’, no había escrito sobre ella ni sobre su secuela ‘¡Tan Lejos, Tan Cerca!’ (‘In weiter Ferne, so nah!’) (1993). Las he vuelto a ver para buscar referencias cinéfilas antes de marchar a la capital alemana. La primera ganó varios premios en su momento en Alemania y fuera, como el galardón a la mejor dirección en el Festival de Cine de Cannes de 1987. Quizás ‘El Cielo Sobre Berlín’ fue mucho más valorada en el momento de su estreno que actualmente, pero eso no significa que no siga siendo un referente a la hora de hablar de cine y Berlín.
La película cuenta la historia de dos ángeles –interpretados magistralmente por Bruno Ganz (que años después interpretaría a Hitler en ‘El Hundimiento’) y Solveig Dommartin— que velan por la humanidad, aunque no pueden intervenir en sus vidas, si pueden influir sobre sus pensamientos y su estado de ánimo. Uno de ellos, decide cambiar su inmortalidad por sentir la vida como un ser humano. Wenders dota a estos entes de una gran capacidad humana. En definitiva, se trata una apuesta por la humanidad y por su bondad intrínseca. Quizás en su fondo peque de ingenuidad y en las formas de una solemnidad y una pretenciosidad que a algunos espectadores puede resultar impostada. En la segunda parte, ‘¡Tan Lejos, Tan Cerca!’, este ambiente críptico y poético se diluye en favor de un argumento y una puesta en escena mucho más convencional que nada tiene que ver con su predecesora. Wenders tiró de celebridades (aparecen Willem Dafoe o Nastassja Kinski) para un argumento algo burdo, pero que supone el fin de la inocencia para los antiguos ángeles. Conocerán el mal, la soledad y el desamparo.
Pero en este segundo visionado lo que más me interesaba eran los puntos de la ciudad que aparecían. Por supuesto, el ángel de la Columna de la Victoria, la iglesia memorial del Kaiser Guillermo, los restos de la estación Anhalter, la Potsdamer Platz como estaba en tiempos del muro, el Europa Center, el famoso edificio con la estrella de Mercedes dando vueltas. En ‘Tan Lejos, Tan Cerca’ vemos también lugares del otro lado del muro, como la Alexanderplatz o la cuádriga de la Puerta de Brandeburgo.
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