rmbit - La bitácora personal de Ricardo Martín
Miércoles, 9 de mayo de 2012

48 fps: La polémica está servida

En los últimos tiempos se ha reavivado una vieja polémica cinematográfica, que más bien afecta a la técnica que al arte (aunque en cierto modo también). El anuncio de que la película ‘El Hobbit’ se está grabando en 3D con cámaras Red a 48 fotogramas por segundo ha provocado un ligero revuelo entre espectadores y críticos. Lo interesante del tema es que según se dice, las escenas pierden “credibilidad” y apariencia “de película”. Los 24 fotogramas por segundo se implantaron a finales de los años veinte del siglo XX porque era la tasa mínima a la cual era posible la ilusión óptica del movimiento sin acelerarlo. El material de filmación, hasta la llegada del vídeo digital, era caro y utilizar una velocidad mayor suponía mayores costes. Todo el sistema de producción y distribución se adaptaron a los 24 fps.

Pero hace poco más de una década se comenzaron a utilizar las primeras cámaras digitales en producciones cinematográficas. La versatilidad de lo digital dejaba sin mucho sentido el viejo modelo basado en los 24 fps. Aún era pronto. Es posible que el momento de cambiar ya haya llegado. Las salas disponen ya de proyectores digitales que permiten la reproducción de películas a cualquier tasa y los sistemas caseros también.

El problema, entiendo yo, es más de “apariencias”. No sólo se trata de que la película lo sea como tal, sino de que tenga ese “look”. Curiosamente, la principal crítica que se le achaca es que se ve “demasiado real” o “demasiado definido”. Yo todavía no he podido ver ni un solo segundo de las secuencias a 48 fps, pero imagino que más que de superproducción, ‘El Hobbit’ tendrá aspecto de programa de televisión (o de “culebrón”) con todos los medios con los que hoy puede contar una película. Puede que Peter Jackson tenga razón y haya que terminar con un estándar obsoleto y que supone una limitación técnica que ya no tiene sentido. Quizás haya que mirar hacia adelante y olvidarse de los viejos prejuicios.

Lunes, 27 de febrero de 2012

‘The Artist’, diferente pero dentro de los cánones

‘The Artist’ es la película del momento y si no la has visto estás fuera del mundo. Por eso yo la vi el sábado pasado, aprovechando la previsible lluvia de estatuillas doradas de anoche. Muchos se podría comentar sobre esta película, pero desgraciadamente poco sobre la película en sí. El hecho de ser una película prácticamente muda se ha convertido en una especie de marchamo de autenticidad, en un experimento arriesgado en un mundo, como es el cine de Hollywood, donde todo es sota, caballo y rey. El espectador de cine convencional busca desesperadamente nuevos lenguajes, nuevas formas de contar las mismas historias de siempre, pero sin salirse del mainstream de la gran industria. Y han tenido que venir los franceses para ofrecerlo.

A Michel Hazanavicius, su director, hay que reconocerle muchos méritos. El primero tener la vista de apostar por una película hecha a la vieja usanza (bueno, quizás no tanto, ya que los planos y el montaje en general son de estilo bastante moderno). El segundo, la originalidad y, me atrevería a decir, la maestría en el aspecto visual, con especial atención a la prodigiosa iluminación, que en la película da muchísimo juego. Y el tercero, contarle a Hollywood una historia que quiere escuchar, la de su mítica etapa fundacional, la transición entre el cine mudo y el sonoro.

No es difícil imaginar a ‘The Artist’ como una película de dibujos animados. Es más, a veces lo parece. El personaje principal (claro homenaje a Douglas Fairbanks) parece más un cliché, una imagen construida, un arquetipo del cine mudo, que uno real. Evidentemente se ha hecho a propósito. Todas y cada una de las secuencias de su sencillo argumento están envueltas de una irrealidad agradable, una magia en la que la banda sonora y el poder del blanco y negro son aliados inestimables. El trabajo de los actores es bueno, y se adapta bien a la historia, pero tampoco pasará a la historia.

‘The Artist’ es una película recomendable para pasar un buen rato con un cine diferente y sin salirse de los cánones.

Domingo, 19 de febrero de 2012

‘Travellers and Magicians’

Si a veces rebusco entre filmografías de países extraños no es por esnobismo, sino por la pura curiosidad de encontrar otras formas de vida, otros modos de entender la realidad y, por supuesto, otras concepciones a la hora de hacer películas. Cuando uno se encuentra ante una obra realizada en Bután, es difícil resistirse a la tentación de verla, de comprobar qué visión de la vida tienen sus habitantes. Y, en el fondo, suelen ser básicamente los mismos que cualquier otro pueblo del mundo. ‘Travellers and Magicians’ (‘Viajeros y Magos’ en castellano) es una coproducción de Bután y Australia realizada en 2003 por Khyentse Norbu. Que yo sepa es la única película de aquel país del Himalaya que ha trascendido a sus fronteras.

En ella se cuenta la historia de Dondup, un joven funcionario de una aldea perdida de Bután que sueña con marcharse a Estados Unidos. Pero para hacer realidad su sueño ha de caminar unos kilómetros entre su pueblo y la parada del autobús. Todo se complicará cuando pierde el transporte. En su espera del siguiente medio de transporte que lo traslade se cruzará con diversos personajes que harán de esta una experiencia inolvidable. De entre todos ellos, un socarrón monje budista que le contará una hermosa leyenda con la que Dondup se sentirá identificado.

‘Travellers and Magicians’ es una película de factura tan humilde como honesta. Resulta difícil no simpatizar con sus protagonistas, todos ellos sin maldad y dispuestos a echar una mano cuando hace falta. El implacable guión es del propio director y funciona a la perfección. Consigue que ambas historias, la real y la que nos cuenta el monje, atrapen por igual. En conclusión, una pequeña película cuyo hallazgo me reafirma en la búsqueda de esas filmografías exóticas.

Sábado, 31 de diciembre de 2011

‘Midnight in Paris’: Fantasía “alleniana”

Cuando se llega a cierta edad parece importar poco lo que los demás digan de uno. Lo verdaderamente importante es mantenerse fiel a sí mismo, ofrecer una trayectoria coherente y, a veces, ir contra la corriente establecida. Eso es lo que debe pensar Woody Allen a sus 76 años. Su reino, desde luego, no es de este mundo y aunque nos haya ofrecido últimamente obras discutibles, nunca defrauda del todo. Acabo de ver ‘Midnight in Paris’, su última película, y me ha encantado. Quizás sea una de sus mejores últimas películas. En su línea de siempre pero a la vez aportando algo nuevo y mágico. Porque si algo es ‘Midnight in Paris’ es pura magia.

Allen da rienda suelta a sus fantasías en un sentido similar a como hizo en ‘Sombras y Niebla’, incluyendo viajes en el tiempo y delirantes encuentros con figuras de la cultura del siglo XX como Picasso, Dalí, Hemingway o Buñuel. La historia es tan increíble pero el genio neoyorquino la hace tan verosímil que es muy fácil disfrutarla sin que nada chirríe. Todo funciona como un reloj: diálogos brillantes, gran trabajo de los actores y sobre todo de un excelente Owen Wilson en el papel del despistado y encantador protagonista Gil Pender. Tal vez en otros tiempos el propio Woody Allen podría haber interpretado su papel.

La historia gira en torno a la búsqueda de un tiempo idea, de una Edad de Oro. Esa época inalcanzable e idealizada que siempre está en el pasado. Como es de esperar, los moradores de cada una de esas etapas de la historia no son conscientes de ello y viven sumidos en una constante insatisfacción. El retrato que Allen hace de París es muy condescendiente. Cae en muchos tópicos, pero poco importa cuando uno se sumerge en una historia como ésta. Una de las películas del año.

Sábado, 31 de diciembre de 2011

‘The Tree of Life’: La siesta perfecta

A finales de cada año suelo echar un vistazo a las listas que los críticos cinematográficos publican con las mejores películas de la temporada. En casi todas esas listas aparece un título, ‘El Árbol de la Vida’ (o ‘The Tree of Life’ según su título original en inglés). Y casi siempre en las primeras posiciones. A pesar de que ni sus intérpretes (Sean Penn y Brad Pitt) ni su director (Terrence Malick) me llamaban especialmente la atención, decidí verla sin tener ni la más remota idea de su argumento. Y una vez que terminó lo tuve muy claro (bueno, bastante antes de terminar): ‘The Tree of Life’ es una tomadura de pelo.

No puedo evitar irritarme al ver las críticas favorables. Parece mentira que críticos solventes y respetados aludan por ejemplo a su “poesía visual” o a la “libertad narrativa”, muchas veces obviando otros conceptos en mi opinión más acertados, como “grandilocuencia”, “absurdo”, “pretenciosidad” o “simpleza”. Y es que la última obra de Malick, incomprensiblemente premiada con la Palma de Oro en el festival de Cannes de 2011 quizás pueda engañar al público norteamericano, poco acostumbrado a un cine diferente, pero difícilmente al europeo seguidor de las vanguardias genuinas de la nouvelle vague o incluso del Dogma de Lars Von Trier.

Todo en ‘The Tree of Life’ me suena a impostado. Desde el argumento, la clásica familia de la Norteamérica profunda que pierde a uno de sus hijos hasta la parte más visual. Incluso para la banda sonora se ha recurrido a lo fácil. El uso de excepcionales piezas musicales clásicas (Mozart, Berlioz o Bach) y otras no menos interesantes de compositores contemporáneos es una garantía de conseguir grandeza y emotividad por el camino sencillo. Al contrario de otros films a los que recuerda (por ejemplo ’2001: Una Odisea del Espacio’), todas esas secuencias retrospectivas sobre la formación del universo, de la tierra y su historia geológica sencillamente sobran. El problema es que si quitamos ese vestido, lo que queda es prácticamente nada, la narración de un relato manido contado de forma prácticamente inconexa e ininteligible.

Cierto que visualmente la película es prodigiosa, pero ese no es argumento suficiente para construir una obra sólida. Quizás lo fuera para un documental de ciencia, pero no para una cinta en la que se supone que hay una historia que contar, una reflexión que ofrecer, y que para ello se apoya en el poder de las imágenes. Desde luego este no es el caso. Terrence Malick se pasa de frenada y pasa la delgada línea roja del ridículo. Para ver a la hora de la siesta sin que importe quedarse dormido.

Miércoles, 30 de noviembre de 2011

‘Por Tierras de Zamora’, el documental pionero de Heptener

De vez en cuando buceando por internet uno se encuentra pequeñas joyas como esta. Se trata de un documental filmado por Fernando López Heptener en 1933 llamado ‘Por Tierras de Zamora’ y que ha sido colgado en YouTube para disfrute de todos. Tal y como se dice en la entrada que se le dedica en la Wikipedia, el film de unos diez minutos de duración, fue estrenado en el cine Capitol de Madrid y está considerado en muchos aspectos, como un pionero. Lo es, por ejemplo, el uso del sonido, siendo uno de las primeras filmaciones con sonido de la historia del cine español. Recordemos que apenas un lustro antes se estrenó la primera película sonora.

El documento está dividido en varias partes, las dos primeras sobre la capital zamorana, su historia y su semana santa, y la última sobre algunos aspectos de la provincia. Espero que disfrutéis viéndolo tanto como yo. La copia que puede verse no es de muy buena calidad y parece extraída de una grabación en VHS. De todos modos gracias al usuario cannislupro por colgarlo.

Lunes, 28 de noviembre de 2011

‘The Loneliness of the Long Distance Runner’

He de reconocer que siempre he dejado un poco de lado la vertiente británica de lo que se llamó “nouvelle vague”, la renovación del lenguaje y la temática cinematográficos que explotó en la Francia de finales de los años cincuenta. Este movimiento en el Reino Unido se conoció como “free cinema” y el realizador Tony Richardson es probablemente su mayor exponente. Hace unos años comenté aquí su magnífica película ‘A Taste of Honey’ (1961), una obra de argumento sórdido e inédito para la época pero manejada con extraordinaria delicadeza y sensibilidad. Richardson realizó al año siguiente ‘The Loneliness of the Long Distance Runner’ (en castellano se tradujo como ‘La Soledad del Corredor de Fondo’). Posiblemente este sea su título más conocido y emblemático de todo el movimiento. Igual que en su predecesora, encontramos un retrato condescendiente pero duro de las clases trabajadoras más desfavorecidas de la Inglaterra industrial de la época.

Colin es un muchacho que malvive en un barracón familiar del extrarradio de una ciudad industrial inglesa. Su único entretenimiento son el gamberrismo y los pequeños hurtos. Cuando es detenido es enviado a un reformatorio junto a otros chicos de su edad. El deporte, y concretamente el atletismo será su vía de escape, pero también de protesta y de reflexión sobre su vida y su futuro.

Es evidente que, tras el argumento obvio y visible por todos, Richardson nos ofrece una metáfora sobre las injusticias sociales, la lucha de clases, la superación y, sobre todo, el cuestionamiento del poder establecido. Memorable la escena en la que los chicos miran la televisión y se burlan del discurso del Primer Ministro. Es el reflejo claro de la fractura entre la realidad de la calle y la de las élites.

El sólido guión de Alan Sillitoe está basado en un relato corto suyo y crea el perfecto armazón en el que se intercalarán sabiamente las secuencias del presente de Colin en el reformatorio con los flashbacks de su vida callejera. El trabajo de los actores es prácticamente perfecto, con un Tom Courtenay impactante en el papel de Colin y un Michael Redgrave en el del falsamente paternalista director del reformatorio. Pero como dije antes, el “free cinema” además de abrir el abanico de las temáticas, también lo abre a nivel estético. El primitivo lenguaje televisivo se cuela en ‘The Loneliness of the Long Distance Runner’ en forma de anuncios publicitarios o cortinillas. También sorprende el uso de la cámara en mano y la cámara rápida. En cualquier caso, y aunque algunos de estos recursos quizás esté de más, no deja de ser una obra imprescindible de la historia del cine.

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