Aunque probablemente todos los aficionados a este programa británico sobre automóviles ya lo sepan, e incluso hayan estado durante el rodaje del capítulo, Top Gear dedicó el segundo episodio de la vigésima temporada a recorrer desde Gibraltar hasta (casi) Madrid. Con su peculiar humor e imaginación –que ha cautivado incluso a quienes no somos muy aficionados a este tipo de programas–, Jeremy Clarkson, James May y Richard Hammond se ha paseado en «superdeportivos asequibles» por el aeropuerto de Ciudad Real, por un par de urbanizaciones recién construidas pero sin habitantes y por alguna que otra autopista ruinosa que nadie utiliza.
La imagen de España para los británicos es la de la crisis financiera, la del despilfarro y la urbanización desaforada, la de las infraestructuras brillantes pero ya insostenibles. En realidad bastante fiel a lo que vivimos. Me ha sorprendido que no hayan caído en los tópicos (bueno, la horrible paella de May) y hayan mostrado a España no como un país atrasado (que en muchos aspectos lo es y podían haber hecho mucho daño por ese camino) sino como uno moderno aunque ruinoso.
Digo esto porque famosas son las polémicas que Top Gear tuvo a su paso por México –con incidente diplomático incluido– o más recientemente por Italia (todavía recuerdo al gruista vago o los baches de las calles de Roma). Creo que resulta injusto tomarse tan en serio estas críticas. Ellos mismos no dejan títere con cabeza cuando hablan de las tradiciones inglesas y de su industria del automóvil. Son los primeros en criticar, a veces ferozmente, a su propio país.
Pero volviendo al tema de España: ¿Se habrá cambiado en el imaginario mundial a los toreros y las sevillanas por ladrillos y pistas desiertas?
Hace tan sólo unos días volvimos de nuestro viaje a París. Una semana frenética de visita a la capital gala dan para mucho. Vuelvo con gran cantidad de material, tanto fotografías (unas dos mil), clips de vídeo (varias horas) o sonidos grabados. Incluso casi he gastado mi moleskine anotando todo aquello digno de mención, curiosidades y vivencias. Algunas de estas experiencias las compartiré aquí con vosotros, siempre intentando alejarme de los tópicos de una de las ciudades más conocidas y pateadas (¿La que más?) del mundo. Como siempre, dentro de un tiempo colgaré las fotografías en mi web Cromavista y mucho más adelante los vídeos.
Como primera entrega de esta serie de artículos sobre París, voy a hacer un guiño especial a los zamoranos. Días antes de marchar me documenté sobre los cementerios de la ciudad, quién y dónde estaba enterrado para posteriormente visitarlos. Durante esa pequeña investigación descubrí que el escultor zamorano Baltasar Lobo, fallecido en la capital francesa en 1993, yacía en uno de estos camposantos. Lamentablemente esos documentos se me traspapelaron y a última hora sólo pude imprimir unos mapas turísticos con las tumbas de los personajes más célebres. Entre ellos no estaba Lobo.
Pero en el último momento, en una visita al cementerio de Montparnasse que además no estaba prevista inicialmente, nos topamos con una escultura verdosa y una lápida de mármol negra con el nombre del escultor. Pura casualidad. Podíamos haber tomado otra de las muchas calles de que consta el recinto y no haberla encontrado nunca. Pero ahí estaba. Si os interesa el arte y conocéis la vida y obra del artista o simplemente sois zamoranos y queréis saludar a un paisano, sabed que su tumba se encuentra en la Avenue de l’Ouest, en el sector 8º.
Hoy os ofrezco la segunda parte del vídeo sobre Las Merindades, que por cuestiones de espacio y de servidor no he podido realizar en una sola pieza. Espero que os guste:
Televisión Española a lo largo de su historia ha proporcionado al medio grandes obras maestras. Una de ellas es, en mi humilde opinión, ‘El Pícaro’, una serie ideada y protagonizada por Fernando Fernán Gómez en 1974 con el ánimo de recuperar las historia del genero más español de la literatura del siglo de oro. Hace unas semanas vi los 13 episodios de que consta esta producción. Capítulos de apenas media hora cada uno en el que se retrata la vida de Lucas Trapaza, un simpático personaje que se gana la vida al borde de la legalidad en un mundo brutal, donde quien sabe algo, por poco que sea, puede usarse para engañar al prójimo y así poder medrar.
Lucas recorre varias ciudades de España y algunas del extranjero buscándose la vida. En algunos capítulos se alía con un jovenzuelo, Alonso de Baeza. Una de las cosas que llama la atención es la puesta en escena, la ambientación, con decorados y escenarios naturales, mucho mejor y sin duda más auténtico que en series más recientes. Ciudades como Pedraza, Sevilla o Cáceres serán habituales en algunos capítulos. Otro aspecto notable de ‘El Pícaro’ es el excelente guión, entretenido, nada facilón y con situaciones cómicas de primer orden. Por último señalar el trabajo de los actores. Al ya nombrado Fernán Gómez tenemos que añadir un elenco de figuras muy conocidas en el teatro, el cine y la televisión de la época como Emma Cohen, Mari Santpere, Charo López, Enrique San Francisco, Josep María Pou, Juan Diego, Luis Ciges, Luis Escobar, María Luisa Ponte o un jovencísimo Javier Bardem.
Es sencillo poder ver esta buena serie de las que ya no se hacen. En YouTube están todos los capítulos (si es que no los han borrado ya). Os dejo como muestra el primero de ellos:
Hace un tiempo he terminado de ver la primera temporada de la serie de Televisión Española ‘Isabel’. Como sabréis, trata sobre la vida de la reina católica. Para ser concretos, esta primera entrega emitida durante 2012, se centra en la lucha por la sucesión del trono de Castilla entre Isabel y Juana «La Beltraneja». Las conspiraciones entre partidarios de unos y otros ocupan estos 13 episodios de unos 70 minutos cada uno.
Pero no se trata de una serie de acción. De hecho su punto débil son precisamente estas escenas, que además aportan poco o nada a la historia. ‘Isabel’ es un serial de salones, de personajes, de conspiraciones y, en definitiva, de interiores. Por eso el peso de los actores en el guión es muy fuerte. En mi opinión la mayoría del reparto sale bastante bien parado y los personajes son encarnados con credibilidad. En cuanto al trabajo de producción, a pesar de ser una serie de alto presupuesto, los decorados no están siempre a la altura y resultan demasiado artificiales. Lo mismo se puede decir de la propia textura de la imagen, en la que se ha obviado el aspecto cinematográfico, más orgánico, en favor de algo más «televisivo» y frío. Habrá gente que esto no le importe, pero muchas veces la diferencia entre una serie nacional y una extranjera está en estos detalles técnicos que aportan empaque y «calidad». También me cuesta creer que la Castilla del final de la Baja Edad Media fuera tan pulcra y ordenada en sus calles y ropajes. Sin embargo esto no es obstáculo para que la rigurosidad histórica de los hechos haya sido bastante cuidada.
En definitiva, una serie correcta, modesta y con limitaciones, pero con un guión bien construido y repleto de tramas interesantes que enganchan fácilmente al espectador y con un trabajo de los actores que está a la altura. Y de paso sirve para conocer un fragmento de la historia de España de manera amena. En la web de Televisión Española hay un micrositio donde pueden verse todos los capítulos así como información sobre la serie.
Hace quince días me tomé una semana de vacaciones –si puede llamarse vacaciones a patearse de cabo a rabo un territorio–. Concretamente estuve cuatro días en la región tradicional de Las Merindades. Se trata de un área situada en el norte de Burgos, limitando al norte con Vizcaya y Cantabria, al oeste con Palencia y al este con Álava. Lo que nos movió principalmente a elegir este destino fue sus paisajes peculiares y la cantidad de historia encerrada en sus templos románicos. No en vano, el origen de Castilla –literalmente, el propio término de Castilla– está aquí.
Localidades espectaculares como Frías, pueblecitos casi abandonados con casas de piedra pero que encierran caserones con escudos de rancio linaje e iglesias y ermitas románicas casi desconocidas, y enclaves naturales repletos de cascadas (por ejemplo la de La Mea), acantilados, desfiladeros (Los Hocinos o La Horadada) y curiosidades geológicas (como el puente natural sobre el que se asienta la localidad de Puentedey).
Toda esta semana pasada y lo que llevamos de esta me la he pasado seleccionando y procesando el material en forma de fotografías y vídeos. Las fotografías ya pueden verse repartidas en más de una decena de galerías dentro de mi web de fotografías Cromavista. Sobre los vídeos, os ofrezco hoy la primera de dos partes que, como siempre digo, espero que sea de vuestro agrado. Su título es ‘Viaje a Las Merindades’:
La compañía Adobe presentaba hace un tiempo un giro en su filosofía. Básicamente venían a decir que la «nube» sería la reina de sus aplicaciones. Que las aplicaciones estarían basadas en la red y sería necesario para usarlo. Poco más se sabía. Algunos pensábamos que ejecutar aplicaciones basadas en web, directamente «tirando» de red, sería muy complicado porque necesitan gran eficiencia y potencia de cálculo. Efectivamente Adobe también lo sabía y por eso las cosas no son exactamente así.
Pero como siempre, he probado Adobe Photoshop CC, una de las aplicaciones del sistema Creative Cloud. El proceso es muy sencillo, sobre todo en mi caso, porque ya tenía una cuenta en Adobe. Consiste en descargarse un instalador que ejecuta un panel de control desde donde gestionaremos los programas instalados, el estado de nuestra cuenta, las actualizaciones, etc. En el menú de aplicaciones instalamos la aplicación que deseemos, en este caso Photoshop. Me ha llamado especialmente la atención el peso de la aplicación, de casi 1 Gb. Para ser una aplicación «en la nube» parece excesivo (Photoshop CS5.1 son unos 700 Mb en su versión Mac). Realmente es una aplicación normal y corriente como sus predecesores.
Entonces ¿Merece la pena pasarse al nuevo sistema? En mi opinión, rotundamente no. Además de no ofrecer nada nuevo, el nuevo sistema de licencias resulta caro para aquellos que, como yo, lo usamos sólo ocasionalmente (digamos que un par de días a la semana). Los precios por aplicación y mes ronda los 25 euros. Si se quieren usar todas las aplicaciones la tarifa asciende a más de 60. Esto hará que los profesionales sean reticentes a actualizarse. En cuanto a la obtención de copias no oficiales, crackear el nuevo sistema sólo será cuestión de tiempo. Sinceramente, veo que Creative Cloud será un fiasco y Adobe tendrá que recapacitar. Pronto veremos un CS7…
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