Bajo este curioso nombre desfilaron el pasado viernes en la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de Londres 2012 cuatro deportistas. En la historia olímpica sólo existe un precedente en Barcelona ’92. Rápidamente me fui a buscar algo de información al respecto para satisfacer mi curiosidad. Finalmente no se trata de países no reconocidos, ni de atletas que no quieren representar a su país, sino de países de reciente constitución o de reciente disolución que no han podido desarrollar aún su comité olímpico nacional.
En el caso de Londres 2012, tres de los cuatro participantes independientes pertenencían a las extintas Antillas Holandesas y uno –quien portaba la bandera– a Sudán del Sur. Las Antillas Holandesas desaparecieron como tales en octubre de 2010, cuando cada isla que las formaban (Bonaire, Curazao, Saba, San Eustaquio y el sur de la isla de San Martín) constituyó una entidad independiente a todos los efectos, excepto por su dependencia de los Países Bajos en defensa y asuntos exteriores. Por lo visto estas islas aún no han formado su propia institución olímpica. El otro caso, el de Sudán del Sur, al ser un país de muy reciente creación, todavía no tiene su comité.
A pesar de que la conciencia del urbanismo sostenible está cada vez más extendida entre la gente, parece que siempre encuentra algunos reductos de resistencia. El progreso mal entendido ha llevado a muchas ciudades a ser ocupadas por los coches y otros vehículos a motor en detrimento de las personas. Y parece que ese asfalto que todo lo cubre cubre también los cerebros de algunos ediles de nuestros ayuntamientos. Salvo honrosas excepciones, ciudades que podrían perfectamente adoptar sin apenas coste la implantación de «carriles bici» debidamente señalizados, no lo hacen; no ya ahora con la crisis de deuda que atenaza a la mayoría de los consistorios, sino en la «época buena». Da la impresión de que hasta la fecha, la construcción de vías para ciclistas era más un asunto de deportes que de movilidad urbana. La mayoría de estos carriles se encuentran circunvalando las ciudades, pero no tienen continuidad ni enlace posible con los centros urbanos. Se convierte así en un circuito fuera de contexto al que acceder puede ser hasta peligroso.
La bici en entorno urbano: Cáceres versus Zamora
Un caso de circuito para bicis es el de Cáceres. La ciudad cuenta con unos cuantos kilómetros de carril que circundan la ciudad de norte a sur, de este a oeste, de forma que es posible rodearla casi en su totalidad. El problema viene cuando uno quiere utilizar la bicicleta para moverse por el centro: resulta como mínimo arriesgado. Tal y como está organizada, la ciudad es un absoluto caos para los vehículos a motor, cuanto más para los ciclistas. En el centro apenas hay calles peatonales o semipeatonales, las aceras son casi siempre estrechas y los aparcamientos para coches ocupan zonas inverosímiles del casco histórico. Ciertamente, así eran la mayoría de las ciudades hace treinta años, pero no ya hoy.
El caso de Zamora es bastante diferente. Tiene gran cantidad de calles peatonalizadas y lo suficientemente amplias como para que convivan peatones, ciclistas y furgonetas de reparto. Los obstáculos, sobre todo dentro del recinto amurallado, son mínimos, y puede circularse el bicicleta sin problemas desde, pongamos, el Parque de la Marina hasta el parque del Castillo, en muy pocos minutos. Fuera de esta zona, la cosa se complica, aunque tampoco mucho. Si finalmente se reforma algún día la avenida de las Tres Cruces, podrían ampliarse las aceras para construir sobre ella (o al menos habilitar una zona) un carril bici que llegara hasta el cruce con la avenida de Cardenal Cisneros, siendo esta una buena conexión con la vía ciclista que rodea toda la ciudad. Es tan sólo un ejemplo de los muchos posibles.
La realidad es que sólo hace falta voluntad política y cambio de mentalidades. Los servicios de alquiler de bicicletas están muy bien, pero también es necesaria una infraestructura lo suficientemente segura como para poder utilizarlas eficazmente y sin peligro. Y que los ciudadanos además lo percibamos así.
¿Casco o no?
Se está comentando mucho sobre si la nueva legislación sobre seguridad vial obligará a los ciclistas a llevar casco incluso dentro de las ciudades. Si finalmente esto se confirma, supondrá una excepción, un obstáculo y un elemento inútil. Excepción porque en ningún país de la Unión Europa es obligatorio el uso del casco en los trayectos urbanos. Y un obstáculo porque supone un estorbo el tener que contar siempre con un elemento que hemos de llevar en alguna parte mientras no lo utilizamos. El uso de la bici deja en parte de tener ese sentido práctico que queremos. La inutilidad viene porque en países del mundo (concretamente Australia y Nueva Zelanda) donde se ha implantado esta obligación, no se ha producido una reducción en el número de lesiones en la cabeza.
Esperemos que llegue pronto el día en el que merezca la pena comprarse una bicicleta para sustituir al autobús urbano o –sobre todo– al coche a la hora de ir a trabajar o a la compra y no solo para dar vueltas a un circuito los domingos por la mañana. Al menos haremos todo lo que esté en nuestra mano para conseguirlo. Si queremos ser europeos, también hemos de serlo en esto.
El próximo mes de septiembre, mi iMac cumplirá cinco años. Sus primeros cinco años. Digo esto porque el pasado miércoles se lanzó la esperada nueva versión del sistema operativo de Apple para Mac, el famoso Mountain Lion. Enseguida cayó en mis manos y lo instalé. Era ya la cuarta versión de OS X que instalaba. Una encima de otra: Leopard encima de Tiger, Snow Leopard encima de Leopard, Lion encima de Snow Leopard y, por fin, Mountain Lion encima de Lion. Una de las ventajas de los Macs, y que yo aprecio muchísimo, es que la obsolescencia del hardware tarda mucho más en producirse que en un PC. Mucho más cuando mi equipo iMac no era de los más avanzados cuando lo compré. Hoy día sus 256 Mb de memoria de vídeo son casi de risa para un ordenador de sobremesa. Sin embargo, la última generación de OS X funciona perfectamente, incluso mejor que su antecesor. Puedo hacer funcionar absolutamente cualquier aplicación, por avanzada que sea, o cualquier nuevo videojuego que haya sido portado a Mac. Recuerdo que desheché mi antiguo PC con cuatro años porque ya era incapaz de manejar con soltura Windows Vista…
Pero centrémonos en Mountain Lion. Como viene siendo habitual, los cambios no son precisamente abrumadores en cuanto a dinámica de funcionamiento o estética, pero sí se corrigen algunos pequeños errores, se mejora el rendimiento (yo lo he notado), y se añaden algunas nuevas funciones que el tiempo dirá si son útiles o no. Tal vez la principal de ellas es el nuevo Safari. Todavía no sé si me gusta más que su antecesor o no. Por una parte, su aspecto es bastante más solido que antes y ya no vemos tanto la ruletita de colores cuando carga los elementos flash, pero por otro da la sensación de ser algo más lento que sus competidores cargando las páginas. El sistema de navegación entre pestañas no me parece más que una simple anécdota con dudosa utilidad. En cuanto al sistema de notificaciones –otra de las grandes novedades– puede ser útil siempre que puedan añadirse al sistema nuevas aplicaciones, y no solo las que vienen predeterminadas.
Para terminar esta brevísima reseña os dejo con un vídeo capturado esta misma tarde de mi ordenador funcionando con Mountain Lion. Veréis que el único momento en el que se queda un poco trabado es al ejecutar el vídeo desde Final Cut Pro X. Eso tiene una explicación en que simultáneamente estaba funcionando el capturador Camtasia 2 para grabar el vídeo y, por alguna razón, no se llevan del todo bien entre ellos.
He de decir que no soy muy aficionado a leer cosas frikis –algunos pensarán lo contrario– en el sentido clásico de la palabra. No quiero decir que el mundo geek no me interese, de hecho sí que me interesa, pero me dan mucha pereza los libros sobre/para frikis. Sólo he visto una vez las tres películas originales de Star Wars, las de El Señor de los Anillos ni siquiera eso, aunque sí he leído los libros por curiosidad. Nunca he jugado a rol, aunque me gustan los videojuegos conversacionales. Como mucho podría decirse que soy un geek ocasional y de las cosas más peregrinas.
Una vez hechas las aclaraciones pertinentes vamos con ‘Ready Player One’. El libro cayó en mis manos por casualidad, hablando sobre novelas. El asunto de los pioneros de la informática y los videojuegos siempre me ha interesado, así que probé a leermelo. Antes de empezar veo en la contraportada que Ernest Cline, guionista de Hollywood y escritor, había vendido ya los derechos a Warner Bros. para que se realizara una película que, supuestamente, se estrenaría en 2013 o 2014. Segui curioseando, y en la solapa de la portada vi una foto de un sonriente Cline apoyado en un DeLorean (presumo que auténtico) clavado al de Regreso al Futuro. Buscando más información sobre el tipo entro en su web y veo que, además de una especie de friki a la americana es un personaje histriónico y algo extravagante. Sin que esto me influyera pase finalmente la primera página.
‘Ready Player One’ es la historia de Wade Watts un joven desarraigado en un mundo en descomposición de un futuro no muy lejano. Corre el año 2044 y en todo el mundo triunfa una simulación tridimensional e inmersiva llamada OASIS. Es un mundo virtual donde todos se refugian y donde pueden ser quienes deseen y dar rienda suelta a todo aquello que en la triste vida real no pueden. Wade es lo que hoy diríamos un «nativo» de OASIS. Desde muy pequeño su madre le enseñó a utilizar la consola para vivir y educarse en un mundo virtual. Un buen día recibe la noticia de que J. D. Halliday, el todopoderoso y multimillonario creador de OASIS, ha fallecido dejando un curioso testamento: un juego. A través de pistas relacionadas con las aficiones de Halliday –los primeros videojuegos, los iconos culturales norteamericanos de los años 80s y, en general, la tecnología de aquella década– los que deseen participar han de encontrar tres llaves que servirán para abrir tres puertas. Y detrás una fortuna incalculable. Wade se embarcará en esta aventura sin saber la cantidad de peligros y retos que le esperan. Por supuesto también hay malos. Aquí se llaman sixers, esbirros de una multinacional diabólica llamada IOI que quiere apoderarse del premio de Halliday para poder controlar OASIS y convertirlo en un mundo controlado y de pago.
La novela, no hace falta que lo diga, no pasará a la historia de la literatura. El diseño de los personajes es casi infantil y el maniqueísmo es a veces casi paródico (no sabemos si heredero de los videojuegos o de las películas de ciencia-ficción norteamericanas). Eso no significa que no haya disfrutado como un enano leyendo sin parar sus quinientas páginas. Las referencias generacionales, algunas muy frikis, son muy abundantes y se repiten hasta la extenuación. Desde ‘Dragones y Mazmorras’ y otros juegos de rol, series japonesas como ‘Ultraman’, videojuegos clásicos como ‘Pac-Man’, ‘Tempest’ o ‘Zork’ o referencias cinematográficas que no me esperaba como el papel estelar que ocupa ‘Los Caballeros de la Mesa Cuadrada’ de Monty Python. Quizás también se puede hacer una lectura un poco más profunda: el esfuerzo, la perseverancia y la capacidad de superación aparece implícito a lo largo de toda la novela. Un tema, por cierto, muy del imaginario norteamericano. Y también lo es el factor de la tecnología como elemento democratizador.
En definitiva ‘Ready Player One’ es una novela amable, interesante y, sobre todo y por encima de lo demás, muy entretenida. Pero unas pocas horas después de finalizada la has olvidado. Recomendada para los frikis primigenios que crecieron con los primeros videojuegos.
Spiritualized es una de esas pocas bandas que siempre he seguido. Bueno, al decir siempre, desde que la descubrí allá por 1997 cuando publicaron el grandioso y todavía no superado ‘Ladies and Gentlemen We Are Floating in Space’. En cierto modo, por aquel entonces supuso un antes y un después en mi forma de entender la música pop. Se acercaba al ruidismo y al lirismo a partes iguales, a las guitarras y a los violines. Esos largos desarrollos parecían una herencia actualizada del sinfonismo de los setenta.
Mucho de aquel disco lo conserva ‘Sweet Heart, Sweet Light’, el recientemente publicado nuevo trabajo de Jason Pierce y compañía. Los británicos consiguen un disco que supera –en mi opinión– a todas las secuelas del que lanzaron hace ahora 15 años. Ni ‘Let It Come Down’, ni ‘Amazing Grace’, ni ‘Songs in A&E’ llegan a su nivel. No quiero con esto decir que no sean grandes trabajos, pero el listón estaba tan alto que incluso para un genio como Pierce le resultaba complicado igualar o superar.
Lo que nos encontramos en esta nueva entrega es un retorno a los patrones clásicos de la banda, quizás dulcificados por una mayor tendencia a la melodía, una sección de cuerdas bien integrada en los temas y que para nada es decorativa y unas letras quizás algo más optimistas, aunque igual de místicas que siempre. Las eternas preguntas de la humanidad flotan en el ambiente a lo largo de todo el minutaje del disco. También se recuperan los típicos desarrollos largos que la banda había abandonado en sus dos trabajos anteriores y las voces negras del gospel y el blues.
Repasando las pistas del disco, es complicado quedarse con una. Desde luego, el sencillo que se ha publicado, ‘Hey Jane’, es uno de los platos fuertes con sus más de ocho minutos de duración. Pero también lo son otros como ‘Little girl’, ‘Too late’ o ‘So long you pretty thing’ que canta junto a su hija de 11 años. En definitiva, un trabajo sólido como pocos en la carrera de Spiritualized, que a la vez que conserva todos los elementos clásicos y reconocibles apuesta por el optimismo. Y eso está muy bien.
El mundo de los frikis clásicos de internet y los hackers primigenios es un filón para aquellos que buscamos vidas increíbles, hallazgos sorprendentes y en muchas ocasiones, adoración por parte de los modernos aficionados. Muchas de las historias que hay detrás de ellos son tan estrambóticas que son dignas de una película. El caso del Captain Crunch (Cap’n Crunch) es paradigmático en este sentido.
Nacido como John Draper en 1943, siguió los pasos de su padre y se alistó en el ejército de los Estados Unidos. En 1964 fue destinado a una centralita telefónica en Alaska donde comenzó a hacer sus pinitos como phreaker (hacker de líneas telefónicas) en la máquina para que un compañero pudiera realizar llamadas gratuitas a su casa. En 1967 montó una radio pirata hasta que tuvo que cerrarla por una reclamación de una emisora de radio comercial. Desempeñó diversos trabajos de bajo nivel para el ejército en el área de la bahía de San Francisco.
Pero cuando de verdad saltó a la fama fue en 1970. Un amigo phreaker ciego (muchos de ellos lo eran), Joybubbles, le advirtió de que un silbato de juguete que se repartía con los cereales de la marca Captain Crunch, emitía una frecuencia de 2600 Hz. Curiosamente, esa señal en esa frecuencia era exactamente la misma que AT&T emitía cuando una línea estaba abierta y disponible para conectar. No hace falta decir que rápidamente el silbato se convirtió en objeto de culto por parte de todos los phreakers y aficionados a la tecnología de entonces. Quién diría que un juguete podría ser una herramienta poderosa para piratear líneas telefónicas y llamar a cualquier parte del mundo gratis.
Alfonso Arjona en su estupendo blog lo cuenta de la siguiente manera:
Un día de 1970, Draper estaba comiendo unos cereales Captain Crunch, bastante populares por aquellas tierras, y dándole vueltas a la cabeza sobre cómo funcionaban las centralitas telefónicas. La parte que más le intrigaba era el saber cómo un aparato como este distinguía entre un teléfono y otra centralita que colgase de ella. Conocía que los teléfonos estaba conectados a las centralitas y que al recibir una llamada, si el número era de la misma centralita se conectaba automáticamente; en otro caso, esta le pasaba la llamada a aquella que tuviera el número marcado.
Se sirvió otro tazón de cereales, y en ese momentó apareció el regalo que venía en la caja: un simple silbato. Terminó sus cereales, y mientras jugueteaba con el regali descolgó el teléfono para hacer una llamada. En ese momento, sin querer, sopló, el silbato sonó… y escuchó otro silbido en el auricular. Sorprendido, colgó sin hacer la llamada mientras observaba el silbato. ¿Sería posible que algo tan simple y barato como para regalarse con unos cereales fuera la solución al problema?
Inspirándose en este tono, Draper creó una caja azul (dispositivo ilegal que emulaba los tonos de una centralita) que gozó de gran popularidad entre los frikis telefónicos de la época. Pero las cosas se torcieron para el Capitán. En 1972 fue acusado y condenado a cinco años de arresto nocturno por fraude a las compañías telefónicas. Durante ese tiempo en la cárcel del condado de Alameda no perdió el tiempo. Draper se dedicó a programar EasyWriter, el que sería el primer procesador de textos para Apple…
No hay duda de que Berlín es una de las ciudades más interesantes de Europa. Muchos de sus monumentos fueron arrasados por los bombardeos de la segunda guerra mundial, por el muro y por el abandono. Muy poco queda de lo que fue la capital alemana a comienzos del siglo XX. Por sus calles transcurrieron algunos de los momentos más críticos y tensos de nuestra historia reciente y también acontecimientos que tuvieron tal repercusión que el mundo es diferente por su culpa. El centro del terror nazi, el centro de la guerra fría, y, finalmente, el fin del peligroso statu quo de los dos bloques estuvieron allí.
Hoy Berlín es una ciudad moderna, reconstruida o restaurada en su mayor parte a lo largo de los últimos 15 o 20 años. Apenas conserva alguna cicatriz de su turbio pasado. Uno de los ejemplos de ese borrado sistemático –ya sea por los aliados después de la victoria en la guerra o por el régimen de la RDA— es el búnker donde Hitler y Eva Braun se suicidaron cuando los soldados del ejército soviético se aproximaban al recinto. En los últimos días he estado investigando un poco los avatares que ha sufrido este lugar a la vez tan interesante y tan terrorífico, con la intención de poder estar sobre el terreno no dentro de mucho tiempo.
Tras la llegada de Hitler al poder en 1933, su obsesión fue reconstruir la ciudad de Berlín para convertirla en la Germania nazi con ayuda de su arquitecto y urbanista de cabecera Albert Speer. Uno de los primeros (y de los pocos) en ser construido fue la Reichkanzlei o Cancillería del Reich entre 1938 y 1939. El lugar, destinado a ser la sede del gobierno de Hitler, estaba entre Ebert Strasse (entonces rebautizada como Herman Goering Strasse), Voss Strasse y Wilhelm Strasse, muy cerca de la Potsdamer Platz y de la misma Puerta de Brandemburgo. El mastodóntico edificio, enorme pero no especialmente espectacular, contaba con un jardín trasero que prácticamente era una continuación del Tiergarten, el principal parque de la ciudad. Y precisamente en ese parque se ubicó el búnker.
Construido en 1943, ya en plena guerra, el búnker fue diseñado y construido para soportar los bombardeos. Contaba con muros de hormigón armado de 4 metros de grosor y un avanzado sistema de ventilación mediante extractores. Los únicos elementos visibles de la construcción eran una curiosa torre cilíndrica con tejado cónico y un cubo que era la salida de emergencia. Hitler la habitó desde enero de 1945, al comprobarse que el complejo presidencial de la Cancillería no era segura dados los frecuentes bombardeos aliados. Ya no saldría vivo de allí.
El 30 de abril de 1945 el ejército soviético entra en el centro de Berlín. Su principal objetivo es el núcleo de poder, la manzana desde donde se dirigieron los designios de Alemania. Sobre el cuerpo de Hitler existen muchas versiones. Por un lado se dijo que se enterraron los restos, por otro que se incineraron y por otro que algunas partes del cuerpo se llevaron a Moscú como botín de guerra.
Lo interesante del tema es que, tras la división de Berlín en cuatro sectores entre los aliados, la zona del búnker quedó en la zona soviética y los restos de la construcción se mantuvo tal y como quedó después de la chapucera voladura de 1947 hasta 1988. Existen algunas imágenes donde en época reciente puede verse entre la maleza las evidencias de que el siniestro edificio estuvo ahí. Pero por desgracia, en 1988 se demolió lo que quedaba, incluyendo parte del búnker, para construir apartamentos y un aparcamiento para vehículos. La idea, tanto por parte de los aliados occidentales como de la Unión Soviética era la de no dejar absolutamente ningún rastro del búnker, tal vez para evitar que se convirtiera en lugar de peregrinaje de nostálgicos. De hecho, hasta hace unos pocos años el lugar no estaba señalizado como tal. Fue en 2006 cuando se colocó un panel explicativo con la situación del Führerbunker.
Pero es bastante probable que debajo del aparcamiento exista aún gran parte de la construcción. Eso al menos indican las investigaciones realizadas para el documental de Discovery Channel ‘Inside Hitler’s Bunker’ que analiza el terreno donde se encuentran los restos mediante georadar, obteniendo una imagen que coincide en su disposición con los muros exteriores. Dado que se encuentra en una zona no construida, ¿Sería tan descabellado desenterrar lo que quedara y crear un museo? Seguro que los que pretendemos visitar Berlín se lo agradeceríamos. Porque, como yo, otros muchos piensan que desenterrar la historia es la mejor manera de conseguir que nunca jamás se repita.
Para terminar, os dejo con la localización exacta del lugar hoy día en un mapa de Wikimapia, el foro de Axis History, en el hilo dedicado a las imágenes de los restos del búnker de Hitler y también el documental del que os hablaba antes. De todos los que he visto, es sin duda el que más se centra en el búnker:
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