Hoy se han presentado los nuevos coches patrulla de la Policía Nacional y, la verdad en cuanto a diseño y rotulación se refiere, vamos de mal en peor. El modelo no ha cambiado. Seguirán siendo los Citroën Xsara Picasso (no los nuevos C4 Picasso), pero son un poco más feos. Nunca hemos tenido coches de policía realmente bonitos, esa es la verdad. Primero los coches grises de la Policía Armada cuando Franco, luego blancos con letras azules, luego marrones, y, a finales de los ochenta, llegaron los famosos Citroën BX azules y blancos con la bandera, básicamente igual que ahora. Desde entonces pocas reformas, y casi siempre a peor.
El nuevo modelo tiene cambios en la distribución del color, que ocupa menos espacio. En su lugar, el tamaño de las letras «POLICIA» aumenta y pasan a ser amarillas. Lo que me ha terminado de matar ha sido que en vez de la «O», se ha colocado el escudo de la Policía. El diseño en general me parece bastante hortera, sobre todo si lo comparamos con los de nuestros vecinos europeos. Ingleses y alemanes siguen siendo, para mi gusto, los mejores, seguidos por los países nórdicos y los Países Bajos. Dentro de España, posiblemente los Mossos d’Esquadra se lleven la palma en cuanto a diseño.
Estados Unidos es otro cantar. Allí, la fragmentación de las jurisdicciones en Estados y Condados, hacen que la cantidad de diseños diferentes sean imposibles de seguir. Pero todos tenemos en mente los famosos Plymouth Fury blancos y negros de las persecuciones en las películas yanquis durante los años setenta y ochenta.
En internet hay muchas páginas dedicadas a los diseños de coches de policía, pero ninguna es completa. En España quizás la mejor fuente de información y de fotos sea el Foro de Coches de Policía, con coches no sólo de las distintas policías españolas, sino también de coches de otros tiempos y de otros países. A nivel internacional me ha gustado la web sobre coches de policía ingleses o la web World Police Car de Daniel Lo, esta última bastante incompleta. La Wikipedia también tiene un proyecto para recopilar los modelos de vehículos que utilizan las policías de todo el mundo.
Hace siglos, el poder lo ostentaban los jefes de tribu. Estos jefes evolucionaron hacia los primeros reyes de la antiguedad, que a su vez desembocaron en nuevas formas de gobierno siempre absolutistas y de inspiración divina. Todo eso terminó con la Revolución Francesa. El poder lo tuvo el pueblo por primera vez en la historia y era capaz de elegir a quienes debían dirigir la nación.
Esto fue así hasta hace muy poco. Diréis que aún sigue siendo así. En parte sí, porque la verdad es que el poder omnipresente de las empresas comienza a ser más que evidente. No me lo estoy inventando yo. Teóricos anti-neocapitalismo como Chomsky o Naomi Klein alertan del papel predominante que el sector privado va teniendo en aspectos básicos de nuestra sociedad. En países donde el régimen ecónomico neo-liberal está más desarrollado, como por ejemplo los Estados Unidos, grandes corporaciones empresariales tienen ya el control de buena parte de los servicios públicos. El ejemplo más paradigmático es el de la industria farmaceútica, que trata asuntos tan básicos como la salud. Me sigue pareciendo sorprendente que algo así esté en manos privadas (recuerdo: maximizar beneficios y ley de oferta y demanda) y que no esté lo suficientemente bien regulado como debiera. Quizás en Europa la fiebre privatizadora sea de menor escala, pero países tradicionalmente estatalistas como Francia, están comenzando programas de privatización a gran escala.
La solución de privatizar es una solución cómoda a los problemas de un Estado. Se externaliza el servicio y el Estado se lava las manos. Existe el mito de que lo privado funciona mejor que lo público. No voy a entrar en ese debate, porque hay casos de todo tipo. Lo único indiscutible es que cada día hay más precariedad laboral, los empleados muchas veces no están lo suficientemente preparados para desempeñar tareas o la empresa escatima su inversión en recursos humanos en aras de un mayor beneficio.
Desde mi punto de vista, las privatizaciones son erróneas por definición. Sé que voy en contra de la corriente económica actual, y que sin privatizaciones no se puede competir, pero posiblemente en el futuro nos arrepintamos y haya que dar marcha atrás.
Pienso que la publicidad es un fiel reflejo de una sociedad. Tanto en la forma como en el fondo y en los temas tratados. He estado viendo unos vídeos con anuncios de 1990, 1991 y 1992 y está claro que el arte de la publicidad es efímero. Del centenar o más anuncios, sólo unos diez no están «pasados de moda» y podrían ser válidos hoy día. Parece que no ha pasado tanto tiempo, pero muchos de ellos resultan ser tan ridículos que parece mentira que en su día los tomáramos en serio.
Los códigos del lenguaje publicitario han cambiado radicalmente en los últimos años. Quizás el punto de inflexión habría que situarlo hacia 1992 o 1993, en la era post-olímpica, cuando España entró realmente en la escena internacional. Antes de esa fecha, la publicidad no era espectacular a ojos de un espectador actual, no tenía efectos digitales y en general, vista hoy, me parece demasiado seria y encorsetada. No seria en cuando a la temática, sino más bien en la escenificación. Los mensajes transmitidos eran todavía muy básicos.
Me da la impresión de que la publicidad se ha ido «juvenilizando» (perdón por la palabra inventada) y ahora incluso infantilizando. Me viene a la mente el anuncio de un monovolumen de Citroën. La publicidad parece ahora dirigida al sector más joven de la población que es tal vez la más permeable a los mensajes. También se insiste en el impacto y la brevedad recurriendo a imágenes espectaculares que consigan llamar la atención de entre la masa de publicidad que crece día a día. Otra cosa que ha variado es el fondo. Antes el producto era el rey. Ahora no se publicita el producto, sino un estilo de vida, una sensación, una idea, un valor añadido más allá del mero objeto físico. El producto queda solapado e incluso no sale en pantalla.
Podría pensarse que ‘Después de Tantos Años’ (1994) pudiera ser una segunda parte que nunca debió realizarse. Esa fue la primera idea que tuve al ponerme frente a la continuación del documental ‘El Desencanto’ (1976) de Jaime Chávarri. Pronto esos prejuicios se disiparon, pero el temor era justificado. ‘El Desencanto’, que ya comenté hace años por aquí, relata la vida de la familia del poeta Leopoldo Panero, con sus tres hijos Juan Luis, Leopoldo María y Michi retratándose ante la cámara. Un documental asombroso que está sin duda en la cumbre de este género en España.
Pero la verdad es que la continuación filmada por Ricardo Franco casi veinte años después es una segunda parte necesaria e incluso imprescindible para completar el puzzle de los complejos herederos del poeta. Si en ‘El Desencanto’ se podía atisbar cierta candidez e inocencia, en ‘Después de Tantos Años’ se vuelve sordidez y oscurantismo. Ya no hay ingenuidad. Los protagonistas se enfrentan al ocaso de sus vidas con macabro regocijo. Juan Luis Panero, retirado en el Ampurdán, se muestra cínico al hablar de su mala relación con el resto de hermanos, Leopoldo María, internado en un centro psiquiátrico, tiene la expresión del loco clásico, pero quizás con una cabeza privilegiada. Sus paranoias son las paranoias de la sociedad amplificadas por cien mil. Y Michi, consumido por los excesos de todo tipo, vive sus últimos años de vida antes de su muerte en 2004.
El documental es claramente crepuscular no sólo por sus protagonistas, sino también por la fotografía, el tratamiento de la luz, los cielos nubosos, las casonas semiderruidas o cubiertas por la maleza, los recuerdos polvorientos y desordenados que son un contínuo recurso a lo largo de toda la película. En definitiva, se trata de una muy notable segunda parte que resulta interesante y desasosegante a partes iguales.
No pretendo ponerme ahora a escribir sobre historia. Es una materia que me gusta mucho, pero sobre la cual no tengo tantos conocimientos como quisiera. El tema es que anoche estuve viendo ‘Santa Juana’ (1957) de Otto Preminger con la siempre increíble Jean Seberg en el papel de Juana de Arco. La película está basada en la obra que Bernard Shaw escribió en 1923 y en la que cuenta la historia clásica de la heroína católica francesa desde un punto de vista humano.
No voy a contar aquí la historia de Juana de Arco. Apenas unos pocos apuntes. Vivió en el siglo XV, una época muy convulsa para Francia. Juana de Arco aparece en escena en plena guerra de los Cien Años. Los ingleses mantienen parte los territorios franceses bajo su dominio y aprovechan con maestría la debilidad del rey galo Carlos VII. A los 17 años, Juana recibe el «encargo divino» de dirigir las tropas contra el enemigo y expulsarlos de territorio francés. Se le atribuyen varios milagros que favorecieron el fin de la guerra y la huida del ejército inglés. Pero antes del final, Juana es vendida por sus propios compatriotas y acusada de brujería. Es entregada a los ingleses que la queman en la plaza del mercado de Ruán tras un proceso inquisitorial. Póstumamente se anularía este juicio para ser beatificada en 1909 y santificada en 1920.
Muchos consideran, quizás con razón, a Juana de Arco como un símbolo del nacionalismo francés más rancio, católico, monárquico y reaccionario. Incluso hay quien la ha emparentado con todo el tinglado de la Sangre Real. Pero en mi opinión también tiene otra lectura. La de una muchacha campesina que hoy aún no sería mayor de edad que se rebela contra el orden establecido, contra la discriminación de la mujer y contra el poder corrupto de la iglesia católica. Mención aparte merece la faceta más «sobrenatural» de su biografía. Afirmaba oír voces de santas que le indicaban lo que debía hacer y le infundían el valor para enfrentarse a las batallas. Posiblemente padecía alguna enfermedad mental. Tuvo la suerte de aparecer en el momento y en el lugar adecuado. El pueblo y el ejército necesitaban creer en alguien que les indicara como vencer a un enemigo que les tenía asediados. Juana de Arco quizás despertó las conciencias de los pueblos franceses para unirse bajo un símbolo común. Tal vez fuera esta la clave de su éxito.
Volviendo al siglo XXI y a la era de internet, Juana de Arco sigue levantando pasiones. A través de la Wikipedia he encontrado la web de una fanática de este personaje. Se trata de una chica alemana de 18 años que se define como «católica y muy religiosa». En su sitio pueden consultarse poemas, dibujos, libros, películas y otro material relacionado con Juana de Arco. Pero esta web sólo es una más de las muchas que hay dedicadas a la heroína de Orleans, la mayoría de ellas personales, que consideran a Juana de Arco como algo más que un personaje histórico.
Desde siempre me ha llamado la atención el tema de las artes gráficas. Las imprentas, tipografías, la maquetación son un mundo que me resulta muy interesante y a la vez complejo. En los últimos años con la aparición de los ordenadores y las modernas técnicas de impresión, el trabajo se ha simplificado increíblemente. Esa simplificación es buena para quienes trabajan en el sector, pero no para la riqueza cultural. El lenguaje del impresor cuenta con infinidad de vocablos específicos para nombrar cada uno de los elementos y que, con la modernización, desaparecerán.
No hay más que ver estos dos vídeos que he encontrado por Google Video para comprobar lo ingenioso de algunos de estos pesados artilugios empleados en las pequeñas imprentas. Ambos documentos están realizados por la productora oscense Pyrene con la ayuda del Gobierno de Aragón.
Fiat es el paradigma de cómo una compañía de éxito puede venirse a menos. En general toda la industria del automóvil italiana ha pasado, en apenas quince años, de tener un éxito notable con, por ejemplo, el Fiat Uno o el Tipo, a desaparecer del mapa. Buscad un coche Fiat en vuestras ciudades. Antes encontraréis un Hyundai o cualquier otra marca «nueva».
Conscientes de su decadencia, el fabricante de Turín se ha echado a los brazos de la renovación radical y ha emprendido la árdua tarea de resucitar y volver a ser quienes fueron. Parte de esta estrategia es el rediseño de toda su imagen. El logo ha pasado, en poco tiempo, de ser horrible (esas cuatro rayitas inclinadas) de los años ochenta y noventa a volver a sus orígenes con el comienzo del siglo. Hace un año nos sorprendieron con un nuevo rediseño, similar al anterior, aunque más refinado.
La actual imagen corporativa de Fiat es obra de la agencia Robilant Associati, que también se ha encargado de devolver la gloria perdida a los grandes símbolos italianos del siglo XX como Martini o Lancia. Me parece un lavado de cara bastante acertado que combina una imagen muy moderna con un aire «retro» que evoca a la estética de los años cincuenta, principalmente por esa tipografía tan característica.
Aprovechando la coyuntura, aprovecho para decir que el pasado día 4 de julio se presentó, 50 años después, el nuevo Fiat 500. Con una línea muy diferente a cualquier otro utilitario, me parece un pequeño milagro del diseño industrial. Mantiene los rasgos que hicieron famoso al modelo original, pero con una puesta al día. Casi podría considerarse una obra de arte.
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