rmbit - La bitácora personal de Ricardo Martín
La bitácora personal de Ricardo Martín
Comentando cosas desde 2004
13 de agosto de 2014

El antiguo cauce del río Valderaduey en Zamora

Esta es la historia de cómo una simple pregunta en apariencia sencilla puede llevar, tirando del hilo, a algo tan complejo que aún no tenemos una respuesta segura. Por lo que he podido comprobar en algún otro blog, la idea de que el desvío del cauce del río Valderaduey en su tramo final a su paso por Zamora era una obra del hombre y datada en tiempos recientes está en muchos zamoranos que ya se hicieron la pregunta en el pasado. Precisamente fue a raíz de la lectura del curioso artículo del blog ‘El Dardo en la Palabra’ sobre este tema me puso en la pista de algo de lo que no tenía ni idea.

Resumiendo, lo que viene a decir es que aquel encauzamiento del río que creíamos cercano pudo ocurrir al final de la Alta Edad Media, en el siglo X. A juzgar por los hechos debió ser muy importante en la historia de la ciudad zamorana. A los seguidores de rmbit este siglo les puede resultar familiar. En el artículo que escribí sobre el viejo puente romano sobre el Duero y su destrucción aludía a aquel evento catastrófico (¿Terremoto, maremoto, tsunami, volcanes?) que tuvo lugar en aquel siglo. Sobre la fecha exacta, parece que los historiadores hablan del 949 –en mi artículo comenté que ocurrió en el 939, quién lo sabe–.

Lo que sí sucedió en el año 939 fue la famosa Batalla del Foso de Zamora, en la que las tropas musulmanas asediaron la ciudad. En la crónica de ese evento se hace referencia al río Aratoi (luego Araduey y posteriormente Val de Araduey para dar finalmente con el hidrónimo actual de Valderaduey) como uno de los que rodeaban la inexpugnable plaza. Vista la actual orografía del terreno cercano a la muralla en la zona de la Avenida de la Feria y Trascastillo, no es difícil imaginarlo como el cauce de un río. Se trata de una depresión en el terreno claramente visible que nos lleva desde la vía del tren en Vista Alegre, la estación de ferrocarril, el instituto de La Vaguada, la Puerta de la Feria, la Avenida de la Feria y el barrio de Olivares en las inmediaciones de la iglesia de Santiago el Viejo para desembocar no muy lejos de las Aceñas. Y a ambos lados, zonas elevadas, que a veces son bastante pronunciadas (el barrio de San Lázaro por ejemplo).

En la revista ‘La Ilustración Española y Americana’ del 15 de diciembre de 1882, el historiador Cesáreo Fernández Duro escribía lo siguiente al respecto:

«El estudio del terreno en que brota el manantial hace patente que el río Valderaduey corría antiguamente por el sitio en que hoy se halla la Estación del ferrocarril y los bajos de San Lázaro, desembocando en las inmediaciones de Olivares. […] El Valderaduey se vio obligado á torcer á la izquierda, buscando desnivel para arrojarse en el Duero; éste sintió hundir su lecho por el lado de la ciudad, y se acercó á ella hasta tocar las peñas de Santa Marta, que vinieron á servirle de dique.»

Pero todo son especulaciones. No encontramos más que brevísimos testimonios indirectos y confusos de los que deducimos estos datos…

9 de agosto de 2014

Cierre de comentarios por problemas técnicos

Llevo unos días sufriendo un ataque de spam en los comentarios. Para que os hagáis una idea, estoy recibiendo unos 400 comentarios basura diarios. Muchos me los filtra el plugin Akismet, pero otros no. Hasta que encuentre una solución o ajuste el plugin –en mi anterior servidor lo tenía bastante bien– los comentarios permanecerán cerrados.

6 de agosto de 2014

‘Ida’

El cine polaco es para mí un viejo conocido. Cualquier cinéfilo que se precie habrá disfrutado con el cine atormentado y moralista (en el buen sentido) de Kieslowski en su primera etapa o del padre, Andrzej Wajda, y su cine pionero. Lo cierto es que esta larga tradición no ha tenido mucho predicamento en España. Son muy pocas las películas de aquel país que llegan a nuestras carteleras. La última ha sido ‘Ida’, una producción dirigida en 2013 por Paweł Pawlikowski y rodada en blanco y negro.

Ida es una chica huérfana que ha vivido siempre en un convento de la Polonia de los años 60. Convertida en novicia y antes de tomar sus votos, emprende un viaje junto a su tía –antigua alta funcionaria de justicia del gobierno comunista– para recuperar los restos de sus padres, fallecidos en la segunda guerra mundial, y de toda la memoria perdida que se llevaron a la tumba. Ambos caracteres chocarán a lo largo de ese viaje que supondrá un cambio en su vida.

Lo primero que llama la atención –aunque es verdad que cada vez menos– es la excepcional fotografía en blanco y negro, con unos encuadres cargados de significado y expresividad. Hablan por sí mismos. De hecho, no se puede decir que la película tenga muchos diálogos. No los necesita. La delicadeza para sugerir situaciones o evocar el pasado que tiene Pawlikowski son prodigiosas. Los actores están perfectamente elegidos, tanto la propia Ida con ese rostro tan magnético, interpretada por Agata Trzebuchowska, como su tía Wanda, papel de Agata Kulesza. Un curioso dúo que ofrecerá al espectador dos formas opuestas de ver el mundo. En definitiva, una cinta muy interesante que, en poco más de 75 minutos, consigue darnos una dosis de buen cine.

5 de agosto de 2014

En vacaciones, ¿Muchas o pocas fotos?

A lo largo de los últimos meses estoy leyendo varios artículos en blogs que ya parece que crean tendencia. La idea implícita en todos ellos viene a decir que durante las vacaciones es mejor hacer pocas fotos que muchas, aludiendo a los viejos tiempos donde teníamos uno o dos carretes de 36 exposiciones para todo nuestro viaje. Por entonces es cierto que pensábamos mucho antes de disparar, en si el encuadre y la luz eran buenos y si verdaderamente queríamos inmortalizar ese momento. Pero el resultado no necesariamente era mejor que en los tiempos digitales. Mi reflexión es la siguiente: Tirar más fotos no nos hace mejores fotógrafos, pero tampoco lo hace el hecho de limitarnos artificialmente. La calidad no tiene nada que ver con la cantidad, pero la cantidad ayuda, al menos en mi caso.

Uno de los grandes aciertos de la fotografía digital es que pulsar el disparador de nuestra cámara nos sale casi gratis, podemos repetir el encuadre de la foto, ver el resultado en el momento o corregirla por software posteriormente. Lamentablemente en la práctica, los viajes que hacemos, sobre todo al extranjero, no nos permite pararnos a sentarnos y buscar la mejor composición. Casi intuitivamente voy probando posibles encuadres interesantes, diferentes, a veces fruto de la casualidad, de la experiencia o de las dos. Todo ello a gran velocidad y sin preocuparme de si estoy tirando muchas o pocas fotos. Para eso llevo seis o siete tarjetas de memoria.

El proceso de selección viene después, ya en casa. Y muchas veces es complejo y largo. Si de un viaje de una semana puedo volver con unas cinco mil fotografías, finalmente en mi disco duro guardaré seiscientas o setecientas como mucho. Para mí, una de las claves es poder elegir entre varias. Es raro que entre veinte o treinta tomas similares no encuentre una que me guste.

Pero por supuesto, cada uno tenemos nuestra técnica y nos va bien siguiendo unos determinados procedimientos que quizás a otros espante. Al final, lo importante es que el resultado nos satisfaga.

4 de agosto de 2014

Matemáticas y un nuevo sistema de matriculación

Dentro de un mes se cumplirán 14 años desde que se implantó el actual sistema de numeración de matrículas de vehículos. Supuso el fin de los distintivos provinciales, algo muy discutido entonces y aún hoy. Por aquellos tiempos se dijo que según el ritmo de matriculaciones –muy ralentizado en los últimos años– de unos dos millones al año, se agotaría en unos 40 años. Eso significa que quedarían unos 26 para finiquitar el método de la triple letra.

Como sabéis, soy un auténtico friki de las matrículas (sí, una de mis aficiones es coleccionar aficiones raras), y me he planteado el juego, a medio camino entre el diseño y las matemáticas, de plantear un sistema que no deba cambiarse nunca por no agotar la numeración. Para ello no cabe duda de que debe incluirse un elemento que indique temporalidad. Ya el sistema británico actual incluye el semestre y el año de matriculación del vehículo dentro del propio número de la placa. Es algo enrevesado, así que os remito a un artículo que escribí sobre este tema. En mi caso, la idea era crear series anuales que se reiniciasen al comienzo de cada año, de forma que el único problema a resolver es no agotar el cupo anual de vehículos para matricular. Tampoco quería introducir más dígitos de los siete que ya llevan actualmente las matrículas españolas. Finalmente opté por lo siguiente:

  • Cuatro dígitos alfanuméricos siguiendo la siguiente secuencia: 0123456789BCDFGHJKLMNPRSTUVWXYZ. Es decir, números de 0 a 9 y letras en orden alfabético sin vocales ni Ñ y Q para evitar posibles equívocos. Con esto tendríamos 30 x 30 x 30 x 30 = 810000 vehículos.
  • Tres dígitos divididos de la siguiente manera: Dos números que indican el año de matriculación. Para 2014 sería 14. Y un dígito que he llamado de series anuales y que van de la B a la Z, sin incluir vocales ni Ñ y Q. De esta manera cada 810000 vehículos matriculados avanzaría una letra de esta serie (por ejemplo de 14B a 14C)

En total, podrían matricularse anualmente 16200000 vehículos, que es mucho más del millón y medio o dos millones de matriculaciones que se han realizado en los últimos años. Con esto estaría asegurado el sistema para siempre.

Otro asunto interesante es incluir un distintivo territorial que, como en el caso del sistema italiano, he decidido que fuera opcional y que incluso el propietario pudiera tener los dos juegos de matrículas. Lo más práctico es que fuera una banda azul en la parte derecha, como ya llevan las placas francesas hace tiempo, incluyendo la bandera de la comunidad autónoma y un indicativo de dos letras. Más o menos así:

Como conclusión, una hipotética placa de matricula siguiendo este sistema tendría un aspecto similar a este:

29 de julio de 2014

‘Epizoda u Životu Berača Željeza’

No se puede decir que el cine bosnio tenga gran predicamento fuera (o quizás tampoco dentro) de sus fronteras. Apenas conocemos un puñado de títulos, en su mayoría denuncia social o aludiendo a su traumático pasado reciente. El caso de ‘Epizoda u Životu Berača Željeza’ (algo así como ‘Un Episodio en la Vida de un Chatarrero’) no es una excepción. Esta producción de 2013 dirigida con medios muy humildes por Danis Tanović se centra en los gitanos bosnios y en sus condiciones de vida. Poco pueden envidiar, por desgracia, a los más desfavorecidos de África o Latinoamérica.

La película cuenta la historia de Nazif y Senada, un matrimonio gitano que vive en un poblado de chabolas. Un día, la mujer sufre un aborto espontáneo y corre peligro de morir, pero no puede ser operada por no tener cobertura médica. Su marido, dedicado a comerciar con chatarra, no consigue reunir el dinero suficiente para costear la intervención.

Tanović consigue algo prodigioso. Con un sistema narrativo cercano al documental, con una sola cámara de bajo coste y con actores amateur representándose a sí mismos, nos abre un mundo terrible, nos transmite la angustia, la opresión de aquel que no tiene nada ni tiene la posibilidad de conseguirlo. Los paisajes desoladores entre basura y nieve y la tosca y accidentada fotografía ayudan a crear un estado de ánimo del que no es fácil zafarse.

23 de julio de 2014

Zombis, intolerancia versus integración

La segunda temporada de ‘In the Flesh’, la serie de la BBC sobre zombis –el fenómeno de moda– que acabo de terminar de ver, ha supuesto una mutación respecto al planteamiento inicial, agotado a todas luces. Una vez que los afectados por el Síndrome del Parcialmente Muerto parecían integrados, las posturas entre vivos y semidifuntos se radicalizan. Por un lado, un grupo revolucionario busca un Segundo Amanecer (otro levantamiento zombi, esta vez para aniquilar la raza humana viva) y se valen de drogas para volver a su estado salvaje y violento. Y por otro los votantes de Victus, un nuevo partido político emergente que defiende que los parcialmente muertos sean aislados o aniquilados.

Lo verdaderamente interesante de esta segunda temporada es que las situaciones son extrapolables a cualquier otra minoría, ya sea racial, social, sexual o de otro tipo y no deja de ser curioso que una serie de zombis tenga un tratamiento tan serio, dando lugar a momentos que nos llevan a la reflexión, como el hecho de que los no vivos se conviertan en la práctica en esclavos destinados a realizar trabajos gratuitos para la comunidad sine die con la excusa de recuperar la nacionalidad.

Al igual que en su primera parte, los seis episodios de esta entrega de ‘In the Flesh’ son de factura impecable. Los protagonistas, salvo alguna incorporación, como la inquietante representante de Victus en el pueblo, Maxine Martin, son los mismos –algunos ya entrañables como Amy–. Posiblemente, al menos para mi gusto, estos últimos episodios superan a los primeros, dándole un trasfondo que sobrepasa el mero mundo de los zombis para hacer un retrato preciso de cómo manipular a una pequeña comunidad en pos de unos intereses particulares y espurios.



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